Quizás antes que nuestros triunfos o nuestras alegrías, nos configuran como seres humanos nuestros dolores, nuestros fracasos. Por dos razones. Suelen ser más duraderos y, además, dejan huellas más hondas. Nuestra identidad está unida también a ellos. Las cicatrices físicas y las del alma nos acompañan en silencio. Cuando la anciana ama de llaves Euriclea reconoce a Ulises, de quien había sido su nodriza, por la cicatriz que tiene en la pierna y deja caer el pie que le está lavando en la jofaina, los espíritus de los dos se llenan de júbilo y miedo a la vez, pero al instante pactan un silencio cómplice para no alertar a Penélope de que su marido, por fin, había vuelto.
Todo esto ocurre en el Canto XIX del texto original de La Odisea, y Homero nos cuenta la historia de la cicatriz para no dejar nada en la penumbra justo en el preciso instante en que el ama la reconoce. Los personajes de La Odisea nos cuentan todo de sí mismos. Y si no se lo dicen a los otros, lo piensan en voz alta para que el lector los conozca en profundidad y nada quede oculto. La escena es emocionante tanto como la narración de Homero, y funde bellamente el único plano narrativo del poema con la complicidad del espectador en la sala de cine.
Creo que Christopher Nolan hace una bella película que, sin embargo, no es tan fácil de ver, en especial para los más jóvenes. A mi lado, un grupo de muchachos se esforzaba por entender, no la historia, que es simplemente la historia de un retorno a casa, sino todo lo que representa y todo cuanto pasa. Con uno de esos pequeños textos al comienzo de la película o una voz en off, caracterizando un poco el mundo antiguo, habría sido suficiente para ayudar al espectador a entender mejor y, por tanto, a disfrutar mejor. Decir, por ejemplo, que el héroe que es Odiseo vivió hace casi tres mil años cuando no existía el concepto de creación del mundo, porque el mundo no fue creado porque siempre había existido y siempre estará donde ha estado; tampoco había una doctrina moral del perdón que rigiera la conducta, y mucho menos una historia divina que incluyera un plan de salvación para los seres humanos ideado por un dios insuperable y misterioso ofrecido como un regalo para la humanidad entera. En el mundo antiguo, donde ocurre La Odisea, casi treinta siglos antes de nuestra era, todo coexistía. Dioses y hombres, realidad e irrealidad, sueño y vigilia, vivos y muertos, lo divino y lo humano, lo cómico y lo trágico.
Puede haber objeciones históricas a la guerra de Troya y a las desmesuradas aventuras de Ulises (el mismo Odiseo) sin que por ello su lectura deje de ser verídica y sobrecogedora. Con la sola Ilíada y La Odisea hubiese sido suficiente para formarnos una idea cabal de cómo eran la civilización griega y la troyana, sus costumbres, su religión, su lengua, y los sentimientos más hondos que habitaron en sus héroes y en su pueblo, gracias a la paciente minuciosidad de los relatos. En cambio, los que vendrían siglos después, en particular los religiosos, nada tendrían que ver con los de Homero, porque su perspectiva es la de un único Dios, omnipotente y oculto, que maneja los hilos de la historia universal sin remedio y que creó al mundo por amor y, además, de la nada.
Homero fragua una leyenda, un álbum indeleble y preciso de las virtudes y las miserias humanas, y todas ellas al amparo de las penalidades y la dicha de querer volver a casa. Si Odiseo no hubiese derrotado su propio destino para confirmar, como lo hizo, que irse es empezar a volver, no se explicarían la lealtad y la fortaleza, la templanza y el arrojo, la traición y la venganza, la amistad, el honor y la nobleza. Ese es un héroe. No como los de ahora, tan de mentiras, tan pasajeros.