Publicidad

Vacunarse es un acto de empatía

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Julián de Zubiría Samper
31 de agosto de 2021 - 02:59 a. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

En Colombia estamos muy lejos de alcanzar la inmunidad contra el SARS-COV2 y, por lo tanto, el virus seguirá circulando. Ahora que los mayores de 12 años pueden vacunarse aparece una excelente oportunidad para que los jóvenes impulsen la vacunación, que sigue marchando a ritmo muy lento en la población adulta.

Se ha hecho famoso el concepto de inmunidad colectiva, para referirse a la cantidad de población que debería tener inmunidad para cortar las cadenas de transmisión e impedir que el virus siga circulando. Inicialmente los expertos estimaron que se alcanzaría con el 70% de la población vacunada. Con las nuevas variantes y la diferente efectividad de las vacunas disponibles, han señalado que la inmunidad solo se alcanzará con una mayor proporción de población vacunada. Esto sucede porque algunas de ellas son más contagiosas y elevan la cantidad de personas a ser hospitalizadas, como es el caso de la variante Delta.

Con el 10% de la población que ha sido contagiada y apenas el 28% de la población vacunada, en Colombia estamos muy lejos de alcanzar la inmunidad colectiva contra el COVID. 2,6 millones de adultos mayores de 50 años no han iniciado su proceso de vacunación. La situación es todavía más grave para los adultos entre 40 y 49 años. En este rango de edad, el 58% todavía no tiene la primera dosis. Mientras sigamos así, el virus seguirá en las calles, infectando y poniendo en riesgo la vida de todos, pero muy especialmente la de los niños y la población no vacunada.

Países como Israel, que han alcanzado niveles de vacunación muy altos (62%), han encontrado que la población que ahora está terminando en UCI proviene principalmente de las personas sin inmunización, tanto que ahora se habla del virus de la “población no vacunada”.

¿Por qué teniendo vacunas gratuitas para la población tantas personas han decidido no vacunarse? Sin duda, hay múltiples motivos, pero pueden agruparse en tres generales: (i) temores y dudas ante las vacunas, (ii) creencia de que debe ser una decisión personal sin injerencia del Estado y (iii) desconfianza frente a las farmacéuticas. Faltan otros, pero estos podrían ser los esenciales.

Un buen grupo de personas tiene temores ante las vacunas. Les parece que fueron elaboradas en un tiempo excesivamente breve y que nos están tomando de “conejillos de indias”. Este argumento complementa el de quienes afirman que las vacunas no son efectivas porque conocen casos de personas vacunadas que se han infectado, han sido hospitalizadas e incluso que han fallecido. También se suma al de aquellos a quienes la vacunación les generó algún efecto negativo. No estamos ante el mismo argumento. Aun así, responden a una causa común, por eso los hemos agrupado.

Ninguna vacuna es 100% efectiva. No lo es para ninguna enfermedad contagiosa conocida. Lo que se ha dicho es que quien esté vacunado tiene una baja probabilidad de enfermar gravemente y una muy pequeña de llegar a una UCI. Pero se equivoca quien al conocer el caso de un vacunado que ha sido infectado, hospitalizado o muerto concluye que las vacunas no son efectivas. Eso solo se podría afirmar si los casos de hospitalizaciones y de muertes fueran similares entre vacunados y no vacunados, algo que hoy está por completo descartado. El virus puede infectar a la población vacunada, pero cuando se infectan, muy pocos llegan a una cama UCI y menos aún a la muerte. En EE. UU. han estimado que por cada 102.000 personas vacunadas hay 100 infecciones sintomáticas y una muerte. Son muy pocos casos, pero no es igual a cero. Las vacunas sí protegen, pero no impiden que nos infectemos.

En 1870 la esperanza de vida en el mundo era de 32 años; hoy es de 76. ¿Qué lo hizo posible? Esencialmente la disminución de la mortalidad infantil. En Estados Unidos, por ejemplo, en 1800 el 45% de la población no llegaba a cumplir los 5 años de edad. El índice de mortalidad infantil en la actualidad en el mundo es inferior al 3%. ¿Por qué pudimos lograr una disminución tan significativa? Por los notables avances en la higiene, la alimentación y el advenimiento de las vacunas y los antibióticos. La ciencia ha elevado la esperanza de vida de la humanidad como nunca antes en la historia, y las vacunas, entre ellas las de la viruela, la poliomielitis, el sarampión y la rabia, son uno de sus productos más importantes. Han salvado cientos de millones de vidas humanas durante el siglo XX y lo corrido del siglo XXI. Jules Hoffmann, Premio Nobel de Medicina, considera que son “el mayor logro de la medicina” y asegura que “han salvado 1.500 millones de vidas de seres humanos”.

El movimiento antivacunas ha estado asociado a las posturas políticas y religiosas más radicales y extremistas, tanto que en EE. UU. la mejor manera de predecir si una persona está vacunada es saber si votó por Trump en las últimas elecciones. Si lo hizo, es hasta 13 puntos menos probable. La inmunidad natural que defienden sus promotores no es el camino para el COVID, como lo han dicho los expertos, pues ya llevamos 4,5 millones de fallecidos y no sabemos cuántos más vendrán, así como aún no son claras las consecuencias a largo plazo de los contagios. Es este el contexto que llevó al papa Francisco a salir en defensa de la vacunación y a considerarla como un “acto de amor” para proteger al prójimo. Tiene toda la razón: al vacunarnos nos protegemos a nosotros y a todas las personas con las que interactuamos, porque disminuimos la posibilidad de dispersar el virus.

El segundo argumento para no vacunarse ha sido la creencia de que esa debería ser una decisión exclusivamente personal porque está en juego el cuerpo y la vida propia. Debido a ello, dicen, la decisión debe ser totalmente individual.

Este argumento es más débil que el anterior y podría controvertirse recurriendo a situaciones análogas ya vividas. También algunos sustentaron que no debería limitarse el uso de la pólvora o manejar con tragos, a fin de cuentas –dicen quienes así piensan– es mi propia vida la que está en juego y soy yo quien debe decidir sobre ella. Es un argumento falaz, porque quien maneja con tragos no solamente pone su vida en riesgo, sino también la de las personas que encuentre en su camino. Algo similar sucede con quien no se vacuna. Los no vacunados son los principales portadores del virus, lo esparcen entre las personas con quienes interactúan. ¿Aceptaría usted un movimiento que pregone que los deben dejar manejar borrachos? Estamos ante una situación análoga.

El tercer argumento viene de quienes piensan que la industria farmacéutica es la gran beneficiada por la pandemia y que se está enriqueciendo. Sin duda, es una afirmación cierta. Miles de millones de unidades de su producto fueron vendidas en un tiempo récord y muy posiblemente sigan haciéndolo de manera periódica. Hasta ahí es cierto el argumento, pero de allí no se deriva que sea equivocado utilizar vacunas, de la misma manera que si concluimos que la industria automovilística está acumulando mucho dinero, la conclusión no es que hay que dejar de usar autos. Más bien, habría que garantizar que los futuros vehículos sean más seguros, no afecten tanto el bolsillo de los compradores y exigir que dicha industria no genere efectos negativos para la humanidad, como sería el deterioro del medioambiente. Del mismo modo, tenemos que exigir mayor control a los precios de las vacunas, mayor seguimiento, responsabilidad e investigación. La solución consiste en regular a la industria farmacéutica para evitar que alcance beneficios extraordinarios de su poder; se trata de limitar el control monopólico que puede alcanzar.

En Colombia desde el sábado pasado cualquier persona mayor de 12 años puede vacunarse. Es una oportunidad de oro para garantizar la educación presencial que le ha faltado a muchos jóvenes. Estando vacunados los profesores, estudiantes de bachillerato y todo el personal que labora en los colegios, sería inexcusable no brindarles a los niños y jóvenes la educación presencial que tanto necesitan para favorecer su socialización y cuidar sus emociones. Por eso esta es una buena oportunidad para que los docentes promovamos la vacunación de los jóvenes y para reiterar la necesidad de mantener el uso del tapabocas, el distanciamiento y el constante lavado de manos. Así como evitar aglomeraciones y los lugares con poca ventilación. La vacunación es muy importante, pero no es la única estrategia para cuidar la vida durante la pandemia.

¿Qué pensará un padre a quien su hijo le diga que se ha vacunado esencialmente para protegerlo a él, a sus hermanos, amigos y abuelos? No hay duda: vacunarse es un acto de empatía o, si se quiere, de amor por el prójimo, como dice el papa Francisco.

* Director del Instituto Alberto Merani (@juliandezubiria)

Conoce más

Temas recomendados:

 

ANA(11609)31 de agosto de 2021 - 09:40 p. m.
Que el gobierno garantice las vacunas y se haga propaganda en los horarios triple A, de la importancia de vacunarse.
Antonio(45414)31 de agosto de 2021 - 02:26 p. m.
Gracias señor de Zubiría, como siempre claro y al grano. Los idiotas nunca faltarán.
Eduardo(7668)31 de agosto de 2021 - 12:43 p. m.
Y no vacunarse es un acto de imbecilidad, ignorancia y egoísmo.
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.