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No sé qué pueda resultar más deslumbrante, si la nueva versión del iPad o la de Google Art Project.
O si ambas, al unísono, siendo aquélla la mejor herramienta para acceder a ésta desde casi cualquier parte: una pantalla con una resolución nunca vista en un dispositivo móvil (2048 por 1536), una ventana mágica –como dice Apple– para adentrarse en la no menos mágica emulación de 151 museos provenientes de 40 países; más de treinta mil obras de arte que constituyen, así, un verdadero mega museo virtual. He mirado con reservas la promesa de ‘ver más’ con la que se presentan estas nuevas tecnologías, pero quizás sea esta (mi primera columna para este diario) una buena oportunidad para revaluarlas.
Unas reservas que no son en absoluto novedosas. Que apuntan a la vieja sospecha –tan señalada por Walter Benjamin– de la pérdida de contemplación que conlleva la reproducción tecnológica de la obra de arte, y del mundo, en general. Porque el espectador –dice Benjamin– corre el riesgo de ya no mirar, de ya no contemplar; de examinar a través de una lente que lo sitúa (sin serlo) en el lugar de un experto. Y así pasa, por supuesto, con Google Art Project.
En efecto, tal parece que aquí hay una pérdida. Pero es un hecho, qué le vamos a hacer. Mal haríamos, creo hoy, en asumir una postura reaccionaria frente a la nueva realidad que de manera inevitable conllevan las innovaciones tecnológicas, las cirugías estéticas, las cremas mágicas de la eterna juventud y hasta el periodismo de consumo: no una realidad aumentada, no banal, falsa o distorsionada; una nueva realidad.
De aquí que la pregunta, en principio, deba dirigirse a padres y educadores. Pero no una pregunta encaminada a cómo hacer para enseñarles a los jóvenes a resguardar su mirada contemplativa frente a la tecnología, a distinguir y valorar más el fondo que la forma, sino cómo hacer para que sean ellos mismos (padres y educadores) quienes convivan con esa nueva forma de mirar. Es sencillo, siendo que el problema de la pérdida de contemplación apunta más a una cuestión de actitud que a un contenido susceptible de ser enseñado, entonces poco o nada podemos hacer para contrarrestarlo.
Poco o nada más que sugerirlo. Es cierto, sí, que la banalidad se sustenta sobre una mirada consumista. Pero toda banalidad incómoda con su propia condición es una banalidad que se avergüenza y, en consecuencia, que busca su propia emancipación. La que no (y, más aún, la eterna mirada adolescente que se sabe banal de manera consciente y orgullosa), esa es algo con lo que, simplemente, tenemos que convivir.
La cuestión es de tolerancia, de contrarrestar ese paternalismo intransigente y retrógrado que no solo en la esfera estética sino también política, social y mediática surte el efecto justamente contrario al que pretende. En una sociedad en la que ya es más importante la forma que el contenido, donde el esnobismo aflora en quienes más posan de intelectuales: ¿cuál es la bendita nostalgia por el fondo?
Aceptémoslo, los gustos por la apreciación del arte (original), por la belleza natural, por el fondo y el esfuerzo no son para todo el mundo. El problema de la mirada consumista (de la industria estética y cultural) no se resuelve contrarrestando la eterna mirada adolescente de, por ejemplo, nuestra diva más afamada. El problema es, más bien, que si en verdad hay un problema, entonces es porque hay algo que envidiarle a esa mirada adolescente. En el mejor de los casos, el problema sería entonces de una cuestión de sana convivencia; y de un tratamiento psicológico para quien critica, en el peor.
Twitter: @Julian_Cubillos
