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El caso Langlois

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Julián Cubillos
07 de mayo de 2012 - 12:07 p. m.
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En el momento en que Roméo Langlois fue capturado por las Farc vestía prendas civiles. Esa fue la versión oficial que sostuvo el Ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, cuando aún no estaba del todo comprobado que las Farc tenían en su poder a Langlois.

Si bien el Ministro aceptó que, en principio, el periodista portaba un chaleco y un casco, también aclaró que esas prendas no eran iguales a las que portaban los soldados y policías que realizaron el operativo; concluyendo, así, con la siguiente declaración: “El comunicador decide quitarse esas prendas de protección cuando se mueve a la zona del fuego cruzado y queda portando su vestimenta de civil, y resulta herido”.

Posteriormente, gracias a una entrevista (valiente y profesional) del periodista Karl Penhaul, conocimos el testimonio del comandante del frente 15 de las Farc que confirmó la captura de Langlois. En contraste con la versión del Ministro, el vocero de las Farc manifestó que el periodista sí estaba “uniformado de militar” y que, en consecuencia, había sido capturado como “prisionero de guerra”. Por fortuna, el mismo grupo guerrillero (vía Twitter) ha prometido ya la pronta liberación del periodista, reprochando, eso sí, que el Ejército lo haya puesto en peligro; por desgracia, en ese nuevo comunicado el grupo ha insistido en que Langlois es un prisionero de guerra, porque “vestía prendas del ejército colombiano y no el uniforme azul reglamentario de prensa”.

Frente al conflicto entre las dos versiones –una consecuencia nada gratuita de nuestro conflicto real–, mal haríamos en enfrascarnos en la discusión sobre quién está mintiendo. Mejor haríamos en resaltar un aspecto ciertamente positivo de este caso: ambas partes, tanto gobierno como guerrilla, parecen estar finalmente de acuerdo en que la condición de civil es fundamental para que todo periodista –sin importar de qué lado se sitúe al momento de cumplir con su labor– sea mantenido al margen del conflicto. ‘Finalmente’, digo, porque no siempre ha sido el caso; y ‘parecen’, porque tampoco es del todo claro que lo siga siendo, toda vez que la labor periodística ya no se lleve a cabo desde el lado del ejército, sino de la guerrilla.

No podemos olvidar que ha sido el mismo Álvaro Uribe Vélez quien ha tachado de cómplice del terrorismo al periodista Hollman Morris, por cubrir el conflicto desde el campo de la guerrilla. “Una cosa es la libertad de prensa –según el expresidente– y otra cosa es utilizar el carné de periodista para convertirse en publicista del terrorismo”. Eso ha sido, por supuesto, una clara violación a la libertad de prensa en nuestro país.

De ahí que si Langlois portaba o no prendas militares en el momento de su captura, sólo podría resultar de interés para quienes están prestos a aguzar nuestro conflicto con señalamientos insustanciales. El mismo Langlois podría sacarnos de esa duda, una vez sea liberado; ojalá que no lo haga. Como bien dice el periodista Karl Penhaul, en los campos de batalla se suele experimentar lo que en inglés se conoce como el “Fog of war”, ese estado de incertidumbre frente al desenvolvimiento del combate; un estado que, en este caso, bien podría justificar las versiones de ambas partes del conflicto.

Twitter: @Julian_Cubillos
 

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