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Fútbol: magia, dinero y política

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Julián de Zubiría Samper
28 de julio de 2026 - 05:05 a. m.
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Aprovecho la culminación de la Copa Mundo 2026 para compartir algunas reflexiones sociológicas sobre los mundiales de fútbol.

El fútbol siempre ha sido un fenómeno de multitudes, pero, la televisión lo convirtió en el espectáculo que en mayor medida reúne masas, euros y poder; en especial, desde que 700 millones de personas pudimos ver a color, por primera vez, el Mundial de México en 1970. Desde ese momento, fue visible la magia del Brasil de aquel entonces. Durante el evento, en Guadalajara, fueron famosos los letreros en las calles: “Hoy no trabajamos porque vamos a ver a Pelé”. Es cierto, en los mundiales, el tiempo y la vida parecen detenerse y, hasta 1970, quien tenía ese mágico poder era el Rey Pelé. Luego fue Maradona y, hasta este Mundial, fue Messi. Como diría Eduardo Galeano: “Pelé fue más bailarín y plástico. Maradona -por su parte- parece tener ojos por todos lados”. Así mismo, complementaba Diego Armando: “Messi tal vez juega mejor que yo, pero le falta liderazgo”.

En 1934, Benito Mussolini invitaba a los árbitros a comer a su casa antes de los partidos. Por eso no fue sorpresivo que Italia ganara la copa y que el dictador fascista, mezclando propaganda, deporte y política, quisiera presentar la victoria como un triunfo del fascismo ante el mundo. En 1978, en Argentina, el Mundial de fútbol fue utilizado por la Junta Militar para encubrir el terrorismo de Estado. Aun así, la prensa internacional también terminó señalando las marchas silenciosas de las madres de mayo que desconsoladas lloraban a sus hijos desaparecidos y a sus nietos robados de los vientres de sus hijas y nueras. En un acto de valentía y dignidad, los jugadores del equipo subcampeón, no saludaron a los miembros de la Junta Militar, no acudieron a la ceremonia protocolaria de premiación, ni al banquete oficial posterior. También es muy posible que, por eso mismo, Johan Cruyff, el capitán de la selección de Países Bajos, desistiera de asistir al Mundial.

En Chile, en 1973, días después del golpe militar de Augusto Pinochet y una vez convertido el Estadio Nacional en el mayor centro de detención y tortura de jóvenes, artistas y militantes de izquierda; la Unión Soviética se negó a jugar allí el partido de repechaje de las eliminatorias y exigió una sede neutral. La FIFA no avaló la solicitud y terminó siendo el partido más breve: solo salió el equipo local a la cancha y en segundos realizó el único gol. Nunca llegó el rival. Hoy en el Estadio Nacional se rinde un sentido homenaje a las víctimas de la dictadura de Pinochet. Una sección permanece cerrada y en ella se lee: “Un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro”.

Así mismo, y solo cuatro años después de la guerra de las Malvinas, Argentina, en 1986, eliminó a Inglaterra con los dos goles más célebres de Maradona: el de la “mano de Dios” y el considerado como el mejor de todos los mundiales: el “gol del Siglo” que hizo Diego Armando después de dejar en el camino a siete jugadores ingleses, incluyendo al portero. Es muy célebre la arenga que Maradona había pronunciado previamente en el vestuario: “Vamos… que estos HP nos mataron a nuestros pibes”. Este hecho deportivo, político e histórico, volvió a ser reivindicado en 2026, cuarenta años después, cuando Argentina remontó el gol que tenía Inglaterra de ventaja, luego de dos asistencias magistrales de Messi. Su selección ganó 2-1 y obtuvo un cupo en la final.

Habría muchísimos ejemplos más, pero en aras de la síntesis elijo comentar uno de los casos más recientes y grotescos sucedido en Qatar en 2022. La monarquía hereditaria compró la sede sobornando a los directivos de la FIFA a lo largo y ancho del planeta en un intento por usar el Mundial para lavar su imagen internacional. Aun así, las condiciones denigrantes de los migrantes, la violación a los derechos de las mujeres, las restricciones a las personas LGBTI y la ausencia de democracia y libertad de expresión, fueron divulgados ante todos por la prensa mundial. Human Rights Watch tituló su informe: “Los abusos contra los derechos humanos empañan la Copa Mundial de la FIFA”. La recomendada miniserie de Netflix FIFA Uncovered explora la historia de la Federación Internacional de Fútbol y revela cómo se convirtió en el epicentro de escándalos de corrupción, sobornos, lavado de dinero y poder.

En el reciente Mundial, volvió a emerger el fuerte nexo del fútbol con el poder y la política. Un ejemplo evidente, fue la grotesca intervención de Donald Trump quien presionó al presidente de la FIFA para que le quitaran la suspensión al mejor jugador de Estados Unidos. Por primera vez desde 1962, la FIFA aceptó la solicitud y Balogun jugó ante Bélgica. La UEFA estuvo del lado del deporte limpio, en tanto Infantino jugó a favor de la corrupción. También fue tristemente célebre la inhumana prohibición que impedía a los jugadores de Irán dormir en territorio de Estados Unidos. De esta manera, los iraníes solo podían llegar al estadio minutos antes del compromiso después de viajar varias horas desde México y, una vez culminado el partido, incluso antes de recibir los masajes, eran obligados a desplazarse al aeropuerto para viajar a Ciudad de México. Otra grosera intervención del presidente Trump que empañó el reciente torneo mundial.

Con profunda agudeza, Eduardo Galeano nos decía en su libro El fútbol a sol y sombra (1995) que “a medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí”. Es cierto, hoy las cifras que se manejan son totalmente astronómicas. Neymar fue vendido en 2017 al París Saint Germain por 222 millones de euros y Mbappé al mismo equipo un año después por 180 millones. No sobra recordar que el PSG es propiedad de la monarquía de Qatar. ¡La industria es tan grotesca que los jugadores pierden su humanidad y se usan como productos a la “venta” entre un equipo y otro! Así mismo, las entradas a la final de la reciente Copa Mundo se vendieron a un escandaloso precio promedio de 40 millones de pesos colombianos. Eso le quita al juego alegría, autenticidad y popularidad. Se termina jugando para ganar millones de euros y, al hacerlo, tiende a desaparecer la diversión, la alegría y el arte. Esa habilidad natural y espontánea que hizo tan famoso a Ronaldinho y que se cultiva en las calles, los barrios y los potreros.

Pese a todo, el fútbol sigue siendo un elemento de unión, poesía y pasión. Se hace realidad lo que decía Antonio Gramsci al llamarlo «el reino de la lealtad humana ejercida al aire libre». Los goles y los triunfos se celebran en todos los rincones de la patria y lo hacen de manera simultánea todas las clases sociales. Los debates políticos, económicos y filosóficos, parecen salir a vacaciones, como si el mundo detuviera su frenética marcha por unos días.

No es fácil explicar sociológicamente los gigantescos recibimientos que obtienen los triunfadores. Parece que retornaran a su tierra después de ausentarse tratando de conquistar planetas lejanos. Tampoco es fácil explicar por qué los hinchas de equipos de primera o segunda división se hacen matar por un pedazo de trapo. Tal vez sea la búsqueda de identidad, la necesidad de recordar el juego y la niñez que hemos perdido o el intento de explorar la empatía en un mundo cada día más individualizado y dispuesto a quitarnos la alegría y el reconocimiento de la otredad.

En cualquier caso, ha sido un gusto tener la oportunidad de ver en acción a un jugador como Messi quien, a los 39 años, sigue siendo el creador con mayor juego ofensivo y el segundo con más pases a profundidad de todo el Mundial 2026. Lo más interesante es que su equipo perdió en la final con otro que tenía a un joven de 19 años descendiente de palestinos y cuyos padres cruzaron el desierto sin papeles. Hoy juega para España, el país que, con toda justicia, ganó su segunda Copa. En el anterior Mundial, el progreso del fútbol africano fue visible en Marruecos y, en este, en Cabo Verde. Otro hecho memorable fue el liderazgo de Didier Drogba, capitán de la selección de Costa de Marfil, quien contribuyó a crear un clima de unidad en 2005, esencial en la pacificación de su país.

Además de ser un deporte de masas, también es el que juegan más países. La mayoría de las veces se inicia en canchas de barro, potreros o con pelotas de trapo impulsadas por niños pobres. Todos intentan hacerle goles a la miseria. Tal vez por ello el fútbol continúa siendo el deporte de mayor encuentro intercultural. En la actualidad resulta cada vez más visible el mestizaje cultural que caracteriza a muchas selecciones nacionales y confirma que las naciones contemporáneas son, en gran medida, pluriétnicas y pluriculturales fruto de sucesivas olas migratorias. Baste mencionar que veinticinco de los veintiséis jugadores de la selección de Curazao no nacieron en la isla y que, en la selección de la República Democrática del Congo ocurre prácticamente lo mismo. La selección francesa también representa un caso especial: noventa y seis jugadores del Mundial nacieron en Francia, pero por los generalizados fenómenos migratorios podían representar a más de dos países.

A pesar de todo, la ilusión permanece. Cada cuatro años volvemos a esperar el mundial con la misma alegría. Esa es, quizá, la mayor victoria del fútbol: conservar intacta su capacidad de hacernos soñar.

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