Cada 16 de junio se celebra el Bloomsday. Desde la publicación de Ulises de James Joyce en 1922, todos los años miles de personas salen a las calles de Dublín, se visten como personajes de principios del siglo XX, leen en voz alta fragmentos del libro y siguen las rutas imaginarias de Leopold Bloom. Desde hace más de 100 años esta es una de las pocas fiestas del mundo dedicada no a un héroe, ni a una batalla, ni a una independencia, sino a una novela. A una novela difícil.
Tal vez demasiado complicada.
El día que cumplí 30 años empecé a leer Ulises de James Joyce. Tardé cinco meses en lograrlo y no fue nada fácil. Es un libro muy difícil pues es prácticamente imposible leerlo en un idioma que no sea el original debido al uso constante y novedoso de onomatopeyas y otras figuras literarias imposibles de traducir. Su dificultad no se halla solamente en la obsesión de Joyce en traducir el lenguaje musical al lenguaje literario, sino también en la complejidad que significa reinterpretar toda la Odisea al contexto de Dublín, en Irlanda, y en adaptar un viaje épico de años en la obra griega original, a la cotidianidad de un solo día en la vida de Leopold Bloom (Ulises).
Empero, hay una pregunta incómoda que ronda cada celebración de Bloomsday: ¿cuántos de los que hoy la celebran la han terminado realmente? Sospecho que menos de los que admiten. Y no pasa nada: yo lo logré porque era joven, tenía el tiempo y las posibilidades y me lo impuse, desde el principio, como una tarea. Menos mal lo hice porque la grandeza de ciertos libros no reside únicamente en ser leídos de principio a fin, sino en existir como una posibilidad.
La modernidad nos convenció de que el valor de una obra depende de su accesibilidad. Si no se entiende rápido, si no se resume en un hilo de redes sociales o en un video de tres minutos, algo debe estar mal. Joyce propuso exactamente lo contrario. Su novela es una defensa radical de la complejidad humana. No de la complejidad artificial de quien quiere impresionar, sino de la verdadera: la de una mente que recuerda, imagina, se distrae, fantasea, se contradice y vuelve sobre sí misma mientras intenta atravesar un día cualquiera. Desde sus primeras páginas, Ulises deja claro que la conciencia no avanza en línea recta. Y he aquí buena parte de la complejidad de la novela: la aleatoriedad del tren de pensamiento humano retratado en toda su dimensión en muchos de los acápites de la novela –aunque sin llegar a los extremos de Finnerans Wake–, es de tal entidad que cuesta mucho seguir la trama narrativa: sucede en la novela como nos sucede constantemente en nuestras cotidianidades.
Por eso resulta tan extraño que una época obsesionada con la autenticidad tenga tan poca paciencia para los libros difíciles. Queremos profundidad, pero instantánea. Queremos sabiduría, pero comprimida. Queremos haber leído a Joyce sin pasar por Joyce.
Bloomsday es, en el fondo, una pequeña rebelión contra esa lógica. Nos recuerda que algunas experiencias importantes exigen tiempo. Que hay obras cuyo sentido no aparece en la primera lectura. Ni en la segunda. Ni siquiera en la tercera. Que el esfuerzo intelectual no es un obstáculo para el placer, sino una de sus formas más refinadas.
Además, hay algo profundamente democrático en Ulises. Su protagonista no es un rey, ni un general, ni un millonario. Es un hombre común que camina por la ciudad, desayuna, conversa, recuerda y se equivoca; su cotidianidad, es como la de todos y en sí misma contiene profundidad, desazón, aventura… Joyce convirtió la vida ordinaria en una épica. Encontró en un solo día la misma densidad que otros escritores buscaban en las guerras o en las coronaciones.
Quizá por eso seguimos celebrándolo más de un siglo después. Porque en una cultura que nos empuja a pasar rápidamente de una cosa a otra, Ulises insiste en una idea casi subversiva: prestar atención. Y tal vez no haya acto más revolucionario hoy que detenerse lo suficiente para comprender algo difícil.