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Durante los cuatro años de la secretaría de Educación liderada por Edna Bonilla en Bogotá se han inaugurado 35 colegios y quedan otros 35 en proceso. Uno de ellos lleva el nombre del exministro Jaime Niño Díez. Estas fueron las palabras leídas en su inauguración el pasado 13 de diciembre de 2023, cuando se cumplían siete años de su muerte.
Conocí a Jaime Niño en 1986, cuando fui maestro de sus dos hijos: Jaime Andrés y Daniel. Desde aquel momento entablé una amistad que se extendería por tres décadas y se fortalecería cuando trabajamos como formadores de los formadores en el Programa Todos a Aprender (PTA) y cuando desde el año 2011 impulsamos en Colombia, en compañía de otros educadores y amigos, como Abel Rodríguez, el Movimiento Pedagógico y Social por una Educación de Calidad. A este le imprimió esperanza, juventud y reflexión política y pedagógica. El Movimiento hizo propia su tesis: ¡Si es necesario, tiene que ser posible!
Jaime es de los muy pocos exministros que conocía a fondo el sector educativo. Influido por Paulo Freire, el educador brasilero que consideró la educación como una práctica de la libertad, comprendió desde muy temprano que detrás de toda propuesta pedagógica yace una propuesta política y social. Fiel a sus principios, su vida transcurrió entre la educación y la política: fue congresista, rector, director del ICETEX, del ICFES, miembro de la Comisión Nacional de Televisión, secretario de educación, ministro y, ante todo, un político humanista, algo que muy pocas veces encontramos entre los políticos colombianos.
Su primera tarea en educación fue dirigir la Campaña Nacional de alfabetización Simón Bolívar. Como heredero del pensamiento de Freire, era consciente de la deuda ética que como sociedad teníamos con la población analfabeta. Sabía que ellos no podían ejercer sus derechos políticos y que, como adultos, quedarían eternamente condenados a la pobreza y el hambre. A Jaime le parecía inconcebible vivir en un país con regiones en las cuales el 40 % de los adultos no podían leer los nombres de las calles ni las rutas de los buses o ni siquiera escribir su propio nombre para reforzar su autoconcepto. Por eso también se le conoce como el “Padre de la educación de jóvenes y adultos” en Colombia.
Desde joven era claro que su trabajo político y pedagógico se entrecruzarían una y otra vez, de manera que su tarea sería esencialmente la de un humanista, como lo demostró cuando invitó al maestro Abel Rodríguez, quien había liderado FECODE y el original Movimiento Pedagógico colombiano, a que lo acompañara como viceministro. Esto también fue evidente cuando puso al país a pensar en el primer Plan Decenal de Educación, cuando propuso un diálogo entre 6.000 Proyectos Educativos Institucionales en un gran foro educativo nacional, cuando logró mejorar significativamente las condiciones laborales de los docentes y transformó sus sistemas de formación, cuando lideró el diálogo de saberes de 4.000 instituciones vinculadas al PTA o cuando se puso la camiseta de la paz, con la cual moriría. Sin duda, la derrota en el plebiscito del 2 de octubre de 2016 aceleró su muerte. Le dolía vivir en un país en el cual más de la mitad de los votantes habían rechazado los acuerdos de paz con las FARC.
El eje de su ministerio fue implementar la Ley General de Educación de 1994, que consagró la autonomía, la participación y el papel crucial de las comunidades en el proceso educativo, tareas que al mismo tiempo son pedagógicas, sociales y políticas. Hizo parte del Movimiento Poder Popular liderado por Ernesto Samper. Fiel a sus principios del liberalismo moderno, fue pionero de la descentralización educativa, entregando a departamentos y municipios los recursos y la administración del sector. Hasta los últimos días consideró que el país no avanzaría sin convertir las secretarías de educación en verdaderas unidades pedagógicas para acompañar a las instituciones educativas. Y tenía toda la razón: no mejoraremos la calidad educativa si las secretarías siguen siendo los órganos de vigilancia de los colegios, que llevan a las instituciones múltiples programas dispersos, pero no las acompañan y apoyan en la tarea de mejorar la calidad y transformar colectivamente las escuelas.
También sabía que en Colombia carecemos de políticas de Estado en educación y por eso reconoció con tristeza cómo los gobiernos de Andrés Pastrana y de Álvaro Uribe no continuaron la senda para fortalecer la participación, la autonomía y la democracia en las escuelas, que habíamos alcanzado tras lograr el mayor acuerdo nacional por la educación en la historia: La Ley General de Educación. Equivocadamente, estos gobiernos enfatizaron exclusivamente en los aspectos administrativos, lo cual, a la postre, terminaría por desmontar el sentido y el espíritu de la Ley 115 de 1994, llevando a cabo, como lo llamó Abel Rodríguez, una verdadera contrarreforma educativa.
Acompañó al primer gobierno de Juan Manuel Santos y a la exministra María Fernanda Campo cuando se tomó la decisión de concentrar su trabajo en las escuelas oficiales rurales, que siempre habían sido abandonadas por el Estado. Fue un gran defensor de la educación pública. Por eso se convirtió en formador de formadores del PTA. Sabía que Colombia no tendría futuro si no disminuía los niveles de desigualdad. También sabía que eso sólo sería posible si elevábamos la calidad de la educación rural y si, al hacerlo, aumentábamos la movilidad social. No hay que olvidar que Jaime fue un humanista y un socialdemócrata. Como buen sociólogo de la Universidad Nacional y con estudios de maestría en la Universidad de Toronto, sabía que al maestro no hay que sacarlo de su escuela para llevarlo a hacer estudios de posgrado individuales, sino que debemos llevar a los docentes universitarios y a los equipos de calidad de las secretarías de educación a los colegios del país para acompañar y potenciar las transformaciones pedagógicas en curso. También en esto era claro cómo se mezclaba su ideario filosófico, político y pedagógico. Pero una vez más vería cómo este programa se marchitaría durante el segundo periodo del presidente Santos para dar paso a programas de apoyo no para los olvidados de siempre, sino para los más “pilos”, verificando una vez más el destino trágico del país: políticas educativas de gobierno y no de Estado.
El exministro Jaime Niño murió con los tenis puestos. Así le pidió a su esposa Lucía que lo enterrara, ya que quería seguir caminando. Al dedicar este bello colegio a su memoria, la Secretaría de Educación de Bogotá nos invita a caminar con él y nuestro homenaje será continuar su legado por una educación de calidad que ayude a disminuir las desigualdades, que eleve las oportunidades y que promueva la movilidad social.
¡Gracias, Jaime! Todas las niñas, los niños y los jóvenes que vengan a jugar, socializar y aprender a este colegio, sabrán que hoy existen escuelas de calidad porque ayer grandes hombres como Jaime Niño Díez lucharon para que el futuro de los niños no esté determinado por la cuna en la que nacieron y para que todos los jóvenes tengan la oportunidad de construir proyectos de vida que les permitan vivir de manera digna, alegre y feliz.
¡Muchas gracias!
P.D: Esta columna se suspende hasta el 23 de enero de 2024. La vida plena implica trabajar, pensar, amar, convivir y descansar.
* Director del Instituto Alberto Merani (@juliandezubiria).
