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Lo conocí siendo un niño. Lo recuerdo muy bien. Abrigado en extremo, ensimismado, inteligente, sin gusto ni talento para el fútbol. Yo era el rector de su colegio. Para entonces escribía el proyecto Lápices para la Paz, una apuesta arriesgada en un país que se negaba a reconocer la plomacera y, peor aún, que la quería acabar con más plomo. Era 1993.
Y lo echamos a andar como una forma de vincular a la escuela con la realidad más allá de las Constituciones del Claustro Rosarista. Juan Daniel es de esos estudiantes que uno nunca olvida. Por ser común y corriente, pero a la vez, único. Nos encontramos hace un par de años en un foro sobre el papel de la educación en el empleo. Llegué unos minutos tarde y mientras buscaba en asiento en el enorme auditorio, se interrumpió y me saludó en público produciendo por igual mi rubor por el retraso y mi alegría por el gentil reconocimiento.
Mientras explicaba y mostraba sus cuadros cautivando a la audiencia con un discurso nítido y sin tecnicismos innecesarios, pensaba en las veces que ese niño me escuchó en el patio del colegio al empezar el día junto a centenares de sus compañeros, agrupados en filas de dudosa ortografía que los maestros intentaban corregir y que a mí no me importaban. Sólo deseé que ahora que la cosa era maravillosamente al revés, algo del relente de mis palabras en esas mañanas heladas del patio de la Quinta de Mutis, lo habitaran todavía tantos años después, como me estaban habitando las suyas en el cómodo auditorio donde lo escuchaba, y que, sin esfuerzo, me resultaban convincentes. Al final del evento nos saludamos con un sonoro abrazo, casi sin palabras, y nos deseamos buen viento y mejor mar.
Y ahora que ha tomado la decisión de decir que sí a la Vicepresidencia que le ha ofrecido el Centro Democrático a través de la candidata Paloma Valencia, me pregunto cuánto logrará con su llegada atemperar el discurso de la derecha, cuánto logrará atraer al centro del espectro político a esa derecha estrictamente antipetrista y contumaz; o por el contrario, cuánto del talante de Oviedo será atraído hacia ella, gracias a la fuerza gravitacional de los poderosos planetas del Centro Democrático que no creo que sea ni centro (salvo en su acepción de sede), ni propiamente democrático. Sumar entre distintos, acercar las cicatrices, lograr que la sensatez sea lo suficientemente atractiva son sus argumentos para haber aceptado, y para cambiarle la naturaleza cosmética a la vicepresidencia. Yo le creo.
Sin embargo, confieso que llegué a pensar que no aceptaría el astuto ofrecimiento y que, al igual que la entrañable película del iraní Majid Majidi, Niños del Cielo, haber obtenido el segundo lugar entre los nueve participantes de la consulta le colmaba el espíritu y le llenaba la maleta para seguir caminando por el centro de la vía sin acercarse a los extremos. No fue así. Estaba equivocado. Tal vez tenga mucha más razón que yo, aunque su decisión, no por legítima, es menos sorprendente. Él debe saberlo. Al menos para muchos que, como yo, hemos celebrado su coherencia sin estridencias, su carácter sin mesianismos, su fuerza interior sin subir el tono de la voz, es humanamente comprensible y respetable que haya aceptado. Me alegro por él. Ha dicho, además, que lo interesante y valioso es el diálogo entre distintos. Tiene toda la razón. Solo que su posición será subsidiaria en el sistema gravitacional de la nueva connivencia.
Yo no sé a dónde se irán los votos de Oviedo. Me imagino que tomarán destinos diferentes, entre ellos, por supuesto, el del repentino casamiento. En cuanto al mío, sigo pensando que los andenes son más estrechos que el centro de la calle. O tal vez no. Tal vez, el querido alumno de hace décadas, los ensanche.
