12 May 2020 - 5:00 a. m.

¡Gracias, maestros!

Seguramente si la educación colombiana fuera de mayor calidad, muchas cosas cambiarían en las esferas social, económica y política del país. Vemos el impacto de la educación de calidad en sociedades que han incorporado a su cultura el trabajo en equipo, la participación ciudadana, el respeto por la vida, la empatía frente a las necesidades de los otros o que han reivindicado el papel de la ciencia en el desarrollo y la convivencia pacífica. La buena educación modifica el crecimiento económico y el desarrollo humano. Sin duda nos falta mucho, pero nada lograremos sin alcanzar una educación de muy alta calidad para todos, sin exclusiones de ningún tipo. La educación puede impactar de manera muy profunda la vida de una persona, una familia, una nación o una generación completa. Lo sabemos por experiencia propia, por lo que vemos en nuestros hijos, en las regiones y en las sociedades que nos llevan un trecho largo en el desarrollo sostenido. Pero nada de eso se puede lograr sin contar con excelentes maestros. Todos los hemos tenido y una sociedad que quiera proyectarse, tendrá que aprender de aquellos que cambiaron de manera significativa nuestras maneras de pensar, sentir y actuar. La pregunta clave es ¿qué hicieron ellos para lograrlo? ¿por qué sentimos que nos transformaron?

En mi caso, estoy siempre en deuda con cuatro maestros y hoy, en su día, quiero expresarles mi infinita gratitud. Este es mi pequeño gesto de agradecimiento para cada uno de ellos.

Guillermo Quiroga era el profesor de Ciencias Sociales en el Gimnasio Moderno en los años setenta y ochenta. Don Guillermo –como le decíamos– me enseñó algo esencial en educación: que los niños deberían ir al colegio a discutir, reelaborar y jugar con las ideas. Que las aulas deberían ser espacios para debatir y tejer argumentos. Extrañamente, ese es un propósito casi abandonado en los colegios de Colombia y América Latina, sustituido por uno muchísimo menos trascedente: el aprendizaje de informaciones fragmentadas y particulares de las ciencias. Desde ese momento entendí que la tarea fundamental de los profesores debería ser distinta de la que hoy se les asigna: desarrollar el pensamiento. Para lograrlo, los fines de la educación deberían transformarse, los contenidos articularse con el contexto y las clases deberían alimentar la esperanza y la rebeldía de los jóvenes. Los buenos docentes enseñan a pensar de manera reflexiva y crítica. ¿Hace lo mismo usted en sus clases? ¿Favorece las ideas, estrategias y soluciones originales?

El problema es que, a nivel pedagógico, la transmisión de informaciones le quita tiempo precioso al desarrollo del pensamiento e impide alcanzar los verdaderos fines de la educación, que consisten en formar ciudadanos que construyan sus propios proyectos de vida. ¡Gracias don Guillermo! La libertad de pensamiento es una conquista de la historia humana y el papel de la educación es desarrollarla. Esa fue la primera lección que aprendí y, con el tiempo, la seguí cultivando leyendo a Kant, Habermas, Vigotsky, Freire y Zuleta.

Manuel Vinent era un anarquista español que llegó a Colombia huyendo de la dictadura que Franco estableció en España. En compañía de Marta Bonilla, fundaron el Liceo Juan Ramón Jiménez. Tenía la semblanza física y espiritual del Quijote y un alma que, tal vez, había vivido en el Renacimiento. De él aprendí que la educación sólo tenía sentido si combinaba la ciencia y el arte; que a la par con las leyes de la física, debíamos trabajar en talleres; y que las excursiones eran, mucho más importantes que el cálculo infinitesimal. Fue mi segunda gran lección. La educación debe garantizar una formación integral, en la que estén presentes las artes, las ciencias y las manualidades. Una vieja ilusión renacentista, tantas veces incumplida en educación.

Una idea similar a la de Manuel había formulado don Agustín Nieto Caballero, años atrás, cuando decía: “Formar, antes que instruir”. También a ella se refirieron Kohlberg y Wallon al incluir el desarrollo moral como finalidad de la educación. La pregunta por el desarrollo de competencias éticas y ciudadanas es connatural a una buena educación, pero ha sido frecuentemente olvidada por enfatizar lo académico. ¡Gracias Manuel! Creo que inspiraste a muchos a pensar que era posible una escuela más integral. Ojalá tus enseñanzas ganen, en el futuro próximo, el espacio que hoy no tienen.

Beethoven Herrera ha sido nombrado, en diversas ocasiones, como el mejor profesor de economía en el país. Tuve la fortuna de ser su alumno en la Nacional. Sus clases siempre tenían un texto previo y quien no lo leía terminaba sin entender y sin participar. Él me enseñó que sin lectura previa no hay educación posible. En sus clases hacíamos mesas redondas y trabajo en grupo. Más novedoso aun, las evaluaciones eran orales y grupales, algo verdaderamente extraño en la universidad de aquel entonces e incluso en la actual. Fue mi tercera lección. La educación debe fortalecer la lectura crítica y el trabajo en equipo. Todavía hoy siguen siendo dos deudas que tenemos con los estudiantes. ¡Gracias Beethoven! El trabajo en equipo es una condición para reconstruir el debilitado tejido social. La lectura crítica es condición sine qua non de una educación de calidad.

 

Hablé múltiples veces en la vida con el maestro Nicolás Buenaventura. Él era, ante todo, un maestro. Un hombre de preguntas hondas, un gestor de debates y un conversador que empoderaba a sus interlocutores. Tejía con enorme cuidado sus analogías para favorecer la comprensión de quienes lo escuchábamos y, al hacerlo, sin saberlo, ilustraba la tesis central de la teoría del aprendizaje significativo, formulada por David Ausubel: sólo es posible aprender, dialogando con los saberes previos. Todas ellas son características esenciales de un buen docente. Su propuesta pedagógica estaba profundamente inspirada en Freire. Esa fue mi cuarta lección: entender que educar era, necesariamente, un acto político, porque implicaba pensar en qué tipo de individuo y de sociedad se está ayudando a construir. La idea de transformar el mundo a través de la educación la adquirí del maestro Nicolás y la enriquecí leyendo a Freire, caminando por la vida y escuchando la canción The Wall, de Pink Floyd.

Necesitamos más maestros como don Guillermo, Manuel, Beethoven y Nicolás. Maestros que entiendan que la educación tiene que ser “inconforme e reflexiva, desde la cuna hasta la tumba”, como decía García Márquez en un texto que, seguramente, ningún ministro de educación ha leído. Necesitamos maestros que se preocupen más por el desarrollo integral y menos por el aprendizaje. Necesitamos más maestros que nos enseñen a trabajar en equipo para intercambiar ideas y a leer adoptando un punto de vista propio. El mejor maestro es aquel que les permite a sus estudiantes posturas diferentes a las que él mismo pudiera adherir. ¿Cómo podremos formar jóvenes que dialoguen y nos ayuden a construir un mejor país, si la escuela sigue centrada en los monólogos de los profesores?

Los buenos docentes no siguen ciegamente los lineamientos formales y fragmentados del Ministerio de Educación. Ellos tienen un propósito más noble y trascendente: la formación integral. En una educación tan rutinaria, fragmentada y mecánica como la actual, la formación integral se nos escapa. Sin embargo, una situación tan excepcional como la cuarentena prolongada puede ser una muy buena oportunidad para repensar los fines y los contenidos en la educación. La escuela no puede parar porque es un derecho, pero tampoco podrá seguir siendo un espacio para escuchar al profesor. Mientras alcanzamos este propósito, sigo agradeciendo la fortuna de haber tenido profesores que dejaron una huella profunda en el alma. ¡Gracias, maestros!

*   Director del Instituto Alberto Merani (@juliandezubiria)

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