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¿La virtualidad llegó para quedarse?

Julián de Zubiría Samper

02 de noviembre de 2020 - 10:00 p. m.

La presencialidad en educación es insustituible. Eso sucede porque la educación tiene que ver fundamentalmente con la convivencia y la comunicación en todas sus dimensiones: social, emocional, física y académica. Las aulas y los descansos son espacios para el diálogo, la reflexión, el juego y la interacción. El debate de un grupo de estudiantes en una clase, una mesa redonda de preadolescentes, un partido de fútbol entre niños o la preparación de una obra de teatro entre jóvenes, constituyen el día a día en un colegio. La virtualidad no logra reemplazar ninguno de los anteriores procesos. Por eso, hay que ser muy claros: lo que más extrañan los niños y jóvenes son los consejos de sus docentes y las actividades artísticas, socioemocionales y deportivas, que llevan a cabo con sus compañeros, profesores y personal de apoyo.

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Sin embargo, las ventajas de la virtualidad en la educación de los jóvenes también han aflorado con fuerza en estos tiempos. Me referiré a cuatro de ellas. Tanto es así, que la decisión de todos los colegios privados que pudimos trabajar sin dificultad a nivel virtual, es que una vez superemos la pandemia y retornemos a la presencialidad, seguiremos utilizando, de manera simultánea, las plataformas digitales; en particular, con los jóvenes de bachillerato.

Primero. La virtualidad permite la mediación asincrónica, lo que permitirá a los estudiantes aprender sin que estén presentes sus docentes en tiempo real. De esta manera, los estudiantes podrán interactuar con clases grabadas, documentos, audios y la retroalimentación del profesor a sus preguntas y las de sus compañeros. Esto es algo novedoso en la educación. Un estudiante que esté enfermo, que tenga comorbilidades que no pueda asistir presencialmente por la amenaza de contagios o que quiera profundizar o nivelarse, entre otros, encuentra una inigualable oportunidad en las plataformas digitales. Los docentes pueden grabar sus clases y las observaciones que les realizan a los estudiantes usando el discurso oral, textos escritos o videos. Lo excepcional de la virtualidad es permitirles a todos los estudiantes tener acceso a este conjunto de materiales, en lenguajes y tiempos diversos.

Segundo. Hoy en día los seres humanos tenemos en las redes acceso a una buena parte de la información acumulada a lo largo de la historia humana. No solo textos, también música, museos, bibliotecas, películas, documentales, narraciones y lugares históricos, culturales y geográficos. En buena parte, la historia humana está condensada en la red. También podemos trabajar, comunicarnos con el mundo entero, intercambiar productos y servicios, participar en la vida política, planificar viajes y ejercer el derecho a la recreación y educación. Las posibilidades de las redes son crecientes y casi ilimitadas. Lo que necesitamos son jóvenes con las competencias de pensamiento y lectura necesarias para acceder a ellas y para interpretar toda la información disponible.

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Tercero. Contribuye a transformar la evaluación. Actualmente la evaluación es uno de los aspectos más rutinarios del proceso educativo y ha sido usada por parte de los docentes como un instrumento para certificar aprendizajes y ejercer control sobre un grupo de estudiantes. En este sentido, se ha olvidado su función más importante: ayudar a formar mejores seres humanos. Dado que en la virtualidad no tendría sentido realizar preguntas informativas, memorísticas y fragmentarias, porque los niños y jóvenes tendrían acceso a sus respuestas sin ninguna limitación, la virtualidad obliga a los docentes a repensar sus rutinarios procesos de evaluación. La virtualidad les ayudará a pasar a evaluaciones más formativas e integrales de sus estudiantes.

Cuarto. Favorece la flexibilidad y la innovación. Las plataformas virtuales permiten a los profesores dividir los cursos en subgrupos, llevar a cabo complejos trabajos colaborativos entre estudiantes, activar los chats, realizar comunicaciones distantes en tiempo real, hacer sondeos con resultados que se podrían tabular y compartir de manera inmediata. De la pandemia saldrán fortalecidas las instituciones, ciudades, países y personas que estén en capacidad de responder de manera más flexible a los problemas, dilemas y retos. Las redes brindan todas las posibilidades para aumentar la flexibilidad de las personas e instituciones. Nos ayudarán a volver a las preguntas fundamentales y a repensar nuestras propias prácticas y el sentido de la educación.

Para acceder a las redes necesitamos conectividad, dispositivos y velocidades adecuadas. Quienes poseen estas condiciones, tienen una notoria ventaja para su desarrollo. Desafortunadamente, en un país tan desigual como Colombia, el factor socioeconómico termina siendo un elemento excluyente de los derechos. De esta manera y según el DANE (2018), en los estratos 4, 5 y 6, la conectividad es casi universal, en tanto solo el 16% de las familias de estrato 1 y el 47% de las de estrato 2, tienen acceso a las redes.

En Colombia las brechas entre los colegios privados y públicos rurales, para el 2000, en el campo de la lectura, le otorgaban un año de ventaja a los primeros. Para el 2009, habían llegado a dos años y para el año 2018 ya alcanzaban los tres años. Esto quiere decir que, aunque ambos jóvenes cursaban grado noveno, el nivel de dominio de las competencias comunicativas de los estudiantes rurales estaba tres años atrasado. Los jóvenes rurales leían como si estuvieran en sexto grado, aunque en realidad estaban cursando noveno. Lo más triste es que las brechas podrían seguir aumentando si no garantizamos acceso a internet para los estratos más desfavorecidos.

Al iniciar la cuarentena, el 38% de los estudiantes universitarios no tenían acceso a las redes. Gracias a un gran esfuerzo de las universidades y las familias, la conectividad mejoró de manera importante en estos últimos meses. Sin embargo, todavía el 12% de los universitarios sigue careciendo de conectividad. El efecto perverso es la deserción, en mayor medida si tenemos en cuenta que el 72% de quienes desertaron de las universidades colombianas en 2019, hacían parte del estrato 1 o 2, tal como será divulgado en un próximo libro de Forero, Saavedra y Fernández.

La situación de los estudiantes de los colegios oficiales ha sido especialmente dramática durante los meses anteriores. En marzo de 2020, el 66% de ellos no tenía acceso a la red. Los maestros hicieron todos los esfuerzos posibles y les imprimieron guías, los llamaron por celular, les enviaron correos, les pagaron tarjetas para conectarse o se comunicaron con ellos por WhatsApp. Sin embargo, eso no es lo mismo que una mediación integral y de calidad ¡A estos niños sin conectividad, se les está violando el derecho a la educación en el país!

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Por esta razón, apoyo el proyecto de ley presentado por parlamentarios de diversas corrientes políticas en la Comisión sexta de la Cámara: María José Pizarro (Decentes), Leon Fredy Muñoz (Partido Verde) y Oswaldo Arcos (Cambio Radical). En la sesión llevada a cabo en la Cámara el día 30 de octubre, insistí en la necesidad de garantizar la conectividad para los profesores y los estudiantes de bachillerato y universitarios pertenecientes a los estratos 1 y 2. El proyecto busca garantizar #InternetVital para que la educación no siga aumentando las brechas. Esa, que es la función más importante de la educación en las democracias, todavía en Colombia no se ha podido cumplir. Este proyecto va en la dirección correcta al garantizar derechos mientras dura la pandemia y después de ella. Uruguay lo hizo en 2007, Argentina en agosto de 2020 y Colombia, ¿cuándo brindará acceso a internet a su población más desfavorecida, para garantizar el derecho y asegurar una educación de calidad que eleve la movilidad social?

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* Director del Instituto Alberto Merani (@juliandezubiria).

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