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Casi todo en el candidato De la Espriella, en su ejercicio de la política, es de mentiras, de prestado. Apareció de repente. De la nada. Para redimirnos, para salvarnos, para hacernos el milagro. Y más de diez millones de colombianos votaron por él en la primera vuelta. Hay que reconocerlo.
¿Por qué no apareció antes, me pregunto ahora, que puede llegar a ser el presidente de nuestra nación, a librarnos con su brazo derecho de hormigón y acero de los males del mundo? Como lo aseguró su esposa, si no los eligen, se devuelven a su Italia, a su villa de verano en la Toscana, tan bonita que es. Y se quedan allá tan tranquilos. Como estaban. Razón tienen. ¿Para qué quedarse en un país atribulado y vencido, entregado según ellos al viejo y falso argumento del comunismo? No continuarían en la lucha política, que es lo que caracteriza una democracia. Sólo unos cuantos meses de fragor político, y ya. Eso dijo la blanca y europea señora. En otras palabras, nos están haciendo un favor.
Muy ricos y arribistas, tiene uno la certeza de que se interesan en la política en la medida exacta en que se interesan sólo por ellos mismos. Yo no veo una vocación de servicio por ninguna parte, que es, a fin de cuentas, lo que es la política. Veo un señor amenazante con cierta locuacidad y con un enorme vacío de poder. Solo quiere ser presidente para tener poder. Más poder. No veo una persona interesada por un pueblo, por una comunidad. Veo un producto de las redes sociales y los especialistas en mercadeo y comunicaciones digitales. Miles de millones de pesos. Eso veo. Un ego parlanchín que aprovecha hábilmente la coyuntura de la historia, y le rinde estricta pleitesía a su titiritero del norte.
Del lado de Iván Cepeda veo un hombre sereno y un poco triste, que ha defendido durante décadas los derechos humanos y unos cuantos ideales que nos reconcilian como especie. No es ni ha sido nunca guerrillero. Ni material ni metafóricamente. Habla de otras cosas, de un acuerdo nacional, de la vida, de las mujeres, de la naturaleza, de una revolución ética, de justicia social, de la paz, del multilateralismo, de los animales, de la economía, de la salud.
Mientras De La Espriella surge de los errores del gobierno actual del Pacto Histórico y de su desgaste, Cepeda carga con el fardo (y lo sabe) de su propio jefe político, el presidente Petro. Pero no es, como su contradictor, un pendenciero sistemático. Escucha. No lo imagino, como a De La Espriella, destripando a la oposición, sino dándole garantías para que ejerzan su función, para que eleven su voz.
Votaré por Cepeda pidiéndole que no cometa los mismos errores de su antecesor, que no se empeñe en sostener funcionarios altamente cuestionados, que llegue a tiempo a las citas, que presida un gobierno austero, sin escándalos de corrupción, que no se envanezca con el pasajero cargo, que recuerde que estamos dotados de una sola boca y dos orejas, y que no olvide que las palabras tienen espinas visibles e invisibles. Votaré por Cepeda para que defienda las libertades individuales y los bienes comunes, pero también los personales; espero que se empeñe sin ingenuidades abstractas y arrogantes en perseverar en la paz nacional, y que sobre todo dé ejemplo de todo cuanto predica. Y que descanse en la noche después de trabajar.
Yo no sé quién ganará. Solo quiero, como millones de colombianos, que quien no lo haga, reconozca con hidalguía el triunfo del que lo venció y que este lo invite a conversar a la Casa de Nariño, porque representará casi la mitad de todos los colombianos, y nos necesitamos unos con otros. Claro, si es que no está ya en Italia. Porque si es al revés, no creo que lo inviten. Lo perseguirán. He ahí el problema.
