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¿Se puede confiar en la mayoría de las personas?

Julián de Zubiría Samper

02 de junio de 2026 - 12:05 a. m.
“¿Por qué está cayendo la confianza entre las personas en el mundo?”: Julián de Zubiría Samper
Foto: Mauricio Alvarado Lozada
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La confianza mueve la economía, las personas, la cultura y las sociedades. Es el fundamento del trabajo en equipo y de cualquier proyecto común, porque permite la cooperación. Sin embargo, para 2022, Colombia ―junto a Zimbabue, Albania, Ghana y Perú― era uno de los países del mundo donde reinaba por completo la desconfianza.

En Colombia, tan solo el 5 % de los habitantes dicen que se puede confiar en la mayoría de las personas. Un país en el que la gente no confía en sus instituciones, en la justicia, en los partidos políticos y en las demás personas no tiene futuro, porque allí no puede haber trabajo en equipo ni proyectos nacionales. Países con baja confianza en sus instituciones son los que más fácilmente terminan gobernados por populistas y totalitarios de derecha y de izquierda. En ellos emergen los que el papa Francisco llamaba “los salvadores sin historia”. En realidad, el papa se refería a Adolfo Hitler en Alemania en 1933 o a Javier Milei en Argentina en 2023. De personas como ellos, decía el papa, sí hay que desconfiar, porque de la noche a la mañana se ofrecen como salvadores de la patria, pero nunca antes habían estado presentes cuando la patria los necesitó. Estaban dedicados a acumular dinero a raudales para su propio beneficio. A ellos los mueve el poder y el dinero.

El problema de la desconfianza generalizada es mucho más grave y estructural de lo que la gente podría pensar, porque afecta profundamente la vida económica, política y cultural de una nación. Kenneth Arrow, premio nobel de economía de 1972, comentaba que “prácticamente toda transacción comercial contiene un elemento de confianza”. Sin duda, tenía razón. La inversión, el pago de impuestos o las compras exigen confiar en el Estado y en los otros. Si desconfiamos de las personas, se frenan las transacciones económicas porque la gente supone que la van a estafar al adquirir bienes y servicios. En sociedades así, las personas prefieren tener el dinero guardado bajo el colchón porque desconfían de los bancos y optan por evadir impuestos porque desconfían del Estado. Si venden un carro, por ejemplo, tienden a pensar que la plata con la que les están pagando seguramente ha sido fruto de transacciones con las mafias. Si lo que hacen es comprarlo, es muy posible que piensen que el kilometraje esté alterado o que intentaron ocultarles daños estructurales. Si les asignan un trabajo en equipo, es muy posible que los miembros del grupo piensen que pueden sacar ventaja del trabajo de otros. El problema es que solos podemos avanzar rápido, pero solo en equipo podemos llegar lejos. En esos países, el trabajo en equipo es imposible.

Yuval Harari va más allá que Arrow y, en Nexus, concluye que la confianza es la esencia de la actividad del hombre sobre la Tierra. Somos los únicos animales que pueden cooperar a gran escala y de modo flexible. Lo anterior se origina en la capacidad que tenemos para creer en historias comunes. Es la confianza en los otros lo que nos permitió construir gigantescas redes humanas que nos convirtieron en la especie más poderosa sobre la Tierra.

Lo cierto es que en el mundo la desconfianza viene creciendo de manera significativa. Según la Encuesta Mundial de Valores, hoy en día tan solo el 26 % de la población del mundo cree que se puede confiar en la mayoría de las personas. En 1985, ese porcentaje era del 38 %. Así mismo, las diferencias entre países son cada vez más acentuadas. Mientras en Europa del Norte la confianza sigue muy generalizada, en América Latina y Estados Unidos lo más corriente es la desconfianza.

¿Por qué está cayendo la confianza entre las personas en el mundo? Confiar implica tener la certeza de que el otro no se aprovechará del vínculo que establezcamos. La confianza cae porque en las últimas dos décadas se están debilitando los vínculos reales entre las personas. Las familias son más pequeñas y cerradas. Los barrios ya no existen y una parte importante de los vínculos tiende a realizarse de manera virtual. Muchas de las compras e inversiones se han desplazado a los espacios virtuales; también algunos de los empleos, en tanto la comunicación cara a cara tiende a debilitarse. Los amigos y compañeros cada vez se ven menos en el mundo real. En Estados Unidos, por ejemplo, mientras en 2003 los jóvenes de 15 a 24 años pasaban en promedio tres horas diarias con sus amigos, hoy tan solo comparten en promedio 40 minutos diarios. Zygmunt Bauman hablará de una sociedad líquida con muy frágiles vínculos entre las personas y Byung-Chul Han se referirá al auge de la infocracia y al debilitamiento de la comunicación. En sus términos, “hoy vivimos presos en una cadena virtual, aunque creamos que estamos en libertad. Nos encontramos encadenados a la pantalla digital”. En otras palabras, se ha ido debilitando el tejido social y la acción comunicativa entre las personas.

Al mismo tiempo, vivimos en la era de las noticias negativas y la consecuente pérdida del sentido de seguridad para los seres humanos. Según el profundo Informe de Naciones Unidas de 2022, titulado “Tiempos inciertos, vidas inestables”, casi todas las noticias divulgadas durante las dos últimas décadas en los grandes medios de comunicación, en todos los idiomas, son negativas. Igual sucede en las redes, porque, como afirma Harari, con el fin de implicar a los usuarios, “los algoritmos tomaron la terrible decisión de extender la indignación”. En consecuencia, la percepción de inseguridad se generaliza. Si casi todo el tiempo oímos noticias negativas, terminamos por pensar que el mundo va muy mal y que el riesgo está a la vuelta de la esquina. Por eso seis de cada siete personas en el mundo se sienten inseguras en el contexto en el que viven. Aun en los países con el Índice de Desarrollo Humano más alto, tan solo cinco de cada cien personas se sentían muy seguras.

Vivimos en un contexto que favorece la desesperanza. Los jóvenes creen que la vida sobre la Tierra difícilmente subsistirá en unas décadas, que no vale la pena traer hijos a un mundo en el que suponen que, cada vez, la situación económica, política, militar y social estará peor.

En Colombia, el Décimo Estudio de Percepción de Jóvenes, a cargo de Cifras y Conceptos y la Universidad del Rosario, revela que esta población desconfía por completo de los partidos políticos, los influenciadores digitales, los líderes cristianos y el Congreso de la República. Los jóvenes solo confían en sus profesores, sus universidades, los científicos y la Registraduría.

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En este contexto, comparto la conclusión de Luis Ernesto Gómez, ex secretario de gobierno de Claudia López, quien en su reciente libro afirma que necesitamos Crear confianza (2026), porque sin ella estamos condenados al fracaso. La confianza mueve personas, negocios y sociedades. Las comunidades donde la población confía son más resilientes, empáticas y solidarias. Las organizaciones que confían en su gente retienen más el talento y consolidan un mejor clima laboral. Las personas que tienen mayor confianza, viven de manera menos estresada. Los jóvenes que tienen padres y profesores que confían en ellos, llegan más lejos. Eso se conoce en la literatura con el bello nombre del Efecto Pigmalión. Los países que construyen confianza entre sus ciudadanos fortalecen sus democracias, la participación ciudadana, el desarrollo humano y el crecimiento económico.

Lo que sucede es que unas muy pocas personas piensan en exceso en su propio beneficio y aprovecharían cualquier oportunidad para lucrarse, ampliar su poder y enriquecerse sin importar las consecuencias que esto tenga para la comunidad. Como afirmaba Carl Sagan en su última entrevista en 1996: “Si nosotros no somos capaces de hacer preguntas para interrogar a quienes nos dicen que algo es verdad, para ser escépticos de quienes ejercen la autoridad, entonces estaremos a merced del próximo charlatán político o religioso que aparezca”. Esos charlatanes quieren lucrarse de una población a la que le falta autonomía, lectura y pensamiento crítico. En caso de que pierdan las elecciones, seguramente viajen a seguir viviendo fuera del país, porque no les preocupa la nación sino el dinero y el poder. A ellos, no se les debe creer. Por el contrario, debemos y podemos confiar en la gran mayoría de las personas.

*Julián de Zubiría es director del Instituto Alberto Merani (@juliandezubiria).

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