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El pasado 14 de marzo, el mundo perdió a uno de sus pensadores más importantes: Jürgen Habermas, filósofo de la Escuela de Frankfurt. Su tesis sobre la necesidad de deliberación y consensos para fortalecer la democracia sigue vigente.
La democracia está en crisis. En las últimas dos décadas la han debilitado los gobiernos populistas y el auge de la extrema derecha en Estados Unidos, Europa y América Latina.
Donald Trump es la expresión más representativa de esta crisis. Debilitó la ciencia, ahogó financieramente a las universidades independientes y chantajeó con demandas multimillonarias a los medios de comunicación. Además, construyó una narrativa que convierte a los inmigrantes en los enemigos y que le resultó muy efectiva para reconquistar el poder. Él sabe que los jóvenes estadounidenses no leen libros complejos, sino que ven videos superfluos de veinte o treinta segundos. En una entrevista de 2018, Habermas se refiere a Trump en estos términos: “De este individuo no se puede decir siquiera que esté por debajo del nivel de la cultura política de su país. Trump destruye ese nivel permanentemente”.
Las plataformas tecnológicas son otra expresión de la crisis de la democracia: empequeñecen la esfera de lo público y capturan por completo la atención de los jóvenes con videos superfluos y adictivos. Allí se realiza un debate semipúblico, anónimo, enmascarado, regulado por algoritmos y desestructurado en el que predominan las fake news, las bodegas y la manipulación.
Estos dos procesos aumentaron la polarización, generaron una crisis de confianza en las instituciones y promovieron el odio, el insulto, la inmediatez y la ira en los nuevos espacios. Eso condujo al debilitamiento del debate público argumentado.
Por otra parte, los gobiernos populistas han construido narrativas para elevar el fanatismo de sus seguidores, inventado fraudes en elecciones para generalizar la desconfianza. Así mismo, fabrican enemigos ficticios para ganar militantes y siembran una duda permanente sobre los diversos poderes, los periodistas y los medios de comunicación. De esta manera, debilitan las instituciones democráticas. “Pan y circo” decían en Roma. Hoy podríamos decir: medidas populistas irresponsables, trinos y descalificaciones diarias. Se trata de que resuene exclusivamente la voz del caudillo, que se hable todos los días de él.
Para entender esta crisis profunda y estructural de la democracia es conveniente volver a los clásicos. Cuando Jürgen Habermas ganó el Premio Príncipe de Asturias en 2003, el acta del jurado lo consideró ya un “clásico de las ciencias sociales y la filosofía”. Su profundo y original marco teórico y conceptual es esencial para interpretar el presente. Habermas incorporó la comunicación humana como uno de los motores de la historia. En sus términos: “Toda experiencia está impregnada de lenguaje”. En Verdad y justificación (2002) nos dijo: “somos seres que damos y exigimos razones”. Eso sucede en la vida cotidiana, en la ciencia y en la justicia. Se trata de sustentar ideas, de convencer auditorios o de justificar posturas. Por eso concluye que “la argumentación continúa siendo el único medio disponible para cerciorarse de la verdad”. Desde esta óptica, la mejor idea es aquella que esté mejor argumentada. Eso es lo que llama “racionalidad comunicativa”, aspecto central analizado en su libro Teoría de la acción comunicativa (1981). Con ello se refiere al diálogo entre individuos que buscan entenderse y que, para lograrlo, deben debatir los significados y alcanzar consensos.
A nivel social, las ideas mejor argumentadas, consensuadas y más coherentes tenderían a ser las más aceptadas. Ahí está su aporte central a nivel político: propender por construir una democracia en la que las grandes decisiones sean producto de la deliberación y del más amplio consenso. Las sociedades deben construir democracias deliberativas en las que participen ampliamente los representantes elegidos en el congreso, pero también los movimientos sociales y la población.
Habermas fue el representante más sobresaliente de la segunda generación de filósofos de la Escuela de Frankfurt, la cual se nutre principalmente de Kant, Hegel y Marx. La escuela toma distancia frente al positivismo, adopta una visión interdisciplinaria y –como diría Marx en sus tesis sobre Feuerbach– busca no solo interpretar, sino también transformar la realidad social. De allí su carácter de teoría crítica. Sin embargo, en esta segunda generación es significativo el énfasis dado a la racionalidad comunicativa y la argumentación, que se derivan de los aportes de Habermas y de la denuncia sobre el papel predominante que adquirió el mercado en la fase actual del capitalismo.
Lo notable en la postura de Habermas fue concluir que el lenguaje era esencial en los espacios de debate público en la sociedad. Al buscar consensos, decía, fortalecemos la democracia deliberativa. Sin embargo, eso no ha sido posible en las últimas décadas.
Teodoro Adorno, su tutor, ya había demostrado que la cultura había caído bajo el yugo de la industria mercantil. Habermas, en ese horizonte, sostiene que el debate político contemporáneo también comenzaba a ser dominado por el mercado y, en este contexto, se generalizan los shows y “ofertas de entretenimiento y consumo”, tal como lo hemos visto muy recientemente en personajes como Javier Milei, Donald Trump o Nayib Bukele. Desde esta perspectiva, “los ciudadanos son abordados como clientes” y no como sujetos autónomos, con criterio y pensamiento propio. Así lo dijo expresamente a fin de 2025 en una columna en El País (España). Se mercantilizan la cultura, las artes y la política, mientras las ideas son sustituidas por manipulaciones de carácter emocional. Con ello, triunfa la razón instrumental sobre la razón dialógica.
En Colombia, el político que más representa la razón instrumental y la oferta de entretenimiento y consumo sería Abelardo De la Espriella y el que de mejor manera expresa el pensamiento habermasiano sería Antanas Mockus, en especial al plantear que en el país existe un divorcio entre ley, moral y cultura y que, debido a eso, hay aprobación cultural o moral de acciones ilegales, mientras hay reprobación moral o cultural de algunas de las obligaciones legales de los ciudadanos. Esto lo condujo a impulsar la cultura ciudadana.
Lo que buscaba la Escuela de Frankfurt era el triunfo del argumento y una deliberación que nos permitiera avanzar hacia una sociedad dispuesta a resolver sus conflictos utilizando argumentos y consensos. En Colombia, esta misma tesis la defendió Estanislao Zuleta, cuando en torno al proceso de paz del M-19 con el Estado expresó que “una sociedad mejor es una sociedad capaz de tener mejores conflictos. De reconocerlos y de contenerlos. De vivir no a pesar de ellos, sino productiva e inteligentemente en ellos. Que sólo un pueblo escéptico sobre la fiesta de la guerra, maduro para el conflicto, es un pueblo maduro para la paz”.
La esperanza de Habermas estuvo centrada en el papel que podría jugar Europa en el mundo. Le apostó a la democracia, a la defensa de los ideales de la Ilustración y a la construcción de la Unión Europea para domar un capitalismo que se había vuelto salvaje. Aun así, concluyó que Europa era “un gigante económico, pero un enano político”.
Murió relativamente pesimista al ver el declive de la democracia por la que había luchado toda su vida. Es angustioso ver la debilidad política de Europa y la total incapacidad de la ONU para detener la barbarie y los crímenes. Con profundo dolor, y ante la indiferencia y complicidad de quienes detentan el poder en el mundo, continúa el genocidio del pueblo palestino en Gaza causado por el gobierno de Netanyahu.
Sin embargo, con su muerte no desaparece la utopía. Es más, cada vez es mayor la necesidad de reivindicar el papel del diálogo, el consenso y la racionalidad comunicativa. Tal como escribió recientemente Adela Cortina, Habermas expresa la enorme vigencia que actualmente tiene la teoría crítica de la sociedad. La conclusión es clara: ante la crisis actual, debemos fortalecer las democracias deliberativas y ampliar el debate argumentado para alcanzar consensos que nos proyecten como nación.
