El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

La cruzada

Juan Carlos Bayona Vargas

01 de septiembre de 2026 - 01:14 p. m.

La idea de Dios es apasionante. Tanto el judaísmo como el cristianismo enseñan que Dios bajaba, literalmente, de su gloria sin principio ni fin y se mezclaba con los seres humanos. Abraham escucha una voz que lo impele. Jesucristo viene a padecer la vida terrestre para redimirnos.

PUBLICIDAD

El Concilio de Nicea, celebrado en el 325 después de Cristo y convocado por el emperador Constantino, discutió durante meses la naturaleza divina del hijo de Dios que trascendiera su mortal cuerpo. Sabemos que las ideas platónicas inspiraron poderosamente a los primeros filósofos cristianos. En particular, el mito de la caída.

Mi profesor de Patrística, el inolvidable Agustín Uña, no veía contradicción en que hubiera filósofos cristianos, como me habían enseñado. Si los primeros padres de la Iglesia tenían el apellido de cristianos, no por ello dejaban de ser filósofos en toda la extensión de la palabra. San Agustín, el más pagano de todos y uno de los más interesantes, convirtió su vida sin ofrecer una explicación convincente de su giro existencial. No hacía falta. Simplemente vio una luz, recibió un llamado. El dios histórico de Occidente, que miraba con escepticismo el mundo antiguo, se fue abriendo paso a fuerza de ejércitos, imperios y escritura. Hasta nuestros días.

Esto me sirve un poco para decir que la historia de las religiones como historia de la cultura es una forma genuina de estudiar nuestro paso y devenir por el mundo. Podemos entender lo que hemos sido y somos, estudiando cómo nos vestíamos, cómo nos alimentábamos, qué escribimos, qué pintamos, qué construimos, qué música compusimos, cómo nos amábamos, cómo nos educábamos, qué ideales teníamos, cómo nos hemos matado. Y así. Pero nada de eso se decreta cuando se está en los hombros de la historia, cuando somos los últimos de la aventura humana. Si de algo nos ha de servir el estudio y la comprensión de la historia, es para superar nuestros propios prejuicios y engrandecer nuestro espíritu.

Por eso afirmar que hay que sacar a Marx para meter a Dios en la escuela, como lo ha dicho la ministra de Educación, Viviane Morales, es tan inocuo como haber dicho lo contrario. Pero confunde. Y crea de inmediato una especie de involución histórica. No hay que nada, porque usualmente ese imperativo produce el efecto contrario al buscado, especialmente en los adolescentes. La ministra de Educación niega el siglo XXI y declara algo incomprensible, pues hace de su respetable credo personal el credo público de su ejercicio como ministra, justo en un sector que debe propender por el libre examen, el fortalecimiento del pensamiento crítico y la progresiva libertad de conciencia. Eso, para no decir que lo que promulga la ministra es inconstitucional.

Lo mismo podría decirse de la difundida ideología de género. Un embeleco. Yo, la verdad, no sé muy bien qué es. Solo sé que los estudiantes de una escuela, cualquiera que esta sea, deben ser escuchados, respetados y protegidos en las búsquedas de sus identidades.

No enredemos la pita. En mi dilatada vida de educador he visto a cientos de jóvenes pendular en la búsqueda, con frecuencia dolorosa, de su papel en el mundo. Toda vida tiene obstáculos. La escuela no puede ser otro más, en lugar de convertirse en el espacio donde sentirse seguro y poder expresar las dudas y las tribulaciones que nos aquejan. Para eso también estamos los maestros, para acompañar a nuestros estudiantes, en muchas ocasiones, en sus sinuosos procesos de identidad.

La cruzada de la ministra podría hacer crecer la deuda que tienen los gobiernos con la niñez y la juventud en cuanto a la claridad sobre la sexualidad. ¿Cuántos suicidios más? ¿Cuántos homicidios más? ¿Hasta dónde se va a seguir legitimando el discurso de odio hacia las personas diversas? ¿Es que acaso ser diverso es un crimen, un delito?

Le recuerdo, señora ministra, que desde 1973, Estados Unidos, el país que tutela el actual gobierno, sacó después de innumerables luchas la homosexualidad de su catálogo (por sus siglas en inglés DMS) de las enfermedades mentales. Para fortuna de los que han descubierto, por ejemplo, que son homosexuales, el mundo hoy es un lugar menos hostil y excluyente del que era hace unas décadas. Pero aún, quién lo creyera, se ciernen amenazas contra las libertades más elementales que uno creía conquistadas a lo largo de la historia. Y no. Y eso que usted, señora ministra Morales, también renunció a su cargo, como lo declaró hace años cuando era fiscal general de la nación, por amor.

Conoce más
Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.