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La hoja de coca no es droga

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Juan Carlos Bayona Vargas
01 de mayo de 2026 - 06:05 p. m.
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Albert Niemman, un químico y farmaceuta de Gottingen, Alemania, a mediados del siglo XIX, fue el primero que sintetizó la cocaína. Eso quiere decir que aisló de las hojas de coca su componente activo. Las hojas habían sido introducidas a Europa años atrás por otros científicos que, conscientes de sus efectos anestésicos, medicinales y terapéuticos al masticarlas, se preguntaban cómo funcionaban en el cuerpo y en el cerebro humanos.

El procedimiento de Niemman utilizó alcohol, ácido sulfúrico, bicarbonato sódico y éter. Hoy, 167 años después de ese descubrimiento, los precursores para transformar la planta son más o menos los mismos. Desde entonces las regiones andinas y amazónicas que ancestralmente cultivaban la hoja de coca no han tenido un instante de sosiego, y sus sabidurías milenarias se vieron desafiadas para extraer de sus cultivos de la planta el C17H21N04, es decir, la cocaína. El título de esta columna me vino a la memoria al recordar un enorme cartel que recibe al viajero en el aeropuerto de Cuzco. La cocaína es otra cosa. Ese, podríamos decir, fue el comienzo. La cocaína se ofrecía al lado del famoso champagne Dom Perignon, en los salones europeos, como gesto de buen gusto; al fin y al cabo, a los seres humanos desde cuando aprendimos a caminar erguidos, nos seduce alterar la conciencia y anestesiar las penas físicas o del alma.

Sin embargo, con el paso de los años, las narrativas que se desataron, y que no concluyen todavía, estigmatizaron la planta y a sus comunidades y crearon el fabuloso mercado planetario que cubriría para siempre el lado sagrado, alimenticio y cultural de la planta. Las fortunas pulularon tanto como la sangre. Llevamos décadas de perversión y discursos maniqueos. Los Estados Unidos se convirtieron en el mayor consumidor del planeta de cocaína mientras sus gobiernos jugaban al gato y al ratón según les conviniera. Gobiernos enteros se corrompieron por seguir con el mismo juego y miles murieron por oponerse al costo de tapar el sol con las manos, el mismo que sigue produciendo réditos fabulosos.

Antonio Caballero, un periodista de verdad como pocos, se murió cansado de insistir en que el problema de la cocaína es justamente su ilegalidad, pues gracias a ella, el negocio es multimillonario y por tanto su poder corruptor casi que omnipotente. ¿Quién puede negarlo? García Márquez afirmó en una entrevista que él creía que sólo iba a cesar el desastre de violencia y dólares cuando la cocaína pasara de moda. Algo de razón le asiste. Lo cierto es que seguimos buscando el ahogado río arriba, porque nos morimos de miedo; de una parte, si se desactiva el gigantesco negocio fuente de muerte y terrorismo, y de otra, por mirar de frente las verdades de nuestra naturaleza: que somos seres con tendencias adictivas. A lo que sea.

Sé, porque lo he vivido con decenas de mis estudiantes adolescentes, que la cocaína puede llegar a ser muy riesgosa cuando se es muy joven (e incluso no tan joven), y la escuela debe estar alerta del contacto de sus estudiantes con sustancias psicoactivas justo porque están en una situación vital vulnerable y voluble. Hay mucha gente interesada en que piquen el anzuelo. Pero para eso está la educación, la familia y las instituciones: para orientarlos, protegerlos y acompañarlos, no para estigmatizar los posibles eventos de consumo ni preservarlos de los riesgos con base en una política estrictamente represiva y anclada en la prohibición y no en el conocimiento y el discernimiento informado.

Un evento de consumo no significa tanto como una adicción. Antes equiparábamos las dos cosas como si fueran lo mismo. Y claramente no lo son, aunque sea posible (pero no necesario), que el primero pueda ir abonando el camino para la segunda. Como el tocino, el azúcar, el whiskey, los juegos de azar, el aguardiente, el mercado accionario o la Coca-Cola, el problema no está en ellos como nos lo han querido hacer ver durante décadas, sino en la relación que yo, como sujeto libre y autónomo, es decir, educado, establezca. Y eso es otra cosa. Prohibir es un antónimo de educar porque encubre el razonamiento y empantana el juicio. Y, además, no dura para siempre.

Recordemos entonces que sólo el 0,3 % del territorio colombiano está sembrado de coca, un porcentaje ínfimo para el descomunal estigma, una parte minúscula de nuestro país que nos ha significado desolación y muerte. Sería muy interesante saber, ¿cuál es la posición de los candidatos a la presidencia? ¿Qué estan pensando, si quieren que vuelva a llover veneno desde las avionetas con todo lo que ello significa, o si, por el contrario, un año después de la cuarta parte del siglo XXI, van a emprender una cruzada internacional para llamar de una vez por todas las cosas por su nombre?

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David Valencia Cuellar(0vhxw)Hace 8 minutos
. Magnifica columna planteada por un gran pedagogo.
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