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Hannah Arendt fue una de las pensadoras más importantes del siglo XX. Detenida preventivamente por los nazis, logró salir clandestinamente e iniciar una muy destacada carrera en EE. UU. Ella demostró que tanto el capitalismo como el comunismo están expuestos al totalitarismo. ¿Es vigente su tesis hoy en día?
Hannah Arendt fue una destacada filósofa, politóloga e historiadora judía nacionalizada en los Estados Unidos. En su obra más importante, Los orígenes del totalitarismo (1951), explica que los gobiernos totalitarios construyen “enemigos” contra los cuales luchar. Al hacerlo, buscan promover el nacionalismo y cohesionar a la población. De esta manera, Hitler creó una de las narrativas más efectivas y destructivas de la historia: Alemania se desploma hacia el caos –decía– por la presencia de los judíos. Según su tesis, ellos estaban destruyendo la pureza de la raza aria, eran los responsables de la derrota en la Primera Guerra Mundial y, con su poder económico, conspiraban para dominar el mundo. Stalin hizo lo propio en la Unión Soviética. Se estima que, en 1934, el 70 % de los miembros del Comité Central del Partido Comunista fueron asesinados por orden suya. Ambos acudieron al terror, la mentira, el engaño y la propaganda para anular a los individuos y convertirlos en masas. El propósito final era concentrar el poder, para lo cual era necesario eliminar el pensamiento independiente.
Arendt adquirió renombre mundial con su libro Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal (1963), una obra tan original como polémica. Eichmann fue clave en el aparato represivo del Estado alemán y había sido detenido por agentes del Mossad en 1960, cuando vivía en Argentina con el nombre ficticio de Ricardo Klement. Durante su juicio, la filósofa concluye que el mal extremo puede ser cometido por personas que no son monstruos, sino individuos incapaces de pensar críticamente y juzgar sus propios actos. En sus términos: “Cuanto más se le escuchaba, más evidente resultaba que su incapacidad para hablar estaba estrechamente relacionada con su incapacidad para pensar”.
El 1 de septiembre de 1939, Hitler invadió Polonia. Para justificarlo ante el mundo recurrió a la mentira y el engaño. Acusó al gobierno polaco de atacarlo y, para simularlo, agentes nazis disfrazados de polacos “atacaron” una emisora alemana. Como recordaba Goebbels: “Si se dice una mentira lo suficientemente grande y se repite con la suficiente frecuencia, la gente acabará creyéndola”.
Estas imágenes y textos retornan a la memoria después de ver al gobierno de Donald Trump invadir Venezuela y secuestrar a su presidente, violando todas las normas del derecho internacional y sin contar con el aval del Congreso de los Estados Unidos ni de la ONU. Sin duda, Trump secuestró a un dictador con pésima imagen internacional, quien había impuesto un gobierno totalitario en su país, violó derechos humanos, abolió la división de poderes, condujo al pueblo a la miseria y a ocho millones de venezolanos al exilio y robó las elecciones que ganó la oposición en julio de 2024. Aun así, el acto de Trump es abiertamente ilegal, en mayor medida cuando afirma que se quedará para garantizar que las empresas petroleras de su país sean beneficiadas y que la presidenta encargada cumpla con las órdenes que los estadounidenses le impondrán. Ya lo dijo abiertamente: “Yo estoy a cargo”.
Para lograr todo esto recurrió a un truco sencillo: lo acusó de narcotraficante, no de dictador. Aun así, en el primer día del juicio la Fiscalía explicó que “el Cartel de los soles no existe como organización real”. Además, en la rueda de prensa del 3 de enero de 2026, Trump mencionó 22 veces el término “petróleo” y ni una sola vez el de “democracia”. ¿Qué hubiera pasado si el secuestrador hubiera sido Putin y el secuestrado fuera Zelenski, presidente de Ucrania? ¿Qué pasaría si Xi Jinping hubiera invadido a Taiwán?
Sin duda, no son las mismas circunstancias de 1939. Afortunadamente, en Estados Unidos sigue siendo fuerte la independencia de poderes y el respeto a la Constitución, así como a la libertad de pensamiento y prensa. En un valiente editorial, el New York Times calificó la invasión como “ilegal e imprudente” y el rechazo a los actos de Trump ha sido unánime entre los demócratas. Sin embargo, la violación fue precedida por múltiples ejecuciones extrajudiciales ordenadas por la Casa Blanca en el Caribe al atacar embarcaciones acusadas de estar manejadas por narcotraficantes.
Culminado el secuestro del dictador, Trump ha anunciado que sus invasiones continuarán en Colombia, Cuba, Groenlandia, Panamá y México. Cualquier gobierno que piense diferente podría estar sujeto a una potencial ocupación.
Cuando en Estados Unidos, el senador Joseph McCarthy quería enviar al ostracismo a quienes pensaban diferente, Arendt demostró que una sociedad marcha hacia el totalitarismo cuando deshumaniza al contrincante, debilita sus instituciones e impone una opinión unánime. Por eso concluyó que, en caso de fortalecerse el Macartismo, se estaría viviendo el inicio de la destrucción de las libertades civiles en Estados Unidos. En sus términos: “si se admite la división entre buenos y malos ciudadanos, se terminaría por destruir la democracia en los Estados Unidos”.
Pero lo esencial es entender que eso solo es posible si en una sociedad hay ausencia de pensamiento crítico y de instituciones que le hagan contrapeso a la tendencia totalitaria. Por eso resulta muy preocupante el intento del presidente Trump de subordinar la ciencia y la educación a sus intereses políticos. Para conseguirlo, Estados Unidos está destruyendo sus innumerables ventajas en investigación y ciencia. Como dijo el columnista Max Boot en el Washington Post: “Estamos asistiendo al suicidio de una superpotencia”. Eso se entiende mejor si se tiene en cuenta lo que explicaba Carl Sagan: “La ciencia no es solo un conjunto de conocimientos, es fundamentalmente una manera escéptica y reflexiva de pensar”.
En este sentido, resulta muy preocupante el desplome que estamos observando en el nivel de lectura de los jóvenes estadounidenses. En 1985, el 35 % leía casi todos los días, en tanto hoy solo lo hace el 13 %. Hoy, la mitad no lee casi nunca, en tanto en 1985 este grupo era el 14 %.
Con razón, los demócratas han expresado su preocupación por el intento de Trump de concentrar el poder y debilitar las instituciones. Todos lo hemos visto, cual monarca del siglo XV, subiendo y bajando aranceles a su antojo e intentando doblegar a la prensa, la justicia, los organismos multilaterales y las universidades independientes. Sin duda, ese es el camino hacia el totalitarismo. Sin embargo, han sido demasiado indiferentes al declive del pensamiento crítico en su propia nación. En este punto, el papel de la educación de calidad y la regulación de las redes sociales será crucial.
Lo que está sucediendo con la educación y la ciencia en Estados Unidos es más grave de lo que la mayoría de la población puede comprender. Que los jóvenes estén acostumbrados a ver todo el día videos muy superficiales de 20 segundos y a leer textos de máximo 240 caracteres es más delicado para la democracia de lo que la sociedad ha querido reconocer. El propio Elon Musk, recientemente afirmó que el peor invento de la humanidad habían sido los videos muy cortos.
La democracia depende de la lectura profunda y compleja, la división de poderes, la libertad de pensamiento, el respeto a las diferencias y el debate argumentado de ideas. Muy posiblemente estamos gestando la sociedad que necesitan los gobiernos totalitarios, con una población carente de pensamiento y lectura crítica. Lo vimos en 2003 cuando la población estadounidense creyó ingenuamente la historia inventada de las “armas de destrucción masiva” –que nunca encontraron– en Irak. Hoy la situación es más grave. Como acertadamente señaló Mary Harrington en el New York Times, la expansión de la virtualidad está creando un amplio sector de la población muy fácil de manipular porque lee y piensa muy poco. Pensar se está convirtiendo en un lujo. Si no logramos detener ese proceso, será inevitable la generalización de los gobiernos totalitarios en el corto plazo.
Como predijo Carl Sagan en su última entrevista en 1996: “Si nosotros no somos capaces de hacer preguntas para interrogar a quienes nos dicen que algo es verdad, para ser escépticos de quienes ejercen la autoridad, entonces estaremos a merced del próximo charlatán político o religioso que aparezca”. ¿Será que ya lo estamos?
