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Me encuentro en la calle con un condiscípulo del colegio a quien no veía hacía décadas. Nos emocionó vernos por igual. Ambos teníamos una prisa estúpida que nos impidió darnos un tiempo que nos merecíamos; sin embargo, no fue impedimento para que en pocos minutos nos contáramos la vida.
Él, un médico importante e increíblemente humano, y yo dedicado todavía a limpiar mocos y transmitir esperanza, como alguien me definió alguna vez el oficio del maestro, nos regocijamos el uno por la suerte del otro. Se acababa el tiempo y nos despedimos como si mañana nos volviéramos a ver en el colegio.
Ya a unos pasos de distancia me volvió a llamar por mi apodo, que no es sino una forma del cariño, y me dijo: oiga usted sigue igualito, yo lo volví a llamar por el suyo y le dije exactamente lo mismo.
Y es verdad. Somos una forma de ser y estar en el mundo que llevamos a la escuela desde el primer día. En ciernes. Microscópicamente atesorada en los misterios del alma de cada uno. Y si en nuestro corto pero fecundo encuentro llegaron esos días de la infancia y la adolescencia es porque sentíamos que entonces éramos felices.
Años después, no importa cuántos, si somos capaces de evocar a nuestros maestros de la escuela, no lo es tanto por todo aquello que nos enseñaron, o por las pautas que nos inculcaron, o la paciencia infinita que nos tuvieron. Todo eso siendo verdad, no es el real detonante que activa la evocación, la gratitud y el solaz que vienen de inmediato. Lo que hace que la evocación sea dulce y bienhechora (podría pasar todo lo contrario), es la forma como nuestros maestros nos trataron, la manera como nos hicieron sentir, el cuidado con el que desenrollaron poco a poco el papiro que cada uno traía consigo para que no se hiciera polvo, y que así pudiéramos, despacio, aprender a leer sus caracteres en forma de caracoles secretos y de códigos de muchas letras.
Esos maestros que nos ofrecieron tanto cuidado como amorosa dulzura sin blanduras son los que muchos años después prodigan los encuentros y hacen posible afirmar que, a pesar de todo, la vida es una fiesta que no cesa.
