Qué tristeza los discursos de los dos candidatos que ganaron la primera vuelta presidencial. Qué pobreza de humanidad en todas sus palabras.
Iván Cepeda, hombre mesurado y reflexivo, se despachó contra su enemigo Abelardo De la Espriella (debería ser su contendor), que le ganó en justa lid y le sacó más de seiscientos mil votos de ventaja. En lugar de mostrarse autocrítico consigo mismo y con su campaña, gracias a la derrota parcial de su aspiración, que es lo que debe hacer una persona inteligente como él, optó por atacarlo y señalarle sus oscuridades (que no son pocas) y vituperarlo a golpes de frases impropias que había prometido no pronunciar. Cayó en el juego sucio. Quizás la derrota le hizo perder el norte del decoro y nadie le habló al oído para orientarlo y sosegarlo. Con seguridad hubiera escuchado. Fue al contrario: el propio presidente Petro lo animó a dudar del resultado y a culpar a la Registraduría de un posible fraude. Menos mal al día siguiente corrigió. Menos mal.
Por su parte, el candidato De La Espriella, fiel a su estilo pendenciero y a su talante de trompadachín verbal, devoto a su intención explícita de destripar todo cuanto no se le parezca, desde un barco lleno de artilugios y fuegos de artificio, encendió su show mediático de ilusionista de feria con una andanada de amenazas a Cepeda, a quien no rebaja de bandido y de guerrillero comunista (como si de verdad existiera el comunismo) y aseguró que llegará a la victoria final por la razón o por la fuerza. Encima, acaba de recibir una palmadita en el hombro del matón del norte, a quien claramente quiere emular. Patético. Hay que recordar que el matón es socio del genocidio de Gaza, y tiene vuelta añicos la geopolítica internacional.
Se queda uno pensando que los candidatos solo quieren gobernar para quienes votan por ellos. Al escuchar sus discursos henchidos de rabia y atestados de resentimientos, incontinentes en el fondo y en la forma, es como si olviaran que, de acuerdo con las cifras, hay un colombiano que no votó por ellos por cada uno que sí lo hizo. Un país dividido casi exactamente por la mitad es imposible que avance. Es triste.
Se nos ha ido la vida a los educadores tratando de tender puentes en la escuela entre las naturales diferencias que nos conforman como especie. Pero sobre todo a propósito de ellas. En el aula. En el patio de recreo. En las competencias deportivas. De muchas maneras. En los boletines de calificaciones, en las izadas de bandera, en las salidas de campo, de muchas maneras. Se nos ha ido la vida a los educadores buscando los pegamentos que en la decencia todos llevamos dentro, y que se nos refunden por el trato feroz que nos estamos dando y que le estamos dando a la naturaleza, para que la vida sea más llevadera y menos trágica como lo está siendo ahora. Se nos ha ido la vida, digo, tratando de que la escuela haga visible y duradero ese látex vital que nos emparenta y, a la vez, que hace que nos soportemos.
Pero no. Vienen dos políticos un día y ayudan a borrarlo todo de un plumazo. Así es muy difícil: irresponsables.