El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

De profesor(a) a docente

Julián López de Mesa Samudio

18 de octubre de 2023 - 09:00 p. m.

El maltrato no es reciente. Comenzó hace ya muchos años, quizás cuando en las instituciones de educación superior, sutil y casi imperceptiblemente, se cambió la palabra ´profesor´ o ´profesora´ por la funesta palabra, ´docente´

PUBLICIDAD

Aunque esta última proviene del latín docere (literalmente, el que enseña), en nuestro medio simplemente significa proletario de la educación y del conocimiento. Mientras que ´profesor´ o ´profesora´ cargan consigo la dignidad que imponía hace ya décadas una tarea de vital importancia para la sociedad, el vocablo ´docente´ despoja al ser humano que realiza la labor fundamental de guiar el proceso educativo de generaciones enteras de dicha dignidad para convertirlo en un asalariado mal pago las más de las veces.

Docente no es quien se empapa muy bien de un tema hasta el punto de poderlo transmitir adecuadamente, ni quien investiga a profundidad hasta volverse un experto o una autoridad en una materia en particular. No, eso era antes, cuando éramos profesores, no docentes. Ahora el docente debe dictar cualquier materia sin importar si la conoce o no (“ponerse la diez” como nos dicen para justificar que dictemos 4, 5 y hasta más asignaturas diferentes cada semestre, ya que al fin y al cabo nos pagan por enseñar); investigar, no por gusto, pasión o conocimiento previo, sino por estrategia: para arañar puntos que sirvan para los escalafones universitarios y no para tratar temas relevantes para la comunidad y que mantengan a la universidad en un diálogo constante con la sociedad.

El docente es también el eslabón más débil dentro de las organizaciones educativas. Nuestros contratos tienen formas que les permiten a las instituciones deshacerse de nosotros fácilmente y dicha amenaza siempre pesa sobre la cabeza del docente. Los directivos, a sabiendas de que la gran mayoría de los profesores lo hacemos por vocación, abusan de nosotros y nos utilizan de chivos expiatorios para justificar sus pésimas decisiones financieras y que tienen a las universidades al borde del colapso. Tan así es que el semestre pasado algunos directivos tuvieron el descaro de acusar públicamente a sus profesores y a sus supuestos altos salarios del exabrupto de la subida desmedida e injustificada de las matrículas.

Read more!

Lo grave es que el “docente” tampoco puede dedicarse (y cada vez menos) a su labor básica de enseñanza pues aterrado por su precariedad laboral ha ido aceptando cada vez más cargas administrativas e incluso de mercadeo para justificar casi al segundo el número de horas de trabajo que tiene en su contrato. Es así como los “docentes” muchas veces gastamos horas valiosas en hacer entrevistas de ingreso (que son ahora una mera formalidad cuyo propósito no es buscar la idoneidad del aspirante, sino averiguar si puede o no pagar la matrícula), o días enteros en llamar aspirantes y prácticamente rogarles que entren a las carreras, organizar diplomados, cursos y proyectos para atraer más capital y un sinfín de tareas diferentes a enseñar y a prepararse. Para esto último no hay tiempo.

Al no tener tiempo para preparar adecuadamente clases (hay universidades que ya ni siquiera contemplan las horas de preparación en la nómina), éstas bajan en calidad y exigencia. Nuestros estudiantes salen cada vez más mal preparados para enfrentar el mundo laboral, pero a las instituciones esto parece no importarles ya que el único propósito del estudiante es servir de combustible humano para que las universidades sigan maquillando indicadores para ser acreditadas y así seguir captando el dinero de las matrículas.

Empero, el andamiaje sobre el que está montada esta vetusta máquina, los ´docentes´, se halla cada vez más afectado. En los últimos años han renunciado decenas de profesores (profesores, no docentes) aburridos, frustrados y defraudados por el manoseo y el abuso, a otros los han echado sin mayores explicaciones, mas allá de “cortar costos” o “alcanzar el punto de equilibrio”, y otros simplemente hemos ido perdiendo la vocación…

Se quedarán por un tiempo más los docentes, hasta que estos tampoco aguanten ser parte del engaño estructural que está sacrificando a una generación entera de estudiantes, que a la larga son quienes están y van a sufrir las consecuencias de que a las universidades ya poco y nada les importen sus comunidades académicas.

@Los_Atalayas

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.