El Kabre Nagast (o Kebra Nagast, “La Gloria de los Reyes”) es el mito fundacional de la nación etíope. Esta vasta epopeya fue compuesta en el siglo XIV y se erige no sólo como un testimonio literario (fundamental en el desarrollo posterior del idioma amárico), sino como un vehículo de legitimación para la restauración de la dinastía salomónica. La obra consagra al emperador etíope como un descendiente directo del famoso rey Salomón y la Reina de Saba.
En sus páginas se narra la travesía del gran Menelik I, fruto de la unión entre la Reina Makeda de Saba, en Etiopía, y el rey Salomón de Israel, y cómo llevó consigo el Arca de la Alianza desde Jerusalén a las tierras etíopes luego de enterarse del trato indigno que le prodigó Salomón a su madre cuando supo que ésta estaba embarazada. Con este acto Etiopía se estableció como el nuevo “pueblo elegido” de Dios, elevando su identidad a la categoría de heredera de una misión divina. El texto entrelaza elementos bíblicos, textos apócrifos y tradiciones locales, acentuando así la conexión sagrada del país con el linaje salomónico.
En el contexto del feudalismo etíope, el Kabre Nagast no solo se convirtió en un pilar para consolidar el poder monárquico, sino que también articuló un complejo entramado político y social donde la lealtad a la corona y a la iglesia se erguía como un principio rector. El emperador, identificado como el legítimo sucesor de Menelik y Salomón, se concebía como un representante divino en la Tierra, cuya autoridad, inquebrantable, merecía el reconocimiento de todos los nobles.
Desde la restauración de la dinastía salomónica con Yekuno Amlak en 1270, los gobernantes etíopes confiaron tierras a sus leales, los gult lords, quienes fungían como señores feudales y administraban los territorios en nombre del emperador. Este modelo de organización no solo consolidó el poder dinástico, sino que también facilitó el control sobre un vasto territorio, rico en diversidad geográfica y social.
Los gult lords actuaban como puentes entre el emperador y las comunidades locales, asumiendo la responsabilidad de la administración y la defensa de sus tierras a cambio de lealtad y tributos. Aunque esta estructura otorgaba cierta autonomía local, los gult lords estaban bajo la atenta vigilancia del emperador y su corte, quienes se aseguraban de la estabilidad y la lealtad al trono. Así, se establecía una delicada balanza de poder: los señores feudales poseían autoridad sobre sus dominios, pero debían rendir cuentas al emperador, quien, a través del Kabre Nagast, justificaba su autoridad como divina y absoluta.
La iglesia cristiana etíope, por su parte, se hallaba inextricablemente vinculada a la monarquía, apoyando la narrativa de legitimidad que sostenía el linaje imperial como sagrado y su misión de preservar la fe cristiana en todo el reino.
El Kabre Nagast no solo legitimó el poder político de la dinastía salomónica, sino que también le infundió al Estado un sentido de misión religiosa y cultural que se extendió a las campañas de expansión y conversión hacia el sur de Etiopía. De esta manera, la obra justificó la conquista de tierras y la evangelización de grupos locales, permitiendo que la dinastía salomónica integrara a diversas comunidades bajo una identidad cristiana común.
A lo largo de los siglos, la influencia del Kabre Nagast ha perdurado, nutriendo el orgullo nacional y sustentando la lucha por la independencia de Etiopía ante las amenazas externas como la invasión italiana en el marco de la Segunda Guerra Mundial. El Kabre Nagast no solo definió la esencia de la monarquía etíope, sino que configuró la identidad de toda una nación, que, hasta el siglo XX con Haile Selassie I, vio en sus emperadores la encarnación de un linaje sagrado y el cumplimiento de una misión espiritual en el vasto continente africano.