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Ilona

Juan Carlos Bayona Vargas

08 de mayo de 2026 - 04:04 p. m.

Después de varios años sin ir volví a la Universidad de los Andes. Un profesor me invitó a su clase de unos 30 estudiantes porque le interesaron algunas de las cosas que escribo y digo. Acepté y llegué puntual a las 6.30 am. El profesor en su clase anterior había anunciado mi visita y la razón de su invitación. Preparé una lectura del país desde la educación. A las 7 pasadas llegó una muchacha como Pedro por su casa. Atravesó el amplio espacio del muy bonito salón y se sentó sin dar la más mínima señal de sentir que llegaba tarde. Era tal su naturalidad que no tuve más remedio que interrumpirme y saludarla. Ilona, me dijo que se llamaba. Ah, como la novela de Álvaro Mutis, y se apresuró a decirme que llegaba con la lluvia. Y tarde, añadí.

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En ese momento el aire del salón se enrareció. Le hice ver que podría ser comprensible que llegara treinta minutos después, pero acezando. Expliqué el verbo en el tablero. Acezar significa jadear, resoplar, respirar con vehemencia. Si hubieras llegado jadeando el sonoro retraso no hubiera tenido mayor importancia, porque significaba que estabas preocupada, pero ni la más mínima disculpa nos había ofrecido. Le dije que si la clase hubiese sido un avión ya lo habría perdido. Simplemente llegó tarde como si estuviera llegando a tiempo, con su propio horario, ajena a cualquier responsabilidad. Ahí paró la cosa y seguí con mi charla. Fue un minuto de inédita tensión.

A las ocho de la mañana cuando terminé, lo primero que hice fue buscar a Ilona antes de que se fuera. Le pregunté que cómo se había sentido con mi comentario. Se lo había tomado muy bien y me lo agradeció mientras me daba alguna explicación de la tardanza y sus disculpas. Lástima que no lo hubieras dicho cuando llegaste -le dije-, habría sido mucho mejor. Luego, caminando con el profesor y algunos alumnos, nos fuimos conversando sobre mi charla, y de repente apareció por parte de uno de ellos el retraso de Ilona. Más que el retraso de su compañera estaba sorprendido por mi intervención de profesor de colegio. Y me lo dijo a quemarropa. A mí me pareció bien. Luego se desató una pequeña y muy valiosa conversación entre varios, a propósito de las razones por las cuales, en la Universidad está normalizado el hecho de llegar tarde, como si llegar a tiempo no hiciera parte de la buena educación.

Podría decir que, como a veces ocurre, después de la clase es cuando empieza otra clase, que suele ser muy diferente a la que acaba de terminar, porque es cuando los estudiantes se desinhiben de sus ataduras formales o de sus personales rubores y quedan, si uno sabe explorar y aprovechar esos momentos, en un registro propicio para otro diálogo, para otra perspectiva desde donde mirar las cosas. La conversación se prolongó por unos minutos, hasta cuando mi amable anfitrión me explicaba que casi ningún profesor repara en ese tipo de cosas, y que en los muchos años que llevaba en la universidad nunca había sido testigo de la pequeña escena que acaba de presenciar en su clase. Que me apoyaba, eso sí, pero que era raro.

Después me invitó a desayunar y seguimos el palique sobre las comunes responsabilidades de un educador, no importa en qué espacio ni a qué edad, porque la universidad sigue creyendo que educar en aspectos fundantes para la vida en sociedad, como la puntualidad (para solo poner un ejemplo), ya no les corresponde. Y asumen y esperan que, al salir del colegio, los estudiantes ya estén formados en lo básico, listos para ahora sí enfocarse en una educación más sofisticada. Fue apasionante, y todo, gracias a Ilona, la puntual.

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