En esta columna analizaré los motivos que nos permiten concluir que estamos ante la generalización de las familias ansiosas. Ya no son solo los niños y jóvenes, ahora es toda la familia. El problema grave es que los padres ansiosos forman hijos más inseguros y frágiles.
En 2024, el psicólogo social Jonathan Haidt publicó La generación ansiosa, un extraordinario libro para analizar los motivos que habían llevado a un incremento significativo en la ansiedad de los jóvenes. Dediqué una columna a analizarlo. La tesis central era que su ansiedad estaba aumentando debido a la sobreprotección que habían recibido de sus padres en el mundo real y la infraprotección en el virtual. Los padres no les permitían a sus hijos salir al parque o la calle, pero los dejaban hacer lo que quisieran con pantallas, videojuegos, plataformas y redes. El punto de inflexión lo ubicaba en 2010, cuando los celulares se convirtieron en smartphones al incorporar la cámara fotográfica y la conexión a internet. En la presente columna analizaré los motivos que nos permiten concluir que hoy el fenómeno no puede verse como exclusivo de los jóvenes: estamos ante la generalización de las familias ansiosas.
El libro de Haidt se refiere a los jóvenes nacidos después de 1995; es decir, a personas que actualmente tienen hasta 31 años. Además, su seguimiento le permitió concluir que la generación inmediatamente anterior también estaba viviendo un incremento significativo en sus niveles de ansiedad. Según sus investigaciones, en 2020, la población que actualmente tiene entre 32 y 40 años reportaba un incremento del 62 % en el nivel de ansiedad frente al reportado para el mismo rango de edad una década antes. Algo similar podríamos decir respecto a la depresión y la soledad.
Resulta que los padres de los niños y preadolescentes actuales tienen, en promedio, entre 31 y 40 años. Es a ellos a quienes nos referimos. ¿Cuáles son las causas de que hoy podamos hablar de una generación de padres ansiosos?
Primero. Los padres actuales son adultos que también se vincularon a las dinámicas de las redes, las bases de datos, la inteligencia artificial y las plataformas. Como los adolescentes, consumen diariamente miles de videos, textos cortos, datos, noticias y mensajes en múltiples plataformas. Algunos trabajan virtualmente y la gran mayoría utiliza redes para compras, viajes, vínculos y desplazamiento. Sustituyeron los hoteles por los Airbnb, al tiempo que mercados y compras, por lo general, los realizan en línea. Frente a los menores, tienen la gran ventaja de que aprendieron a leer en papel y a escribir a mano. Aun así, también se volvieron adictos a las redes por la agilidad, rapidez e inmediatez que brindan. Su atención también fue robada por el mundo virtual. De allí que no sueltan el celular en ningún momento. Por eso todos los efectos negativos de las redes los afectan —aunque en menor proporción—: adicción, ansiedad y menor atención, entre otros.
Segundo. Las noticias actuales están significativamente sesgadas porque resaltan tragedias, problemas, desastres y calamidades. Eso es relativamente nuevo en la prensa mundial. En los años setenta, unos muy pocos periódicos se podían considerar “amarillistas”, como El Vespertino o El Espacio. Hoy el amarillismo es dominante en la gran mayoría de los medios de comunicación. Las noticias positivas prácticamente han desaparecido. En mayor medida, en las redes sociales. Este tema lo ha estudiado a profundidad Naciones Unidas en su informe titulado Tiempos inciertos, vidas inestables. La conclusión es impactante: la mayor parte de las noticias negativas divulgadas por los medios durante el último siglo está concentrada en los últimos veinte años. Casi todas las noticias son negativas. De allí que la gente se sienta insegura de manera generalizada. Si solo leen noticias de secuestros, violaciones, asaltos o tragedias, comienzan a pensar que salir de la casa es peligroso. Contrario a lo que se cree, esta experiencia no es exclusiva de Colombia o de países de desarrollo humano bajo y medio. Actualmente, así vive un porcentaje muy grande de la gente en el mundo. Según el informe recién citado de las Naciones Unidas, para 2021, el 85 % de los habitantes de la Tierra se sentían moderadamente o muy inseguros. El exceso de noticias negativas inevitablemente produce ansiedad.
Tercero. Como afirma Umberto Eco, las redes no informan, excitan; no explican, simplifican. Al respecto, múltiples estudios ratifican que la desinformación sigue siendo una gran amenaza para la integridad democrática, la seguridad nacional, la salud pública, la polarización y el tejido social. Así lo han analizado autores como Byung-Chul Han, Shoshana Zuboff o Yuval Harari, entre otros. Las noticias negativas se propagan mucho más rápidamente y generan indignación, ira y sed de venganza. Los estudios que lo sustentan ya aparecen en las más importantes revistas de ciencia en el mundo.
Cuarto. Como demuestra Anna Lembke, profesora de psiquiatría de Stanford y experta en adicciones, múltiples actos cotidianos están elevando los niveles de ansiedad de los adultos porque entrenan al cerebro para escapar de cualquier incomodidad mediante estímulos rápidos, intensos y disponibles todo el tiempo. Ella resume el problema en la paradoja de una sociedad que al perseguir placer constante termina produciendo más dolor psíquico. Múltiples situaciones cotidianas generan adicción: ver el celular constantemente, tener baja tolerancia al aburrimiento, confundir descanso con anestesia, vivir en sobreestimulación permanente, entre otras. Su recomendación es muy clara: “todo el mundo debería hacer un ayuno frecuente de dopamina”. Tenemos que desintoxicarnos de dopamina. La tesis de Marian Rojas Estapé es similar, aunque su postura es más divulgativa, en tanto Lembke la formula desde el estudio de las adicciones.
Los padres ansiosos les prohíben el juego libre a sus hijos y tienden a encerrarlos en las casas para que no se expongan a los “riesgos” que creen ver a toda hora y en todo lugar: la calle, el barrio, los parques y los colegios. Como afirma la psicóloga española María Soto: “La llamada generación de cristal es consecuencia de un estilo de crianza basado en el miedo”. Es tan elevada la ansiedad de los padres que no dejan vivir a sus hijos. Equivocadamente se les llamó padres sobreprotectores. Sin embargo, no es que protejan en exceso. Lo que sucede es que invaden la vida de sus hijos, los sustituyen. Es una nueva forma de maltrato.
Es un momento oportuno para recordar la tesis del escritor Michael Levine: “Tener hijos no lo convierte a uno en padre, del mismo modo que tener un piano no lo vuelve a uno pianista”. Hay que aprender a ser buenos padres y el mejor lugar para hacerlo es la escuela. Con urgencia, el país tiene que fortalecer las escuelas de padres, de manera que formemos familias más democráticas y padres menos ansiosos. Necesitamos hijos más sanos social y emocionalmente. Eso solo es posible si sus padres viven con menos ansiedad y les brindan espacios de formación más democráticos, diversos y libres.