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Nosotros los monstruos

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Julián Cubillos
04 de junio de 2012 - 05:06 p. m.
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Nosotros los monstruos sabemos bien que en este mundo hay gente malintencionada, pero que también hay monstruos, como nosotros.

Monstruos, sí, de carne y hueso, personas crueles y perversas en extremo. Monstruos que atacan a sus víctimas arrojándoles ácido en la cara, que las violan y las empalan, que las devoran, que les ponen bombas o les prenden fuego; monstruos que descuartizan y enfilan los restos a lo largo del camino, y que torturan, incluso, en nombre de la justicia. Esos monstruos a quienes preferimos llamar ‘enfermos’, para excluirlos, para defender que no hacen parte de nuestra monstruosa normalidad. No por eso, sin embargo, violadores y asesinos, narcos, paras y guerrilleros, curas pederastas, dictadores y policías desalmados –entre tantos monstruos– dejarán de caminar a nuestro lado.

Nosotros los monstruos vemos que nuestra existencia, en pleno siglo XXI, no deja de poner en evidencia una mala comprensión de la maldad, de la condición humana. Una mala comprensión que, curiosamente, nos salvaguarda, porque nos divide en dos, en cuerpo y mente (¿alma?), en emoción y razón; lo que nos permite echarle la culpa al otro –aducir enfermedad mental, corpórea e, incluso, posesión demoníaca–. Pero también nos salvaguarda desde el punto de vista del monstruo espectador. De un lado, porque si lo monstruoso se mide a partir de la repugnancia emocional, queda sujeto a la duración de esa repugnancia y, en consecuencia, lo que antes fue monstruoso ya no lo es más. De otro, porque si lo monstruoso es irracional, entonces también deviene incomprensible, imposible de juzgar.

De ahí que nosotros los monstruos ya no creamos en la promesa de la Ilustración, en la reconciliación entre el instinto salvaje y la racionalidad, entre naturaleza y humanidad. Una promesa a todas luces incumplible, siempre que insista en doblegar nuestros instintos con una razón intransigente. De ahí que juzguemos como peores las monstruosidades de la razón, las que no implican un daño directo al cuerpo. No son menos los monstruos de bien siempre dispuestos a linchar a los delincuentes; aquellos que tanto se indignan con las monstruosidades, que dejan salir un monstruo peor: ¡Que los maten! ¡Que se pudran en una cárcel! Los peores monstruos, sí, son los cazadores de monstruos.

Nosotros los monstruos buscamos ser consecuentes y aceptar de una buena vez que no sabríamos qué hacer sin lo monstruoso, que ya hace parte de nuestra cotidianidad; después de sobrepasar el horror momentáneo de un seudoempalamiento, no dudamos en tejer explicaciones para magnificar el hecho. La explicación de lo monstruoso encierra, así, su mayor justificación: necesitamos de la monstruosidad mediática, porque aliviana nuestra propia monstruosidad.
Nosotros los monstruos, en consecuencia, lamentamos nuestra propia condición. Somos una civilización más monstruosa que las anteriores, pues además de monstruos, algo que sí le debemos a la Ilustración es que seamos plenamente conscientes de serlo. Bien pueden seguir marchando e indignándose quienes se crean menos monstruos, pero esta humanidad ya se perdió. Más arte y menos ideología es lo que tendría que ser nuestro último suspiro de bondad para las generaciones futuras.

Twitter: @Julian_Cubillos 

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