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Aunque no lo diga la FAO

Julián López de Mesa Samudio

10 de febrero de 2022 - 12:01 a. m.

En 2021 las importaciones de papa aumentaron más de un 50% con relación al año anterior y las de café, hasta septiembre del año pasado, habían superado las 73.000 toneladas. En 2020 el país importó más de 250.000 toneladas de azúcar a pesar de tener una producción excedentaria. Papas, café y azúcar son tres productos tan asociados a nuestra historia agrícola que incluso se encuentran firmemente engranados en nuestra cultura y son parte esencial de nuestra identidad nacional. Tres productos esenciales que hoy importamos, al igual que un número creciente de alimentos.

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El reporte Hunger Hotspots FAO-WFP: early warnings on acute food insecurity. February – May 2022 (”Puntos neurálgicos para el hambre FAO-WFP: alertas tempranas frente a la inseguridad alimentaria aguda. Febrero – mayo 2022″) publicado el pasado 26 de enero por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO por sus siglas en inglés), que fue profusamente discutido la semana pasada en medios de comunicación e impugnado por el actual gobierno (aunque al momento de escribir estas líneas sigue publicado, sin modificaciones, en la página oficial de la FAO), destaca a tres países de América: Haití, Honduras y Colombia – quizás por primera vez en nuestra historia –, como algunos de los países con más alto riesgo de padecer una crisis alimentaria aguda en los próximos meses.

Colombia se ha ido haciendo, paulatinamente, dependiente de alimentos producidos por otros, de la fragilidad de los mercados internacionales y de vicisitudes externas frente a las cuales el país no tiene ningún control. La actual crisis económica, la pandemia, sucesivas cosechas por debajo del promedio de producción y la inestabilidad sociopolítica son algunos de los factores que han desencadenado la situación, según el informe. Sin embargo, no son las únicas causas que tienen a Colombia, un país naturalmente privilegiado (sin estaciones, lo que permite cultivar durante todo el año y con todos los pisos térmicos disponibles) para producir alimentos y con una rica tradición campesina, a las puertas de tener a 7.3 millones de sus habitantes (dentro de los que se encuentran 1.1 millones de venezolanos) en inseguridad alimentaria extrema.

La depreciación del peso frente al dólar, el alza en los precios de los combustibles y los altos precios internacionales de las materias primas son procesos en curso y es probable que continúen e incluso se acentúen en los próximos meses, afectando negativamente el poder adquisitivo en un país altamente dependiente de las importaciones. Pero, independientemente del reporte, para cualquier persona que haya comprado alimentos en los últimos meses ha sido patente cómo estos han ido subiendo progresivamente. Y no es casual esta percepción: la canasta básica aumentó en más del 18% en 2021 y en enero de este año ya subió otro 3.79%.

Lo cierto es que, si Colombia no empieza a fomentar la producción local para el consumo local y a tener una política agrícola seria, cimentada en la soberanía alimentaria, el hambre se cernirá acechante y siempre peligrosa sobre millones de colombianos para quienes un aumento de tan sólo mil pesos en la carne les puede representar comer o no comer carne…

Queda claro que la seguridad alimentaria es un riesgo, y este riesgo patente no se soluciona impugnando informes bien documentados – como si el crecimiento, evidente, del hambre fuera una mentira –, sino pensando políticas agrarias decididas para la Nación.

@Los_Atalayas

Atalaya.espectador@gmail.com

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