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La fiesta de los muertos en Colombia y México

Julián de Zubiría Samper
02 de noviembre de 2021 - 04:00 a. m.

La fiesta de los muertos en Colombia y México evidencia que estamos ante dos historias y dos culturas, pero solo una de ellas valora, agradece y reconoce adecuadamente a sus antepasados.

Cada año en México celebran el Día de los Muertos los dos primeros días del mes de noviembre. Es una fiesta en la que los vivos abren las puertas de sus casas para que vengan a visitarlos los familiares fallecidos.

Primero llegan los niños y tras ellos los familiares cercanos desaparecidos. Los reciben con música y comida. Ponen las canciones que les gustaban, prenden sus cigarros, les sirven su tequila y se ponen a conversar con ellos. En Michoacán, un pueblo entero da vueltas al lago durante toda la noche para velarlos; en los demás lugares los atraen con el copal o una corteza de árbol en forma de incienso, papel picado para decorar su regreso y calaveras de azúcar para recibirlos con dulzura. A los niños les preparan dulces, galletas y juguetes, en tanto a los adultos les ponen el pulque o la exquisita bebida que consumen los chamanes. También les brindan mezcal y los cigarros que solían consumir en vida. Son fiestas aztecas que la tradición popular aguarda para dialogar con sus antepasados.

Los dos días son reservados para hablar con el padre, esposo o abuelo que ya no está entre nosotros, o con el hijo e hija que triste e injustamente no tuvo el tiempo suficiente para gozar la vida. Como ya son almas que no ven ni sienten, se pueden perder en el regreso. Por eso hay que dejarles un camino de cempasúchil o bella flor de los 20 pétalos, para que el aroma guíe su regreso. También repican por turnos las campanas de las iglesias para que cada familia pueda llamar a sus propios muertos. Una vez han terminado de hablar con sus padres y abuelos, se recoge la comida que han dejado y se ofrece a los vecinos y amigos.

Es un bello gesto de gratitud el que hacen los mexicanos con quienes nos han antecedido. De ellos heredamos la tierra, la cultura, la educación y la vida. En contraste, hace poco escuchaba informes en la televisión que dan cuenta del abandono en el que tenemos a nuestros abuelos en Colombia. En promedio, un adulto mayor diariamente es dejado abandonado en el hospital o en la calle. En México, lo que evidencia esta costumbre milenaria, por el contrario, es que hay que agradecerles a quienes nos dieron la vida, y volver a hablar con quienes adelantaron su partida.

Seguramente es por eso que 1.027 de los 2.435 municipios del territorio mexicano, conservan el nombre que les habían asignado sus tatarabuelos. Miles de vocablos náhuatl subsisten en lo que hoy es México. Algunos de estos usos lingüísticos incluyen al mismo Estados Unidos pues alguna vez una parte también fue territorio mexicano. Palabras como papalote, aguacate, tocayo, chapulín, chicle, chocolate o Nicaragua, entre otras, siguen siendo usadas a diario por millones de latinoamericanos.

Son pueblos más sabios los que conocen y valoran su historia. Son culturas agradecidas con su pasado y que se paran en los hombros de los gigantes que les antecedieron para construir a partir de allí. Por eso los recuerdan en sus calles, volcanes, fiestas, tradiciones, pueblos y templos.

Desafortunadamente, en Colombia no tenemos memoria y valoramos muy poco nuestras raíces. Padecemos de un profundo Alzheimer social por no ejercitar durante tiempos prolongados el corazón y la gratitud. Indio es un vocablo que se usa despectivamente para referirse a alguien despreciable y aborigen es sinónimo de inculto, sucio e ignorante. No hay casi ninguna calle, volcán, templo o costumbre que recuerde a nuestros tatarabuelos. Por eso en Colombia se celebra el Halloween y no el Día de los Muertos o la Fiesta Criolla peruana. Por eso en Colombia los hijos casi siempre tienden a pensar que están dos estratos sociales por encima de sus propios padres. Por eso en Colombia se nos olvidan las masacres y los asesinatos de líderes sociales, que, para vergüenza infinita con la historia, se siguen cometiendo en nuestro territorio. ¡Llevamos 81 masacres en 2021 y lo máximo que ha hecho el gobierno actual es disminuir su importancia llamándolas “homicidios colectivos”! Como si al cambiarles de nombre lograran desaparecer el delito de lesa humanidad que se comete todas las semanas, y que nos recuerda que todavía no hemos aprendido a amar la vida.

En México hay miles de corridos, calles, estatuas, imágenes y cientos de museos en honor de Pancho Villa y Emiliano Zapata, para rendir tributo a quienes se levantaron en armas pidiendo tierra, educación y libertad, cuando un presidente cambió la Constitución intentando reelegirse indefinidamente y cuando un país vecino quiso invadir su territorio. Por el contrario, en Colombia deseamos que nos invadan y llegamos incluso a creer que así se resolverían nuestros males. Así mismo, rendimos homenaje a indígenas como la India Catalina, quien apodada “la pacificadora”, delató ante los españoles la ubicación de los indios Calamarí, y ellos terminarían siendo aniquilados por completo por los invasores. Para tristeza de todos, esta indígena es hoy un emblema nacional y se premian los programas de televisión más destacados en su nombre.

Tener raíces, reconocerlas y valorarlas, es esencial en la vida para crecer y desarrollarnos. Eso lo saben todos los árboles y los seres humanos que lo han olvidado perecieron o en el mejor de los casos han perdido la cordura. A nosotros se nos han ido olvidando nuestros orígenes. Tener raíces es condición para reconocernos como grupo y como nación. Las raíces nos dan identidad, algo que en un país no debería estar basado en un equipo de fútbol o un partido político, sino en la historia y la cultura compartida a lo largo de miles de años, años que nos permiten pensar que marcharemos y construiremos juntos el mañana en cada nueva primavera.

Somos lo que somos gracias a los padres y abuelos que nos formaron. Por eso nos pareceremos a ellos cada día más. Con sus virtudes y defectos, con sus temores y principios, con sus alegrías, angustias y sueños. La mariposa monarca vuela cada octubre desde Canadá hasta México. En su vuelo forma un manto naranja y negro que cubre el horizonte de manera completa. Es como si el cielo se pusiera una ruana naranja, negra y blanca. En cada mariposa se sube un guerrero azteca ya fallecido y, al hacerlo, vuelve a la Tierra para embellecer la vida. Montado en la mariposa, cada guerrero recorre los 4.000 kilómetros de distancia que hay entre el norte de Canadá y Michoacán. Ese vuelo se realiza días antes del mes de noviembre para pregonar la llegada del Día de los Muertos. Los aztecas llaman Quetzapapaloth a estas mariposas y es el mismo nombre que heredaron las cometas que elevaron sus antepasados.

Silvio Rodríguez rememora a las mariposas monarca cuando canta:

Así, eras tú en aquella tarde, divertida. / Así eras tú de furibunda compañera, / Eras como esos días en que eres la vida / Y todo lo que tocas se hace primavera. / ¡Ay mariposa! Tú eres el alma / de los guerreros que aman y cantan / y eres el nuevo ser que hoy se asoma / por mi garganta.

La fiesta de los muertos en Colombia y México nos evidencia que estamos ante dos culturas, pero solo una de ellas valora y reconoce adecuadamente su pasado. En gratitud, reconocimiento de nuestros antepasados y recuperación de la historia, es mucho lo que tenemos que aprender de los aztecas a quienes hoy llamamos mexicanos.

PD. La Corte Penal Internacional da un espaldarazo a los Acuerdos de Paz. Gracias a lo avanzado en verdad y justicia, la Corte cierra el proceso que tenía sobre Colombia y le exige a Duque un compromiso serio con la paz. Es claro que el partido de gobierno ha hecho todo lo posible por bloquear la JEP y, por eso, muchos temen que sea una decisión precipitada. En 2022 necesitamos un gobierno mucho más comprometido con la paz, la vida y la educación.

* Director del Instituto Alberto Merani (@juliandezubiria).

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luis(89686)03 de noviembre de 2021 - 02:44 a. m.
"En 2022 necesitamos un gobierno mucho más comprometido con la paz, la vida y la educación". Excelente remate de posdata profesor.
Alberto(3788)03 de noviembre de 2021 - 12:23 a. m.
Muy buena.
Angelita(gcg38)02 de noviembre de 2021 - 11:20 p. m.
El señor de Zubiría es un gran columnista y ojo con el 2022. Hay que poner el hombro, más cuando se avecina el cambio anhelado
Ernesto(8914)02 de noviembre de 2021 - 11:08 p. m.
Gracias por el mensaje y la critica justa de este pais tan vanal y tan mediocre y tan cruel cuando se trata de honrar a los mayores.
Celyceron(11609)02 de noviembre de 2021 - 08:15 p. m.
Excelente columna, señor De Zubiría. Es lamentable lo que menciona acerca de nuestro olvido por los que nos precedieron. Son pocos los pueblos que aún conservan la costumbre de honrar a sus muertes. Entre ellos están los Wayuu, un pueblo que se resiste a desaparecer ante la avasallante violencia de los que quieren apropiarse de sus territorio. Con respecto a la india Catalina, podemos afirmar que
  • Celyceron(11609)02 de noviembre de 2021 - 08:16 p. m.
    aquí también tenemos a nuestra Malinche.
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