Desde el uso controlado del fuego que hizo posible que un homínido débil y vulnerable pudiese ser la especie dominante entre la megafauna africana hace más de un millón de años; pasando por la domesticación de plantas y animales durante el neolítico, que permitió por primera vez desde el surgimiento de nuestra especie, hace algo más de 300.000 años, que las poblaciones humanas creciesen exponencialmente; hasta la invención de las vacunas y de otras tecnologías relacionadas con la salud que hicieron posible el milagro de aumentar la expectativa de vida mundial de entre 28 y 32 años en el siglo XIX, a los 70 a 73 años en poco más de un siglo… desde que existen seres humanos, la tecnología ha incidido patentemente en el devenir y el destino de estos.
Pero desde la primera revolución industrial, la relación entre la tecnología y la humanidad se ha ido entrelazando al punto que hoy en día dependemos casi completamente de ella. Lo que es quizás más conmovedor y aún menos perceptible es que el tiempo de la tecnología y el tiempo biológico no coinciden: mientras que el tiempo biológico o ´natural´ tiene una progresión aritmética, el tiempo tecnológico se ha ido acelerando y su progresión es geométrica. En otras palabras, los avances tecnológicos se suceden cada vez con mayor rapidez forzando cambios de paradigmas entre las sociedades humanas.
Es así cómo, durante el siglo XX, la tecnología avanzó todo lo que había avanzado los 20.0000 años anteriores; pero hay más: desde el año 2000 hasta el 2020, avanzó tanto como había avanzado los cien años precedentes (o sea, 20.000 años). Esta aceleración exponencial en los cambios tecnológicos permite anticipar que entre los años 2045 a 2100 se producirá un evento conocido como la “singularidad tecnológica” que rasgará por completo el tejido de la historia. Cuando este instante llegue (pues será cuestión de un instante), los cambios se sucederán tan rápido y serán tan revolucionarios que nuestro cerebro será incapaz de reconocer lo que pasará de un instante al otro. Según Nick Bostrom, director del Instituto para el Futuro de la Humanidad de la Universidad de Oxford, cuando ocurra la singularidad se pasará de la invención de la rueda en un segundo, a la invención de la computadora en el siguiente…
ChatGPT es un sistema de inteligencia artificial que ha sido entrenado para generar texto en lenguaje natural a partir de una pregunta o una frase inicial. Se utiliza en aplicaciones de conversación automatizada y puede responder a una amplia gama de preguntas y realizar tareas relacionadas con el texto, como la traducción, el resumen y la generación de respuestas coherentes. Por lo pronto, aún presenta falencias y a veces tiene “alucinaciones artificiales” que en el argot de las ciencias computacionales significa que algunas de sus respuestas son incoherentes y sin sentido alguno. Empero, al momento de escribir estas líneas, ChatGPT ya había pasado el examen estandarizado para adquirir la licencia para ejercer medicina en los Estados Unidos y también habría obtenido un MBA de Wharton Business School.
Las universidades han reaccionado lenta y torpemente a esta revolución, demostrando su anquilosamiento al tratar de evitar que los estudiantes usen esta tecnología. Defienden formas vetustas de hacer academia sin tratar de adaptarse a la transformación dramática que supone ChatGPT. Tampoco intentan ir más lejos y preparar a sus estudiantes y a sí mismas para un futuro cercano completamente distinto al actual, optando, en cambio, por tratar de frenar el meteorito, ya que quizás la llegada de ChatGPT signe el primer tenue resplandor de la singularidad tecnológica despuntando en nuestros horizontes.