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Pienso mucho en los niños de los colegios de nuestro país, en particular los de la escuela primaria. Qué pensarán de todo cuanto está pasando en el mundo, cómo se sentirán. Los desastres cotidianos, las guerras, las amenazas nucleares, los incendios enormes, las sequías inéditas, el nuevo armamentismo paranoide, las hambrunas. Qué les dicen en sus hogares, cómo explicarles lo inexplicable. Pero también pienso en los adolescentes.
Sé, porque conozco a los unos y a los otros, que muchos de ellos, simplemente, como se dice, no se enteran. Quizás mejor así. Y si se enteran, no saben muy bien qué pensar o qué sentir y mucho menos qué hacer. Pero hay muchos otros que van acumulando, en silencio, como si se tratara de una de esas estalactitas de las cuevas, gota a gota en su corazón, la ortiga oscura del miedo. La escuela está en la obligación de hacerla visible, pero más que eso, de hablar de todo cuanto la rodea.
Hace décadas, cuando me hice maestro y decidí que mi vida iba a ser la que ha sido y sigue siendo, me estrellé de frente, por primera vez, con los programas de las materias. Luego vendrían otros desencuentros. En mi caso, para las asignaturas de sociales, filosofía, español y literatura, los programas eran inmensas colecciones de temas y subtemas organizados en filas diacrónicas, impermeables a conexiones que los hicieran no solo más interesantes sino más divertidos.
En las otras áreas del conocimiento, con escasas excepciones, pasaba algo semejante. En el fondo, la mayoría de los contenidos que los conformaban acabarían siendo leña seca para la hoguera del olvido. Quienes nos arriesgábamos a subvertir un poco los soporíferos libros de texto y el orden de las unidades temáticas, así llamadas, nos podía costar uno o varios llamados de atención, y finalmente, el puesto. Tantos asuntos de importancia quedaban por fuera de los currículos y, si se trataban, solo era incidental o esporádicamente. Las cosas han cambiado, pero no como sería deseable.
Con esto no estoy diciendo que los programas no sirven. El problema es (y sigue siendo) que eran excesivamente teóricos, exageradamente formales y, en consecuencia, ocurrían solo en el mundo y en el tiempo cerrado del salón de clases. Es proverbial el sesgo teórico de nuestra educación, que nos viene directamente de nuestra tradición escolástica, interpelada por muy pocos, como José Celestino Mutis, gracias a que en 1763 el gobierno de Carlos III lo respaldó en la creación de la Expedición Botánica. Muy poca o ninguna experimentación, escasas salidas de campo, muy poca autocrítica a los métodos de enseñanza, precaria creación de grupos de investigación de docentes, y una exagerada preocupación por los ránquines escolares internos y externos, siguen, a mi juicio, dominando el panorama.
Tampoco significa mi desvelo que la solución pasa por crear una nueva cátedra que recoja los asuntos de los que hablo. No, por favor. No más cátedras. Hablo de la cultura escolar, de su atmósfera, de su ethos. Hablo de una escuela preocupada por lo que pasa allende sus muros. Hablo de una escuela que informe, sin énfasis escatológicos, pero con realismo, sobre el cambio climático, sobre el fenómeno global de las migraciones, sobre el garrote vil de los autoritarismos, sobre la concentración escandalosa de la riqueza, sobre la desaparición de cientos de especies, sobre la persistencia de la homofobia, de la transfobia; una escuela que en últimas eduque la sensibilidad y haga pensar en el dolor y la soledad humanos en términos de solidaridad y compasión.
No parece un dato menor que la Unicef haya reportado que un 44 % de los jóvenes en Colombia presentan algún tipo de afectación de su salud mental, de acuerdo con datos para el año 2024, y que la sociedad colombiana de psiquiatría continúe haciendo una ingente labor de prevención, información y estudio de un fenómeno social tan complejo. Bueno, a lo mejor hay quienes sí les parece menor. Pero insisto: mal contados, a uno de cada dos jóvenes en Colombia, su salud mental les hace ruido, les escuece.
