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La lectura y el pensamiento profundo se encuentran en un momento crítico

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Julián de Zubiría Samper
05 de mayo de 2026 - 04:08 p. m.
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El consumo de textos y videos cortos, fragmentados y superficiales está amenazando la lectura compleja y profunda. Es el momento de volver a la pregunta de Nabokov: ¿y si un día despertáramos y viéramos que somos absolutamente incapaces de leer?

Es tan frecuente que leamos avisos, textos y mensajes que llegamos a pensar que la lectura es natural en los seres humanos. Eso no es cierto. La lectura es un proceso histórico y cultural. Gracias a la plasticidad cerebral, neuronas dedicadas a la memoria de rostros fueron adaptadas para la lectura de textos. Esto sucedió hace 5.400 años con los sumerios y, casi simultáneamente, con los jeroglíficos egipcios. Los humanos inventamos la escritura y, al hacerlo, cambiamos nuestro cerebro. Para lograr leer fue necesario realizar un proceso de reciclaje neuronal.

Estudios neurocientíficos permiten verificar que en el proceso lector se activan diversas áreas del cerebro. Hoy sabemos eso gracias a sofisticados sistemas de resonancia magnética que registran la actividad neuronal. Como demuestra Stanislas Dehaene, neurocientífico y asesor del Ministerio de Educación de Francia, en su texto El cerebro lector, esto implica que personas alfabetas activan zonas diferentes del cerebro cuando observan palabras escritas. Así mismo, y tal como se ha podido investigar en pacientes con accidentes cerebrovasculares, si la lectura se realiza en idioma chino y no, por ejemplo, en inglés, se activan áreas diferentes porque el idioma chino está asociado parcialmente a representaciones logográficas.

La lectura es hija de la magia porque nos permite convertir signos arbitrarios en ideas, emociones, novelas, cartas de amor, teorías y ensayos. De manera asombrosa, nos permite dialogar con Platón, Newton, García Márquez o Piaget, escribir a amigos que no vemos desde la infancia, expresar emociones intensas, aprender nuevas lenguas y cambiar nuestras estructuras mentales. Como decía Francisco de Quevedo: “Vivo en conversación con los difuntos y escucho con mis ojos a los muertos”.

Como se deriva de la teoría histórico-cultural, un niño que ha aprendido a leer bien nunca volverá a ser el mismo niño. Eso pasa porque la lectura profunda y comprensiva cambiará su autonomía, sus aprendizajes y su pensamiento. En buena parte, somos lo que hemos leído previamente, porque la lectura tiene una capacidad transformadora poco vista en otras actividades humanas.

Para empezar, la lectura beneficia la empatía. Al leer favorecemos la descentración y nos vinculamos emocional y racionalmente con otros. Nos sumergimos en sus historias y nos convertimos en los personajes creados por los autores. Sentimos, pensamos y vivimos como otros sienten, piensan y viven. Nos enriquecemos con sus historias e ideas. Sufrimos y nos alegramos leyendo estas historias inventadas por otros. Por eso la lectura nos ayuda a relativizar y nos permite entender que tenemos múltiples percepciones, miradas y sentimientos. Además, una buena lectura nos permite captar el contexto histórico y sociocultural que está implícito en un texto. Incluso el papel promueve nuestro pensamiento espacial, en tanto el texto impreso favorece la comprensión, la relectura y la memoria.

La gran mayoría de las cosas que pensamos no son ideas nuestras, sino que provienen de los libros y artículos que hemos leído. La lectura nos sensibiliza y enriquece conceptualmente. Si alguien piensa claro y de manera muy independiente, argumentada y crítica, sin duda es porque ha leído mucho. Estanislao Zuleta puede ser un buen ejemplo.

Ya Alexander Luria había demostrado que la palabra no solo reemplaza el objeto, sino que también introduce el lenguaje en un sistema complejo de “enlaces y relaciones”. Genera evocaciones propias a partir de su campo semántico. De esta manera la palabra “perro” evoca otras como animal doméstico, ladrar, canino, mascota o, por oposición, lobo, gato y zorro. Esto podría tener enormes repercusiones educativas si en la escuela enseñáramos a pensar y usáramos estrategias pedagógicas para fortalecer la lectura comprensiva y el pensamiento conceptual, hipotético y argumentativo. Desafortunadamente, la escuela sigue siendo poco dialogante y demasiado informativa, normativa y rutinaria. Por eso no cambia nuestras maneras de pensar, leer o escribir.

La persona que lee muy poco tiende a sobrevalorar sus ideas y sentimientos. Eso pasa porque depende en exceso de sí misma para aprender. Aprende de su propia experiencia, que es muy singular y limitada, lo cual resulta en un aprendizaje lento, empírico y lleno de prejuicios. Sus ideas son más fijas y superficiales. Un buen ejemplo sería Donald Trump. Como expresó Woody Allen: “Hice un curso de lectura rápida y pude leer La guerra y la paz en veinte minutos. Tiene algo que ver con Rusia”.

El que lee muy bien, por el contrario, tiene la ventaja de aprender de los grandes configuradores de la historia humana. Sus maestros son los grandes científicos, artistas, pensadores, novelistas, historiadores y ensayistas de la historia. Como dice Mario Mendoza, “la persona que no lee cree que lo suyo es muy importante: sus opiniones son muy importantes, su vida es muy importante, sus dolores son muy importantes, su sufrimiento es muy importante. Por el contrario, la persona que lee relativiza”. De allí que la lectura sea tan esencial para fortalecer el pensamiento, la ciencia, la democracia, la diversidad y el debate de las ideas.

El problema complejo se presenta cuando concluimos que han cambiado por completo las formas y niveles de lectura. Hoy los jóvenes leen casi exclusivamente en dispositivos electrónicos y ven a diario miles de videos cortos en lugar de acercarse a textos densos. Cada vez es menos frecuente la lectura de textos largos y complejos y es más común la visualización de contenidos superficiales. Este crucial cambio también está transformando nuestros cerebros y la conexión entre las neuronas. Estamos ante un segundo proceso de reciclaje cerebral. Los estudios neurocientíficos lo ratifican.

Primero. Caen los niveles de lectura. Cada vez es menor el grupo de adolescentes que lee casi todos los días y mayor el grupo que nunca lee. En 1985, el 35 % de los jóvenes estadounidenses leía casi todos los días, en tanto hoy solo lo hace el 13 %. Hoy la mitad no lee casi nunca, en tanto en 1985 este grupo era del 14 %. Así mismo, los pocos textos que leen son cortos en ideas, complejidad y vocabulario. Un ensayo publicado en The Economist la semana anterior confirma que este es un problema generalizado en todas las edades y regiones. En sus términos: “Múltiples estudios en múltiples lugares evidencian que la lectura está disminuyendo para todos, en todas partes”.

Segundo. Caen los niveles de comprensión lectora de los jóvenes en el mundo. Eso pasa porque la lectura en pantallas está expuesta a múltiples distractores generados por los algoritmos, la multimedia y las notificaciones. En jóvenes con baja atención, baja autonomía y múltiples distractores, se debilitan la lectura y el aprendizaje. Según PISA, en 2022, en los países de la OCDE los niveles de comprensión lectora de los jóvenes cayeron un 10 % frente a los resultados alcanzados en 2015. Algo similar sucede con las competencias en ciencias y en matemáticas.

Tercero. Según estudios de la Universidad de Stanford reseñados por Maryanne Wolf en su texto Lector vuelve a casa, los niveles de empatía de los jóvenes estadounidenses han caído un 40 % en las últimas dos décadas. Eso pasa porque el texto ayuda a descentrar, en tanto las pantallas refuerzan el individualismo y, al hacerlo, debilitan el nosotros.

Cuarto. Según estudios de la psiquiatra Marian Rojas, el acceso a pantallas desde edades tempranas ha generado un importante deterioro del lóbulo prefrontal, que regula la atención y el criterio, debilitando así la tolerancia a la frustración y elevando la ansiedad, las comparaciones constantes y las conductas autolesivas como resultado del deterioro del autoconcepto. Desde pequeños, niños y adolescentes acostumbran su cerebro a responder exclusivamente ante la exposición a fenómenos que incluyan luz, sonido y movimiento. Para ella, “un cerebro hiperestimulado se convierte en un cerebro incapaz de resolver tareas complejas. Solo busca lo superficial, lo que genera emoción, solo busca lo sencillo y huye de lo profundo”.

La conclusión es muy clara: el acceso temprano a pantallas y smartphones está acercando a los jóvenes adictivamente al scroll infinito de videos cortos y los aleja de los textos largos y complejos. Hoy por hoy, la lectura y el pensamiento profundo en los jóvenes están amenazados. En consecuencia, estamos ante una generación menos autónoma y mucho más fácil de manipular emocionalmente. Ojalá el Estado, las familias y las escuelas tomemos los correctivos a tiempo, porque los daños generados ya parecen ser bastante estructurales. Tal como tituló Mary Harrington, columnista invitada en el New York Times: pensar se está convirtiendo en un lujo.

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antonio bonilla(7747)Hace 1 hora
Alguien dijo: Si lees poco eres como muchos, si lees mucho eres como pocos.
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