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Muy controversial, por decir lo menos, ha sido la orientación que le está dando el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, a su política social y criminal. Una legislación penal draconiana se ha estado aplicando a rajatabla desde hace más de un año y hay que decir que los resultados de dichas medidas, criticadas por los defensores de derechos humanos, muchos Estados y ONG, parecen darle la razón en muy poco tiempo –y a costa del horror que causan las imágenes de presos y cárceles en los últimos meses a Bukele (en un solo fin de semana, en marzo de 2022, hubo 87 asesinatos, mientras que en las últimas semanas el presidente puede presumir de que la tasa es prácticamente 0).
Estos resultados “contundentes” en el corto plazo han hecho de Bukele un referente para las derechas en Latinoamérica y una piedra en el zapato para los gobiernos y políticos de otras orientaciones.
Aunque la mano dura bukeliana parece ser una novedad necesaria frente al caos reinante por la violencia sin control de las pandillas en El Salvador, la verdad es que lo que está haciendo Bukele ya ha sido hecho antes y no sólo no ha sido sostenible en el tiempo, sino que ha sido rechazado como una marca vergonzante en sus respectivas historias por las sociedades que en su momento validaron este tipo de medidas.
Hace poco más de dos mil doscientos años, Qin Shi Haungdi se transformaba en el primer emperador de la China y unificaría bajo su égida, después de más de 300 años de feudalismo, caos y guerra civil, el territorio chino. En este contexto de desorden y violencia desbordada, el Emperador instauró el legalismo como la doctrina oficial del Estado.
Según esta doctrina los seres humanos estamos más inclinados a hacer el mal que el bien porque estamos motivados totalmente por el interés propio. Por ello se requieren leyes estrictas para controlar estos impulsos; la moralidad le da paso a la ley y ésta, antes que cualesquiera consideración ética o humanista, ha de ser práctica y garantizar la convivencia y el orden, dentro de una sociedad.
El confucianismo fue especialmente condenado y rechazado por su insistencia en la bondad básica de los seres humanos y su convicción según la cual la gente sólo necesitaba ser guiada hacia el bien para comportarse adecuadamente.
El legalismo hacía un énfasis en la rigidez de los castigos como forma de disuadir a los individuos de salirse del cauce trazado por el Imperio. Marcar la frente con hierro al rojo vivo, la mutilación de nariz y labios o de uno o los dos pies, la castración, el exilio y la muerte se convirtieron en los cinco castigos chinos clásicos gracias al triunfo legalista durante los cortos pero aciagos años de la dinastía Qin. Pero no sólo el infractor de la ley pagaba con alguno de estos castigos: todo su circulo familiar y social era igualmente castigado por no haber denunciado oportunamente al infractor. Es así como en menos de 20 años de gobierno de Shi Huangdi por lo menos dos terceras partes de toda la población china tenía algún tipo de marca corporal como consecuencia de alguna de estas penas.
Los excesos del legalismo hicieron que en el mediano plazo el régimen fuera muy impopular entre el pueblo de la época. Fue tal el traumatismo que causó el legalismo, que con el advenimiento de la dinastía Han se desechó completamente y se abandonó en favor del confucianismo que proporcionó a la cultura china una visión mucho más abarcadora de la humanidad y de cómo las personas podían coexistir pacíficamente.
Para la gran mayoría de chinos y estudiosos de su historia la grandeza de China y su estabilidad por más de dos milenios no se debió al horror que supuso el legalismo, sino al acento en la educación, la moralidad –en todos los ámbitos– y en el humanismo propio del sistema confuciano que, hasta el día de hoy, sigue siendo la cosmovisión prevalente en el alma de China.
