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Diversas declaraciones realizadas por el candidato a la vicepresidencia Juan Daniel Oviedo en materia de educación, han sido objeto de controversia en redes. Eso es comprensible ya que contradicen lo que él mismo había afirmado años atrás y representan un retroceso frente a los vientos de cambio que requiere la educación de nuestro país.
El papa Francisco reflexionó de manera profunda, compleja y diversa sobre educación y cultura. Como buen jesuita, sus tesis estuvieron enmarcadas en un espíritu humanista. Durante su viaje a Ecuador en julio de 2015, en una conferencia en la Universidad Católica comentó lo siguiente sobre los fines de la educación superior ante los rectores y profesores: “La misión de la universidad no es solamente aprender cosas. Ustedes tienen que formar a los chicos y a las chicas en los tres lenguajes humanos: el de la cabeza, el del corazón y el de las manos; de tal manera que aprendan a pensar lo que sienten y lo que hacen, a sentir lo que hacen y lo que piensan y a hacer lo que sienten y lo que piensan”. Si el ser humano tiene dimensiones diferentes, la educación tendría que desarrollar cada una de ellas. Por el contrario, la escuela tradicional ha enfatizado en la dimensión académica y ha descuidado otras dimensiones como la socioafectiva, la comunicativa o la emocional. De hecho, el MEN, de manera equivocada, ha seguido hablando de “años académicos” y ha seleccionado y promovido a los estudiantes a partir de criterios exclusivamente cognitivos. El papa fue muy enfático al respecto: “Si ustedes solamente le forman la cabeza, no van a formar profesionales, sino macrocéfalos, que no son humanos”.
El abandono de las diversas dimensiones humanas por parte del sistema educativo, ha causado graves perjuicios. Los estudios llevados a cabo en años recientes por Cifras y Conceptos y por la Universidad del Rosario y que llevan por título: ¿Qué piensan y sienten los jóvenes en Colombia? evidencian que la institución más valorada por los jóvenes en el país sigue siendo la universidad. Ellos no creen en la clase política, los congresistas, los influenciadores o los partidos políticos, pero confían mucho en sus universidades, los investigadores y profesores; en especial, los vinculados con las universidades públicas. No obstante, los mismos estudiantes confiesan que, a pesar de la confianza, no recurrirían a sus universidades en caso de padecer una crisis emocional. En noviembre de 2024, tan solo el 1 % de ellos acudiría a su profesor, psicólogo o trabajador de la universidad, en tanto el 18 % no tendría nadie a quien acudir y el 66 % se apoyaría en su familia en caso de sentirse triste o muy deprimido. Esto sucede porque la universidad es muy valorada por los estudiantes desde el punto de vista académico, pero ha dejado de lado el acompañamiento de los jóvenes a nivel socioafectivo, comunicativo y emocional.
Traigo a colación estas reflexiones después de escuchar las muy desafortunadas declaraciones del candidato a la vicepresidencia Juan Daniel Oviedo. “La educación -dijo- tiene que dar trabajo. Punto. Si no conecta con el empleo, no está cumpliendo su propósito.” Las declaraciones fueron subidas por el propio candidato a sus redes, lo que evidencia que no fueron fragmentadas o aisladas del contexto de enunciación. Además, ha reiterado esta tesis en diversas entrevistas.
Las palabras pronunciadas por Oviedo simplifican en extremo la misión de la universidad, desconocen el principio de la integralidad y alimentan una visión profundamente tradicional, instrumental y tecnocrática de la educación. Su planteamiento se enmarca en las tesis que han defendido en la última época algunos gobiernos de extrema derecha en el mundo y que ha derivado en la disminución de la financiación de actividades que aparentemente no tienen aplicación práctica o posibilidad de generar ganancias económicas. Esta instrumentalización ha sido objeto de grandes debates formulados por filósofos como Martha Nussbaum o Nuccio Ordine. Como afirma Martha Nussbaum: “Las humanidades cultivan la capacidad de ver el mundo desde la perspectiva de otros. Sin esa capacidad, la democracia no puede sostenerse”.
Evidentemente, preparar para el trabajo tiene que ser una de las funciones de la educación superior: las universidades deben estar articuladas con el mundo social, económico y cultural, pero reducir la educación a la preparación para el trabajo resulta en extremo simple y perjudicial para una sociedad. Es indudable que no solo vinimos al mundo a trabajar; también vinimos a convivir, crear mundos posibles, investigar y a encontrar nuestras preguntas y proyectos. ¡Es en la universidad donde los estudiantes pueden explorar todas estas posibilidades!
Si la educación solo nos prepara para el trabajo, ¿quién, cuándo y dónde prepara a las nuevas generaciones para vivir?, ¿dónde aprenderán a construir de manera colectiva, a crear o a compartir? ¿Cuándo, dónde y cómo aprenderán a trabajar en equipo, pensar críticamente o reconocer la inmensa deuda que tenemos con los demás seres humanos? Bajo este criterio, deberíamos eliminar facultades como sociología, letras, humanidades, artes o filosofía, en tanto, carecen de fines prácticos, tal como están haciendo los gobiernos republicanos extremistas en Estados Unidos. Por el contrario, más allá de su utilidad para conseguir un futuro trabajo, el desarrollo del pensamiento y la lectura critica, humanizan al ser humano y tienen que ser componentes esenciales de su formación en todos los niveles. Al fin y al cabo, el fin último de la educación es la autonomía cognitiva y moral.
¿De qué le sirve a la sociedad que los egresados de las universidades salgan como economistas, administradores o contadores expertos, si su tarea principal consistiera en ayudarles a evadir tributos a las grandes empresas a las que se vinculen? ¿Qué gana la sociedad si los abogados egresados se dedicaran preferencialmente a proteger a mafiosos, estafadores y corruptos? ¿Estará cumpliendo con su misión la universidad si el 45 % de sus estudiantes ha padecido ansiedad y el 30 % ha intentado cortar sus venas, como sucede actualmente en las universidades estadounidenses?
El gran peligro que tiene esta postura es que lleva a pensar que lo que se enseña en la educación superior debe estar determinado por las necesidades del mercado y, al hacerlo, se corrompen los fines esenciales de la educación: la humanización, la movilidad social y la autonomía. Bajo esta perspectiva, los estudiantes son vistos como clientes y no como seres humanos en formación.
Conocí a Juan Daniel Oviedo en la década anterior. Ambos fuimos miembros de la Comisión Académica en el Tercer Plan Decenal que sesionó entre 2016 y 2017. Allí un grupo de más de cincuenta educadores, investigadores y académicos nos pusimos de acuerdo en los diez desafíos por abordar en la educación del país. Trabajamos durante dos años para concertar la necesidad de construir un verdadero sistema educativo integrado, que ayudara a consolidar la paz, que reestructurara la formación de los maestros y llevara a cabo una profunda transformación curricular para garantizar un mayor impacto de la educación sobre el desarrollo integral de los jóvenes. Su compromiso y aportes fueron muy importantes. Juan Daniel es inteligente, creativo y profundo. ¿Qué pasó entre lo que decía Juan Daniel Oviedo en 2016 y lo que hoy está afirmando sobre educación? Sin duda, son dos posturas totalmente diferentes. Casi irreconciliables. En 2016 el hoy candidato nos ayudó a cimentar un acuerdo amplio en torno a lo fundamental en educación y en 2027 está actuando como político interesado en permitir el retorno de un partido político al poder. No tengo ninguna duda en preferir al profesor universitario que en 2017 nos ayudó a construir el III Plan Decenal que al político que está intentando llegar a la vicepresidencia en 2027. Como nos enseñó Winston Churchill: “El político piensa en las próximas elecciones; el estadista piensa en las próximas generaciones.” Me temo que Juan Daniel Oviedo está pensando en exceso en las próximas elecciones. Prefiero al investigador profundo y al profesor universitario que al político intentando ganar las próximas elecciones. ¿También ustedes?
Posdata: El gobierno del presidente Gustavo Petro ha convocado reuniones para iniciar el Cuarto Plan Decenal en educación. Lo hace sin que hasta el momento se haya iniciado la ejecución del III Plan Decenal. No hemos iniciado el debate sobre el sistema educativo o la transformación necesaria en la formación docente (primero y segundo desafío), mucho menos sobre la necesaria transformación curricular (tercer desafío) o sobre la educación que necesitamos para consolidar la confianza y la paz (séptimo desafío). Hemos construido planes decenales, para que, independientemente del gobernante de turno, existiera una política pública en educación de la cual hemos carecido. Así como no se dio cumplimiento a los tres primeros planes decenales de educación y a lo señalado en las dos misiones de sabios, me temo que la suerte del cuarto plan de educación será la misma que corrieron los tres anteriores. Así es muy difícil avanzar. Priman los intereses politiqueros, sobre las necesidades en el desarrollo integral de los estudiantes. En educación, seguimos sin rumbo y sin política pública de largo aliento. Por eso es bueno reiterar: “Si tu candidato no sabe cómo cambiar la educación, cambia de candidato”.
*Julián de Zubiría Samper es director del Instituto Alberto Merani (@juliandezubiria)
