Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Ayudarle a la muerte a hacer su eterno trabajo es toda una apuesta. Decirle en su cara que no siempre es cuando ella lo disponga es una forma de afirmar la vida. Invitarla a pasar antes de que llegue, es, literalmente, adelantársele. Y hay que hacerlo cuando tarda mucho, cuando apenas se asoma en el camino y avanza tan despacio que pareciera que está quieta. Pero no lo está. Va dejando saber que ya viene, y que mientras lo hace, cuando a bien tenga, no escatimará en enviar su mensaje con el polvo que lo cubre todo y que nadie la toque ni le hable. Así es ella. Dueña de todo.
Mi amiga, valiente y serena, se le adelantó. Ayer, después de que las leyes españolas la autorizaran a morir por su propia e intocable voluntad, le dijo a la muerte que el tiempo era suyo y no de ella, que reconocía su autoridad, pero que se iría antes de que ella llegara a la cama de su casa. Me vencerás, parecía decirle, pero te habrá costado toda una vida y, además, será cuando yo lo decida y no tú, con tus dados cargados.
Morir despacio no era para ella una posibilidad. Ni esperar los designios de un dios tan ignoto como ajeno a su conciencia. Demorar el aciago final era complacer las veleidades de la ciencia o las doctrinas celestiales escritas solamente por los hombres.
No nos educan bien para la muerte. Nos meten miedos. Nos asustan con su nombre y su perenne oscuridad. Nos cuentan tantas historias que acabamos temiéndole. La respetamos demasiado. Y como mi amiga, muy pocos se atreven a desafiar sus designios. Y está bien que lo haya hecho. El deterioro también debe tener un límite. He escrito en estas columnas muchas veces que nos educamos para encontrar y celebrar nuestras particulares señas de identidad y hacerlas valer llegado el caso. Como en este, el postrero, quizás el más conmovedor de todos. Me lo pregunto ahora que soplan vientos de convertir de nuevo las cátedras en púlpitos.
Hay que decir, para no bordear ningún fundamentalismo, que haber hecho lo contrario también era una opción respetable. Sentarse a esperarla sin apurar el paso, pagando la factura impagable de la indignidad y el menoscabo. No para ella. Mi amiga, fiel a como vivió su vida, no lo consideró y no quiso esperar a que llegara lo que ya tenía en las manos su conciencia.
Me pregunto todavía si las tres personas que estuvimos a su lado cuando se despeñaba lentamente hacia la nada supimos si era de gozo o de dolor el llanto que nos cubría la cara.
