Está a tiempo el presidente De la Espriella de deshacer la orden que dio de descolgar más de 30 cuadros del Museo Nacional de Colombia. Reconocer su error. No hacía falta. No era menester cometerlo. Decir que se apresuró, que estaba equivocado, que, por estar persiguiendo bandidos en la noche, se le nublaron la mente y el corazón y ahora los ve por todos lados. Que se trató de una exageración comprensible. Muchos amigos que votaron por él, tanto como yo desde la otra orilla, que reconozco su victoria sin ambages, no salen de su asombro y le agradecerían que enmendara el estropicio causado.
Engavetar en los sótanos del museo una parte importante de la atribulada historia de lo que hemos sido y no queremos volver a ser no hará que deje de existir. Quizás, al contrario. A lo mejor las siluetas que dejaron en las paredes del museo los cuadros retirados, los testimonios proscritos, los rostros desaparecidos, las actas que silenciaron los fusiles y les llenaron la boca de palabras, los anhelos de las minorías de caminar tranquilas por la calle con sus banderas de todos los colores los hagan aún más importantes para reconocernos en su ausencia, sin importar cuántas capas de pintura intenten inútilmente encubrir su partida.
He acompañado a docenas de mis estudiantes al museo, y no sé qué les diría ahora frente al vacío que usted, señor presidente, ha dejado en sus paredes. Esos vacíos seguirán representando personas e ideas, y costó décadas llenarlos con seres de carne y hueso y objetos que los simbolicen. No se trataba de que mis alumnos cantaran los himnos que a usted tanto lo preocupan. El tiempo se detiene en un museo y nos interroga con su mirada inmóvil. De eso se trata. A quienes usted ha descolgado, ya tuvieron su tiempo en nuestro enrevesado tiempo, pero no vuelva usted, señor presidente, sinónimos la palabra bodega y la palabra museo.
Un museo es un espacio dinámico a pesar de su aparente quietud; un museo invita al movimiento, en un museo se conversa, se discute, se aprende a estar en desacuerdo, se sorprende el espíritu como nunca antes. No olvide que en un museo existen por igual el espanto, el dolor, la exclusión y el oprobio, tanto como la esperanza y su pariente cercana, la belleza. No abra usted más zanjas oscuras en esta buena tierra de Colombia, no nos enfrente de ese modo tan gratuitamente, no excluya de nuestra memoria una buena parte de la vida.