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"Una vivienda regalada no se valora", afirmó el viernes pasado el ex alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, en el Congreso Colombiano de la Construcción.
Puesto que el mismo ex alcalde hizo la salvedad de su desconocimiento a fondo acerca de la política que otorga casas de forma gratuita en nuestro país, la afirmación debería ser interpretada, entonces, como una crítica general a las políticas públicas que buscan ayudar sin exigir nada a cambio de parte de los beneficiados.
Pese a la salvedad, el gobierno colombiano tomó las afirmaciones de Giuliani como críticas directas al programa de vivienda gratuita. Y fue así, in extenso, como el Ministro de Vivienda, Germán Vargas Lleras, respondió de manera enérgica: “El señor Giuliani no conoce. Las familias de extrema pobreza en Colombia viven con 87 mil pesos mensuales, ¿qué se les puede pedir a estas familias?, no tienen con qué comer. Por eso tenemos un millón doscientas mil familias colombianas que no han tenido posibilidades de acceder a su casa, porque nunca podrán hacer un ahorro programado, no son sujetos de créditos y resulta fácil venir desde Nueva York sin haber ido a los sectores de pobreza extrema”.
Creo que ambas partes tienen razón, solo que la primera incluye a la segunda y, en consecuencia, entraña una visión más amplia y efectiva de la ayuda. Giuliani no rechaza la necesidad de prestar ayuda; rechaza el regalo (sin más ni más) como una forma efectiva de hacerlo. En un primer plano, porque el daño es doble para la persona que recibe ayuda regalada: ‘lo regalado no se valora tanto como aquello que se gana con esfuerzo’; y aun cuando el beneficiado no lo vea así, el regalo va en detrimento de sus capacidades, pues deviene objeto de compasión. De ahí que, para el ex alcalde, regalar no solo sea un despropósito, sino también un “irrespeto”, un atentado contra la dignidad humana.
Pero en un segundo plano, en lo social, el daño sí que es mucho mayor. Puesto que las familias en pobreza extrema representan casi el 20% de los hogares colombianos, el programa del gobierno resulta a todas luces insuficiente para cubrirlas a todas, y poco menos que un paliativo para el déficit general de casi cuatro millones de viviendas. En este plano, el daño surge, entonces, desde la perspectiva de los no beneficiados, que aun siendo también los más pobres de los pobres, no corran con la suerte de ‘ganar’ una vivienda. Lejos de la envidia, ellos –y, más aún, aquéllos que, sin ser los más pobres de los pobres, tampoco han tenido la posibilidad de acceder a una casa– estarán en todo su derecho a percibir injusticia en la tómbola social del gobierno.
Así pues, a la pregunta de Vargas Lleras (“¿Qué se les puede pedir a estas familias?”), bien podríamos responder: “Todo”. Porque ser pobre no es ser idiota ni incapacitado; estas familias requieren de oportunidades, de verdaderas políticas sociales, no de políticas de compasión. Como tantos economistas colombianos, Giuliani tiene razón al defender la necesidad de no regalar el pescado, de enseñar a pescar y proveer los medios para hacerlo; una ayuda integral que, no por trillada, deja de ser efectiva. De ahí que el daño social sea peor cuando –tratándose de una política pública– sea la suerte, mas no el mérito, el elemento determinante para aminorar la brecha social.
Tal es el despropósito del programa de vivienda gratis, que populista no puede ser: la suerte es para un mínimo de la población.
Twitter: @Julian_Cubillos
