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Aprender de África III: Etiopía y la tradición abrahámica

Julián López de Mesa Samudio

18 de julio de 2024 - 12:04 a. m.

Se dice que Frumencio llegó a las costas del Imperio de Axum como un cautivo y siendo aún un niño; por años permaneció al servicio de la corte y por ello pudo trabar amistad con Ezana quien se convertiría en el futuro Emperador. Muchos años más tarde, en el 328 EC (otros dicen que más adelante) el Patriarca de Alejandría le nombraría primer obispo de Axum y lo enviaría de vuelta para que evangelizara a las gentes de este imperio. Alrededor del mismo tiempo en que Teodosio famosamente proclamaría la conversión de Roma al Cristianismo (350 EC) su mayor socio comercial en el sur, Axum, haría lo propio gracias a los buenos oficios de uno de los santos cristianos a quienes se les celebra su día el 20 de julio: San Frumencio de Axum.

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Desde entonces Axum, el próspero imperio comercial cuyos puertos en ambos litorales del Mar Rojo controlaban el vasto mercado del Océano Indico que por allí entraba a la cuenca del Mediterráneo, está relacionado estrechamente con la tradición abrahámica (inicialmente con la vertiente alejandrina del cristianismo).

Con la caída de Roma, Axum entró en un largo declive paulatinamente reemplazando su espíritu comercial por una identidad más campesina. El eje del poder político se trasladó desde la costa hacia el interior del país y más allá, a las altas montañas de Abisinia, en el macizo Etíope. Allí, cerca de la población de Kaffa, es que Kaldi, un pastor de cabras, observó cómo su rebaño cambiaba su comportamiento cada vez que comía ciertas bayas rojas que se daban en arbustos silvestres en parches sombríos en las laderas de las montañas. Es allí donde se domesticó y se usó por primera vez el café alrededor del siglo IX y desde donde pasó luego a Mocha, en Yemen, para terminar hoy en otras laderas, similares a las de su origen, en Colombia.

La invasión islámica del norte de África durante el siglo VIII desconectó a Etiopía de la influencia mediterránea que fluía hacia allí desde hacía por lo menos nueve siglos. El efecto a largo plazo fue que Etiopía se convirtió con el tiempo en una isla dentro de África: atada indisolublemente a la tradición monoteísta cristiana y profundamente influenciada por la cultura mediterránea, los etíopes desarrollaron una identidad única y original, tan distante de las de sus vecinos africanos como de las tradiciones mediorientales y mediterráneas que le dieron origen.

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Esta identidad se halla representada en el Kebra Nagast, el Libro de la Gloria de los Reyes de Etiopía, la epopeya del siglo XIV que canta las loas a los soberanos etíopes, y donde se narra la historia de cómo se conocieron la Reina de Saba y el Rey Salomón, el viaje de ésta a Israel y su permanencia en la corte del gran rey de los judíos; se cuenta también cómo, fruto de esta relación, nacería el Emperador Menilek I y su decisión, ya siendo adulto, de rechazar el trono de Israel para gobernar Etiopia; es allí donde se narra que Menilek trajo consigo a Etiopía, a Axum, el símbolo máximo de la alianza de dios con el pueblo elegido: El Arca de la Alianza (se dice que aún se halla en la Capilla del Arca de la Alianza, custodiada día y noche por el guardián vitalicio del arca – la única persona autorizada para verla – y cuyo voto de silencio le impide mencionar nada de su precioso encargo).

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Etiopía, en apariencia tan foránea, tan alejada de nosotros, tan distante culturalmente, tiene más cosas en común con nuestros propios referentes de lo que imaginamos. Por ello no es ni una casualidad ni un capricho que pronto tengamos una Embajada allí.

@Los_Atalayas

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