Del fútbol argentino y de su selección se puede decir de todo. Que inventaron la marrulla, esa práctica de provocar, armar el lío y luego salir ileso de todo. Se podrá decir que son pretenciosos y arrogantes, que están llenos de trucos para despistar al contrario, o para fingir lesiones y perder tiempo. Se podrá decir eso y mucho más. Y habrá quienes crean que eso hace parte del juego: la marrulla, la treta, la astucia, en últimas, el engaño.
Pero como ninguno, el fútbol argentino es un estado de ánimo. Y sus jugadores lo saben muy bien. Las remontadas que Argentina en este mundial ha tenido frente a Egipto, Suiza e Inglaterra solo me hacen pensar en una conclusión: Argentina juega mejor cuando está perdiendo. Se crece. Le entra un amor propio avasallador, una fuerza imprevista por no rendirse, por no perder, por arrinconar al contrario y vencerlo. Y más alla de las consideraciones tácticas, Argentina no se achica, no cree que el contrario le pueda ganar y se lo hace saber. Primero con la adrenalina, luego con goles. Ese el orden.
Y eso es ejemplar, más allá de las antipatías que despierte. Argentina se quiere más que nadie y le muestra al mundo que siempre se puede, que nunca es tarde si no ha llegado el final, que perder es una remota posibilidad, nunca un destino. Y empatan y luego ganan. En pocos minutos.
Yo no sé si España será capaz de vencer a Argentina. Quizás sí. Tiene cómo y con qué. Pero si empieza ganando el partido, tendrá que correr el riesgo de despertar el tsunami y que lo encierren y lo venzan. O no.