El Proyecto Global Mind hace seguimiento a la salud mental de la población en 84 países del mundo. El Informe de 2025 concluye que los jóvenes están luchando para sobrevivir emocionalmente y que la salud mental es menor en la población de Estados Unidos y Europa.
En el mundo, el 41 % de los jóvenes entre 18 y 24 años se encuentra en una situación de angustia extrema. Muchos manifiestan serias dificultades para transitar de manera adecuada por situaciones de estrés, realizar un trabajo de forma tranquila, convivir sanamente con los otros o sortear asertivamente los desafíos que les presenta la vida. Eso es lo que acaba de concluir un estudio mundial sobre salud mental publicado la última semana de febrero.
En el informe anual del Proyecto Global Mind participaron un millón de personas de 84 países y con 25 idiomas diferentes. El estudio se realiza con el fin de hacer seguimiento a la salud mental y el bienestar en el mundo.
La conclusión más importante es que los jóvenes están en una situación emocional significativamente peor que la que viven sus padres y abuelos. Sienten más angustia, ansiedad y depresión y tienen serios problemas de resiliencia y necesidad de logro. La población que aparece mejor evaluada es la de mayores de 65 años, con un índice promedio de 110, le sigue la población de 55 a 64 años con un puntaje de 100. En contraste, la población entre 18 y 24 años apenas alcanza un puntaje de 30, casi cuatro veces inferior al resultado obtenido por los adultos mayores evaluados. La mayoría de los jóvenes están luchando por sobrevivir emocionalmente.
La segunda conclusión también es muy impactante: los jóvenes con más dificultades son los de Estados Unidos y Europa, mientras quienes tienen mejor salud mental son los de los países africanos. Para explicar esta situación, aparentemente paradójica, el estudio destaca tres variables asociadas: el apoyo de la familia, la espiritualidad y el acceso a dispositivos electrónicos. En los tres criterios los países africanos están bastante mejor que EE. UU. y Europa. En África, las familias están más cohesionadas, la población vive en un contexto más espiritual y los jóvenes acceden a pantallas, en promedio, al cumplir la mayoría de edad. Entre más temprano acceden los niños a pantallas, peor es su salud mental en la adolescencia. El daño de la sociedad de consumo a la salud mental de los jóvenes es gigantesco.
Estas dos conclusiones nos deben llevar a repensar las verdaderas prioridades de la vida. También es buen momento para recordar a uno de los pensadores más importantes de América Latina, Pepe Mujica, quien decía: “Cuando compras algo, no lo compras con dinero, lo compras con el tiempo de tu vida que tuviste que gastar para tener ese dinero. La libertad es tener tiempo para vivir”.
Los resultados del estudio los confirman múltiples investigaciones previas. En 2024, Jonathan Haidt concluyó que “La sobreprotección en el mundo real y la infraprotección en el virtual son las principales razones por las cuales los niños nacidos a partir de 1995 se convirtieron en la generación ansiosa”. En Estados Unidos, el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) manifestó que una de cada tres adolescentes tenía ideación suicida. Así mismo, la prestigiosa Revista Nature publicó un estudio que evidencia que, en 2023, el 45% de los estudiantes universitarios manifestaba depresión alta, el 40% ansiedad y el 30% afirmaba haberse autolesionado, cifras nunca antes vistas en la historia humana.
Históricamente la juventud ha sido el periodo ideal para la construcción de amistades, sueños, esperanzas y proyectos. Solía estar asociada a las crisis de autoridad e identidad propias de la adolescencia, pero también a la alegría, la rebeldía y la conformación de grupos sociales diversos. Sin duda, estamos ante nuevos factores históricos y culturales que están llevando a los jóvenes a vivir con más tristeza, depresión y soledad.
La situación emocional de los jóvenes venía mostrando síntomas preocupantes desde hace una década, pero en pandemia la situación alcanzó niveles críticos de los cuales todavía no hemos logrado recuperarnos. Lo grave es que todo indica que nos demoraremos décadas en hacerlo, ya que estamos ante factores estructurales ligados a la cultura, la sociedad, la familia y la escuela.
En Colombia, el problema a nivel educativo es que, según el Laboratorio de Economía de la Educación (LEE) de la Javeriana, dos de cada tres colegios no tienen las condiciones para atender la salud mental de sus estudiantes.
La familia, el Estado, los jóvenes y las escuelas tendremos que movilizarnos de manera conjunta para revertir una tendencia que ha deteriorado los vínculos y la tranquilidad de los jóvenes en el mundo.
Algunos países comenzaron a restringir las pantallas en la niñez y a prohibir el acceso a las redes para menores de 16 años. Eso es muy positivo, pero insuficiente. En este contexto, es muy pertinente que, en los últimos dos años, el Congreso de Colombia haya expedido tres leyes para promover la educación emocional de niños y adolescentes: la 2383 de 2024 y las 2491 y 2503 de 2025. Son leyes orientadas a promover “la educación socioemocional de los niños, niñas y adolescentes en las instituciones educativas de preescolar, primaria, básica y media en Colombia”. Aunque reproducen el craso error de la escuela tradicional de creer que asignaturas fragmentadas van a resolver mágicamente los problemas, en términos generales es positivo que los maestros y las escuelas pensemos en el bienestar y el cuidado emocional de niñas, niños y jóvenes.
A pesar de estos avances, en muy pocos países del mundo se están enfrentando dos de los factores que más han deteriorado la salud mental de los jóvenes: las empresas que venden humo haciendo creer a la población que entre más bienes consuma alcanzará más felicidad y unas familias muy pequeñas y cerradas que valoran mucho la seguridad, los viajes y el inglés, pero que descuidan el bienestar emocional, los vínculos y la alegría de sus hijos. Cada vez es más frecuente que, en las separaciones, los padres involucren muy irresponsablemente a sus hijos y prioricen el interés particular de cada padre en detrimento de la estabilidad emocional de los menores.
En la sociedad de consumo, es mentira que los derechos de los niños prevalezcan sobre todos los demás. Los derechos que prevalecen son los de las empresas y los vendedores de mercancías, juegos, comida chatarra y adicciones. Ellos venden humo y engañan a la sociedad, las familias y los jóvenes con la fórmula mágica de la felicidad. Son los alquimistas modernos.
Como sociedad tenemos el deber de enseñarles a los padres que el cuidado emocional de los hijos es tan importante como el alimento y que, si no les brindan actividades conjuntas, diálogos, apoyo, buen autoconcepto, educación de calidad y resiliencia, a futuro los jóvenes seguirán teniendo elevados niveles de ansiedad, depresión y soledad. La educación es un derecho de los hijos, como también lo es recibir cuidado emocional.
Es cierto que los smartphones deterioran la atención y producen angustia y adicción en los jóvenes, pero no podemos nunca olvidar que la sobreprotección no consiste en una protección excesiva, sino que es la forma que adopta hoy en día el maltrato de los padres a los hijos. Detrás de un joven con angustia y tristeza siempre hay un padre o una madre ansiosos que no saben cómo conectar emocionalmente con su hijo, que dialogan poco con ella o él y que creen que lo académico es lo importante, cuando todos sabemos que somos seres más emocionales que racionales, que sin emociones sanas no hay aprendizaje y que nuestros hijos no aprenden de lo que les decimos, sino del ejemplo que les damos.
Posdata: Como educador no me corresponde recomendar ningún candidato para las próximas elecciones en Colombia. Aun así, en 2018 propuse una consigna que hoy sigue siendo muy pertinente: “Si tu candidato no sabe cambiar la educación, cambia de candidato”. No es solo una consigna. En realidad, mejorar la educación es la tarea más importante que debe llevar a cabo una sociedad que quiera ser sostenible y garantizar el desarrollo integral de sus habitantes en el mediano y largo plazo. A propósito, ¿sabe tu candidato cómo cambiar la educación?
*Julián de Zubiría Samper es director del Instituto Alberto Merani (@juliandezubiria).