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¿Qué lecciones nos dejan los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 frente a la pandemia, el calentamiento global, el juego limpio y la convivencia humana?
Los Juegos Olímpicos modernos reiniciaron en 1896 en Grecia y, desde entonces, de manera ininterrumpida se han celebrado cada cuatro años. Únicamente en dos ocasiones han sido suspendidos: durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial. En 2020 fueron aplazados por la pandemia. Como si se tratara de una paradoja temporal, Tokio 2020 se lleva a cabo en 2021.
Los Juegos son emblema de esfuerzo, dedicación, resiliencia, tenacidad, trabajo en equipo, entrenamiento extenuante, la incorporación de la ciencia al deporte y el juego limpio, entre otros. Aunque son diversas y quizá incuantificables las lecciones de los Juegos que están por culminar, quisiera destacar seis de ellas.
Primera. La vida debe continuar.
Son los primeros juegos que celebramos en medio de la pandemia, sin público y con uso generalizado de la mascarilla en la mayoría de momentos. Algunos deportistas incluso las utilizan mientras compiten. Participaron 11.711 atletas en representación de 204 países. Se autoexcluyó Corea del Norte y fue excluida Rusia, al menos como país, en un hecho histórico muy positivo para el juego limpio.
La lección es muy clara: pese a lo difícil que ha sido la pandemia para todos, la vida tiene que continuar. Tenemos que acostumbrarnos a convivir con el virus, incluso con sus variantes más contagiosas y mortales. Todos los que competían tenían que estar vacunados, con lo que envían un mensaje contundente: hay que vacunarnos y guardar todas las medidas de bioseguridad, pero manteniendo vivas nuestras actividades. Los atletas llevan a su máxima expresión y promueven una actividad esencial para la vida humana: la actividad física y el deporte. En Tokio se hicieron presentes 33 deportes, cinco de ellos lo hicieron por primera vez en una justa olímpica.
Segunda. Detener el calentamiento global es tarea de todos.
Los Juegos de Tokio serán recordados por ser las primeras competencias “verdes”. Los organizadores hicieron diversos esfuerzos para garantizar menor emisión de CO2 y disminuir el consumo de derivados del petróleo. Es así como las camas en la que durmieron los atletas fueron hechas de cartón, de manera que puedan ser recicladas. Así mismo, las medallas fueron elaboradas con material reciclable, especialmente de celulares desechados. Se utilizaron vehículos eléctricos para el transporte de los atletas y energía generada por paneles solares para cubrir la demanda de las instalaciones deportivas. La lección es evidente: detener el calentamiento global es tarea de todos.
Tercera. La lucha por el juego limpio debe seguir siendo una prioridad.
Los Juegos Olímpicos son el emblema del juego limpio. Es bella la historia de 1936 cuando dos japoneses saltadores de garrocha se negaron a definir el ganador de la plata y pidieron compartir el segundo lugar. Como los organizadores no aceptaron su propuesta, los atletas hicieron una medalla mitad plata y mitad bronce: las “medallas de la amistad”. En Tokio volvió a suceder algo similar. En un bello gesto olímpico, los atletas de Italia y Catar decidieron compartir el oro correspondiente al salto de altura.
En los Olímpicos de 1988 a Ben Johnson le quitaron la medalla que había ganado en la prueba reina del atletismo al demostrarse que había utilizado anabolizantes. En 48 horas pasó de ser el rey de los Juegos a un gran estafador. En Tokio, la Asociación Mundial de Atletismo (AMA) excluyó a Rusia al comprobar la participación del estado en el dopaje sistemático de sus deportistas. Se permitió la participación de los deportistas no involucrados, pero no la del estado ruso. La sanción es muy justa, necesaria y conveniente, para que los ganadores sean producto del esfuerzo, el entrenamiento y la dedicación y no de la trampa y el uso de doping. En esta ocasión, los atletas representaron al Comité Olímpico Ruso (COR) y cada vez que ganaron se oyó el Concierto para piano de Tchaikovsky y no el himno nacional de Rusia. Se prohibió también el uso de su bandera.
Cuarta. En las competencias tendremos que poner el foco en la salud mental de los deportistas.
En Tokio se dio cita la élite del deporte mundial. Una de las atletas más destacadas es Simone Biles. Se trata de la gimnasta más laureada en la historia de los campeonatos mundiales con 25 medallas, 19 de ellas de oro. Otro es Djokovic, quien comparte con Federer y Nadal, ser uno de los tenistas más ganadores de la historia con 20 Gland Slam. El tenista serbio aspiraba cumplir una hazaña solo vista una vez en la historia: ganar los cuatro Gran Slam y, al mismo tiempo, ser el ganador del oro olímpico. Lo logró Steffi Graf en 1988. Tanto Biles como Djokovic fueron protagonistas en los Olímpicos, pero por motivos diferentes.
Biles abandonó la competencia cuando se sintió demasiado presionada e hizo un importante llamado al mundo sobre la necesidad de cuidar la salud mental de los deportistas. Djokovic, por su parte, perdió el partido por la medalla de bronce contra el español Carreño Busta. Al mismo tiempo perdió la calma, la decencia, el juego limpio y dos raquetas; una la lanzó al lugar en el que debería estar sentado el público y otra quedó destrozada contra el piso. Días antes le había dicho a su padre, quien le recomendó no asistir a Tokio: “El patriotismo es muy fuerte en mi corazón y en mi cabeza, papá. Ya me conoces. Cuando se trata de Serbia, lloro allí y no me doy la vuelta”. Se le olvidaron muy rápido las palabras porque al perder el control, decidió abandonar a su país y su compatriota, pues no salió a jugar por la medalla de bronce en mixtos dobles.
Quinta. Los juegos Olímpicos no son sólo un escenario para competencias deportivas.
Los Juegos Olímpicos han sido espacios para debatir los principales temas mundiales. Así ha sido siempre y así seguirá siendo. Cientos de ejemplos hay a lo largo de la historia. En los Juegos de 1936 celebrados en Alemania bajo el dominio de Hitler, Jesse Owens le recordó que la supremacía de la raza blanca era parte de su arsenal propagandístico, pero que en las pistas eso no se cumplía. En 1968 en México, los ganadores de raza negra se tomaron las primeras planas de los medios de comunicación levantando el puño en señal de lucha contra la segregación racial. También está fresco en la memoria el caso del asesinato de 18 miembros de la delegación israelí a manos de radicales extremistas palestinos en los Olímpicos de Múnich en 1982. En Tokio la oportunidad fue para las atletas que lucharon contra el sexismo en el deporte. Hay que felicitar a las gimnastas alemanas y a las jugadoras de Noruega de balonmano, quienes se negaron a utilizar bikinis apretados y recurrieron a prendas más cómodas para competir. Fueron multadas por los organizadores, pero como dijo la cantante Pink: “Los organizadores son quienes deberían ser multados por sexismo”.
Seguramente a futuro las medallas en equipo tengan un mayor valor que las individuales. Ese es otro cambio pendiente que ha sido excesivamente aplazado.
En esta ocasión los 60 millones de refugiados del mundo recibieron un importante reconocimiento al permitirse la participación de una numerosa delegación de atletas con esta condición. Ellos tuvieron que huir de sus naciones por la guerra, la segregación y el hambre. Una de las abanderadas de esta delegación salvó a 18 personas de morir ahogadas, después de empujar un bote para seis personas con sobrecupo y con el motor averiado mientras huían de Siria. Compitió en la natación, pero ya debería haber recibido medalla de oro a la solidaridad.
A los latinos nos queda la alegría de ver a la venezolana Yulimar Rojas batiendo el récord mundial en el salto triple y a Mariana Pajón, la reina del BMX, quien ha levantado por tercera ocasión consecutiva una medalla en los Juegos Olímpicos. Estas justas también nos recuerdan a los miles de boxeadores y luchadores que aspiran a salir de la miseria con sus puños. Igualmente nos queda la tristeza de ver a Cuba, una antigua potencia deportiva que no pudo seguir compitiendo en la élite del deporte mundial. En Barcelona en 1992 Cuba alcanzó 31 medallas, 14 de ellas de oro. Por el contrario, en Tokio lleva dos y ninguna de ellas es del metal más precioso. Es cierto, hoy tiene otras prioridades que resolver: garantizar las necesidades básicas y mayor democracia para su población. Como es fácil de comprender, los Juegos Olímpicos son mucho más que una competencia deportiva.
* Director del Instituto Alberto Merani (@juliandezubiria)
