En algún momento sucumbí a la presión de mi mujer para que la acompañara a ver una promoción de ollas. Sí, ollas de cocina y otros utensilios para el hogar. Era en un hotel elegantísimo. La fila para llegar a la entrada me iba desilusionando, pero yo ya lo había prometido. Calculé una media hora. Estaba equivocado. Cincuenta y cinco minutos bajo el sol picante del mediodía en Bogotá, pusieron a prueba la fidelidad a mi pareja, la preparación psicológica previa con la que asumí el reto y mi paciencia. No siempre son lo mismo.
Para fortuna de los que hacíamos la fila, unas buenas señoras nos daban agua embotellada y unos pequeños chocolates con la marca de los anunciantes. Me relajé, pero apegado a mis hábitos de maestro empecé a conversar con los vecinos cercanos de la fila, sobre todo para disipar el desasosiego antes que para comunicarme con los semejantes a quienes parecía importarles un pimiento la larga espera.
Para romper el hielo pronuncié, para que lo oyeran todos, una frase sonda: “me deberían dar un premio, pues no veo un solo hombre distinto de mí en esta fila”. Y ahí se deshicieron todas en elogios, dirigidos más a mi mujer que a mí. Obvio. En Colombia se conversa con facilidad. No fue sino desatar ese pequeño nudo del comienzo y todo el mundo se largó a hablar y a contar un poquito de su vida. Mujeres muy jóvenes acompañadas de sus madres, tías con encargos de familiares, adolescentes con promesas de matrimonio, ejecutivas de edad indefinida que gracias a la promoción habían escapado de sus oficinas, y una que otra abuela solidaria con una nieta veinteañera. O quizás al revés. Todas más o menos con la misma dicción, procedentes más o menos de los mismos barrios, clientes más o menos de los mismos restaurantes, y ataviados como quien hace fila para una promoción de ollas gourmet.
A una de ellas, tal vez la más entusiasta de todas, le pregunté si le gustaba cocinar. Me dijo que sí, pero que en realidad ella no necesitaba nada de lo que ofrecían porque ya había estado en dos promociones anteriores. “Entonces, ¿por qué volviste?”, le insistí. “Es que me encantan estas ollas. Yo no las necesito, pero las quiero”. Decidí quedarme callado. Mejor.
Lo cierto es que, una vez en el salón, mi sorpresa fue total. Un pequeño sartén sin tapa costaba seiscientos mil pesos en promoción. Las ollas un millón y medio y dos millones en promoción, es decir, que sus valores sin promoción superaban más del doble de esos precios porque había hasta el 70 % de descuentos. Entonces entendí la larga fila. Muy de hierro colado, muy francesas, muy bonitos los colores, pero que una olla cueste casi dos salarios mínimos vigentes es, cuando menos, escandaloso. Para mi dicha, mi mujer a los pocos minutos me dijo que nos fuéramos, que no había lo que buscaba y que todo le parecía carísimo.
Yo no diré que no sea válido convocar la promoción y asistir y salir lleno de paquetes. Qué estupidez. Tampoco diré que la gente no tiene el sagrado derecho a gastarse su dinero como quiera y en lo que quiera. Allá cada cual. El capitalismo lo permite, lo dirige, lo azuza y lo controla. Y la gente lo disfruta. Menos diré que mis saludables contertulias de ocasión son las malas del paseo. Nada de eso diré. Qué estupidez. Sólo diré que un país con más de 15 millones de personas que viven bajo la línea de pobreza monetaria, porque en Colombia se considera pobre a quien vive con menos de 460 mil pesos mensuales, el contraste salta a borbotones, a la vista. Solo diré eso. Y escuece. Se pregunta uno muchas cosas. Después no se sorprendan si en las urnas para elegir presidente el próximo domingo, vuelven a hablar los desposeídos. Y ganan.