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La brecha inicial y eterna

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Juan Carlos Bayona Vargas
09 de enero de 2026 - 08:27 p. m.
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No hace falta ser experto en nada para darse cuenta de que la educación preescolar, básica y secundaria en Colombia, no es la misma para todo el mundo. O más o menos la misma. Con los matices y los énfasis que se quiera, pero más o menos la misma.

Para empezar, depende del lugar donde nacieron el niño o la niña. No será la misma si uno nació en Orocué y la otra en Bogotá, y en qué barrio de Bogotá. Muchos de mis amigos educadores me critican porque habiendo trabajado la mayor parte de mi vida en el sector privado, no entienden por qué defiendo tanto el sector oficial. Prefiero llamarlo oficial antes que público, porque siempre he estado convencido de que la educación privada tiene una función pública, con independencia de su legítima naturaleza privada. Todos, de alguna manera, también somos públicos.

En segundo lugar, porque los costos de la educación privada son asumidos en su totalidad por las familias que, genuinamente, han decidido para sus hijos un colegio privado. Dicho lo mismo de otra manera, eso significa, para decirlo sin eufemismos, que la familia que no tiene el dinero para pagar una educación de calidad para sus hijos, pues tiene, forzosamente, que llevarlos a la educación oficial, que es gratuita y la pagamos todos los ciudadanos. El problema está en que pareciera que educación privada es sinónimo de calidad y la oficial no, como si la calidad fuese patrimonio de la iniciativa privada. Y obvio, eso no es cierto. Hay colegios oficiales de calidad y privados que no lo son y explotan al respetable bajo la premisa de ser privados. Por fortuna, en la educación universitaria la inferencia no opera y es fácil encontrar un mejor equilibrio entre los dos sectores. Pero el cliché existe.

Y aquí la cosa se complica. La tentación en la que muchos caen es atacar la educación privada antes que fortalecer la oficial. Crear puentes entre las dos es posible. Soy testigo y artesano constructor de muchos de ellos.

Si bien los colegios privados suelen caer en autismos institucionales, otro tanto les pasa a los oficiales. Es difícil sentarlos a conversar. Y peor aún, tanto los unos como los otros refuerzan los imaginarios de clase –no siempre tan imaginarios sino muy reales-, que acaban generando procesos mutuos de exclusión, de desconfianza. Tal vez generalice un poco. Pero no mucho.

He dirigido colegios privados en donde familias que vienen del sector oficial despotrican de él con vehemencia y dan gracias a que por fin ya pueden pagar un buen colegio. Y al revés también sucede. Familias que amenazan a sus hijos con llevarlos a un colegio oficial como una especie de penitencia temporal para sus hijos. Así es muy difícil construir una nación. Esas conductas abren heridas que en algunos casos perduran en forma de resentimiento durante años. Nada más insano. E injusto. La solución no pasa por la clásica estigmatización mutua de los sectores, a la cual han contribuido con ahínco tanto el automatismo sindical que gobierna la educación oficial en Colombia, como algunas de las congregaciones de colegios privados.

Hasta tanto el corporativismo gremial educativo deje de defender sus propios intereses de clase y se preocupe de verdad por la educación oficial en nuestro país, es muy difícil seguir avanzando en su fortalecimiento. Por más dinero que se invierta. Nadie sensato que tenga responsabilidades de gobierno puede dejar de insistir en garantizar una educación oficial de calidad, y a la vez respetar la iniciativa privada. Pero justamente porque también conozco el sector oficial y lo valoro, debo decirlo con todas sus letras: si muchos de los miles y miles de maestros que conforman el patrimonio y el activo más valioso de la educación oficial no se sacuden de la nata sindical y de la abulia que los sobrevuela, será muy difícil que la educación oficial sea reconocida, valorada y aplaudida como merece serlo. La escuela será lo que el maestro sea. El país será lo que sus maestros sean.

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