La apoteosis es el momento en el cual un ser humano se transforma en un dios. Uno de los primeros dioses vivientes de cuya existencia se tiene certeza fue Shulgi, “rey de Ur”, “rey de Sumer y Acad” y, tras su apoteosis en su vigésimo primer año de gobierno, “rey de las cuatro esquinas del universo”.
Shulgi fue el segundo gobernante de la Tercera Dinastía de Ur y gobernó durante 48 años, de 2094 AEC a 2046 AEC. Su largo reinado coincidió con uno de los períodos más prósperos y gloriosos de la historia sumeria y de la legendaria ciudad de Ur —donde, muchos siglos más tarde, nacería Abraham—, a la cual engrandeció y cuya munificencia coronó con la construcción del gran zigurat de Ur, cuyas ruinas aún se levantan imponentes entre las arenas mesopotámicas.
Shulgi venció a sus enemigos en múltiples batallas y sus gestas comenzaron a cantarse casi desde el inicio de su reinado. El compendio de sus leyes, el Código de Ur-Nammu —originalmente atribuido a su padre, de ahí su nombre—, es el primer texto legal del que se tienen vestigios materiales. No sólo antecede al más famoso Código de Hammurabi en más de 300 años, sino que, a diferencia de este, que se basaba en la severa ley del talión (ojo por ojo), contemplaba multas y penas que podrían considerarse más humanas y, a la vez, más prácticas.
Además, este líder extraordinario era educado: sabía leer y escribir —una habilidad técnica muy complicada para la época y que requería muchos años de dedicación y estudio— y, al parecer, conocía varios idiomas además del sumerio. Se conservan por lo menos veintiséis himnos compuestos por este extraordinario rey, quien también entendió, hace más de cuatro mil años, que la autoglorificación es la semilla de la deificación.
Empero, sus autoalabanzas estaban sustentadas en hechos ciertos y comprobables por todos. Sus hazañas eran reales. Sus loas a sí mismo, y las que le prodigaron sus coterráneos durante muchas generaciones, podían ser exageradas, pero provenían de una grandeza y una excepcionalidad verdaderas.
A partir de la declaración de su apoteosis en el año vigésimo primero de su reinado, su palacio, Ekhursag, se transformó también en su templo y su trono fue, a un mismo tiempo, altar. Su pueblo lo veneró como dios desde entonces, encumbrándolo al panteón sumerio como uno de los anunnaki.
En esta época de atavismos políticos y sociales uno de los signos más evidentes del retroceso humano es la emergencia de gobernantes mesiánicos. El mesianismo, en el fondo, no es sino un paso en dirección a la apoteosis: la aspiración de situarse por encima de los hombres comunes y de convertir la autoridad política en una forma de sacralidad.
La diferencia con el pasado, sin embargo, es profunda. Aquellos que hoy se autoglorifican en discursos y proclamaciones rara vez poseen el valor demostrable que tenía el rey de Ur hace cuatro milenios. Sus gestas son más retóricas que reales; su legado, con frecuencia, magro cuando no negativo. Las supuestas hazañas de nuestros días suelen estar salpicadas de codicia, vanidad y mediocridad, más que de grandeza.
Shulgi comprendió que era suficiente proclamar su apoteosis: debía sostenerse en obras reales para todos —victorias, leyes, ciudades engrandecidas, templos que desafiaban el tiempo—. Sólo entonces los himnos podían convertir a un rey en dios.
Nuestros aspirantes contemporáneos a la gloria, en cambio, pretenden recorrer el camino inverso: buscan la divinización sin la grandeza, el culto sin las hazañas, la eternidad sin las obras. Pero la historia es severa y termina por distinguir entre la verdadera apoteosis y la simple vanidad del poder. Allí donde faltan las obras, la pretendida divinidad se desvanece, y el supuesto dios vuelve a ser lo que siempre fue: apenas un hombre.