Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Durante años en el sector educativo siempre se dijo, en serio y en broma, que junto con el de director técnico de la selección Colombia de fútbol, uno de los cargos más ingratos era el de profesor. La sociedad, hay que decirlo, no nos reconocía lo suficiente. Era frecuente en las salas de maestros que campeara el humor negro. “Vamos a la lucha de clases”, decía alguno apenas sonaba el espantoso timbre que anunciaba el fin del recreo. "No, a la dictadura de clases", corregía otro con sorna. Y no faltaba quien entre irónico y sincero, declaraba, “estoy que me dicto”. Y uno más alcanzaba a decir, ya en el pasillo, "vamos mis cirujanos que primero los dormimos y luego los rajamos".
Eran los años ochenta y apenas se hablaba de las emociones de los estudiantes, de currículos inclusivos, de pedagogía conceptual, de la importancia de la participación, de heteroevaluación, de preguntas problema y mucho menos de respeto a los ritmos del aprendizaje o a las motivaciones submarinas de los alumnos para aprender o de la activación de los conocimientos previos de los jóvenes. Muy poco de todo eso. Salíamos en estampida, ataviados de rollos de cartulinas con presentaciones, libros, hojas pre impresas para evaluaciones, cajas de tiza, álbum de fotos, y los de ciencias exactas con compases de madera y escuadras y reglas gigantes también de madera.
Horas después, nos volvíamos a cruzar en la sala de maestros, a veces sólo por unos momentos. No teníamos casi tiempo para compartir las experiencias, para reflexionar sobre lo que hacíamos y por qué lo hacíamos. Recibíamos las planeaciones del bimestre divididas en sesiones con tiempos exactos y con los temas puestos en orden cronológico sin mayor explicación. Y teníamos que llenar el libro de clase con lo visto en cada una. Las reuniones de las áreas del conocimiento nunca se hacían con otras áreas del conocimiento. Los de español con los de español, los de educación física con los de educación física, los de sociales con los de sociales, los de matemáticas con los de matemática. Y así. Nos arropábamos con una endogamia disciplinar que se defendía de otras miradas y, lo peor, eso hacía que el área de cada uno de nosotros la considerábamos la única y la mejor. Así habíamos consumado la segmentación de los saberes en pequeños cajoncitos de un gran armario al que llamábamos escuela.
Sólo en las escasas plenarias de maestros algo de diálogo existía. Era tal el cansancio después de 6 o 7 horas diarias de clase con densidades superiores a los 40 alumnos, que recuerdo nuestras caras de agotamiento cuando una vez al mes nos convocaban a la salida de los estudiantes para quedarnos una o dos horas más. Aun así, algo se hacía y circulaban las ideas, los desacuerdos y, lo mejor, nos mirábamos a los ojos y nos dábamos ánimo los unos a los otros. La labor del maestro es y sigue siendo agotadora. Sin embargo, ese cansancio al que ofrendamos la vida estaba justificado con independencia de los resultados que podíamos llegar a ver, si los estudiantes recordaban que todo el conocimiento no era nada distinto que una forma para ser buenos, para trabajar por el bien común y para aprender a vivir con los demás y nuestras comunes miserias. Muchos de mis inolvidables colegas queríamos cambiar el mundo y para eso sabíamos que había primero que cambiar la escuela.
Con la llegada de la Ley General de Educación de 1994, hija dilecta de la Constitución del 91, los maestros recibimos en nuestras manos la posibilidad inédita de cambiar el rumbo de las cosas. Nos dieron tiempo. Fruto de un trabajo arduo de cientos de mesas de trabajo durante casi dos años, la ley habló con claridad de autonomía escolar para diseñar y escribir sus propios proyectos educativos institucionales, rediseñar el currículo dentro de un marco común, pero atendiendo a la personalidad de cada escuela. La escuela ya no dicta cursos o clases, educa para la democracia, educa para entender la política, la escuela es una comunidad activa en posesión de su destino.
Qué lejos están los tiempos cuando, en 1982, la Federación Colombiana de Educadores, en el marco de su XII congreso en Bucaramanga, impulsó el movimiento pedagógico nacional, no sólo como una manera de lucha por las genuinas reivindicaciones laborales para el magisterio, sino como una apuesta para la renovación de las prácticas pedagógicas a través de la investigación en el aula liderada por los maestros de manera reflexiva y consciente y con los estudiantes como el centro de todo el sistema planetario de la escuela. Hoy, mejor pagados que nunca, con mejores y más duraderas garantías para ejercer su invaluable función a pesar de las deficiencias en el sistema de salud y de otras dificultades, tengo dudas de que los maestros hayamos estado a la altura de los desafíos que nos propuso la ley y del entonces valioso movimiento pedagógico.
Parar poner un solo ejemplo, la excelente revista Ciencia y Cultura, que publica Fecode desde 1984 y que constituyó en su momento un hito en la educación en Colombia, circulaba entonces ampliamente en el magisterio. Hoy no creo exagerar si digo que la leen muy pocos. Percibo sobre todo en el sector rural menos cansancio, menos entrega y un cierto sentimiento de hacer lo mínimo. El sindicalismo permitió que sus acuciosas luchas por los siempre urgentes asuntos contractuales, fueran agazapando y dejando atrás, poco a poco, la responsabilidad inendosable de los maestros por una educación de calidad, hasta relegarla a un segundo plano haciendo gala de una falta total de autocrítica por parte de sus cuadros directivos que irradie a todos sus afiliados. El problema para mí es que creo con pesar que los maestros hoy, en su conjunto, ya no quieren cambiar el mundo. Menos la escuela. He ahí la cuestión.
