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¿El destripamiento o la virtud?

Julián López de Mesa Samudio

09 de julio de 2026 - 12:00 a. m.

En uno de los muchos períodos de inestabilidad que marcaron la milenaria historia sumeria vivió un soberano poderoso, celebrado en los anales de la posteridad no sólo por su afamada piedad, sino, sobre todo, por revolucionar la forma de legitimar el poder en su tiempo.

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Hace más de 4.000 años (2141-2122 a. e. c.), Gudea gobernó la gran ciudad de Lagash y las urbes que dependían de ella en el sur de Mesopotamia. Su época estuvo marcada por el cambio: el desmoronamiento del imperio fundado por Sargón de Acad más de un siglo atrás, las invasiones de los gutis provenientes de las tierras altas del este, la fragmentación del poder político y el consiguiente ascenso de poderosos gobernantes regionales.

En ese contexto, el conflicto y la guerra eran moneda corriente. La fuerza, la violencia e incluso la crueldad constituían la norma: imperaba la ley del más fuerte. Los gobernantes de Sumer y Acad, de las legendarias ciudades-estado mesopotámicas, vivían en guerra constante entre sí y construían su legitimidad mediante la violencia. Se ufanaban de sus victorias tallando en piedra, con orgullo y suficiencia, un legado que repetía invariablemente las mismas fórmulas: «Yo conquisté». «Yo destruí». «Yo esclavicé». «Yo expandí mis fronteras». «Yo hice que las naciones se inclinaran ante mí». El poder político se legitimaba desde una concepción de la fortaleza asociada a la arrogancia, la inflexibilidad y el exterminio de los enemigos. En ese contexto, la justicia era poco más que la venganza ejercida contra cualquier oposición al gobernante de turno. Algunos soberanos particularmente exitosos, como Shulgi, incluso decidieron convertirse en dioses vivientes para demostrar que su poder era infinito, imbatible e incuestionable.

Gudea, sin embargo, gobernó de otra manera. De una forma que nunca antes se había visto: decidió presentarse como un soberano piadoso y justo, sometido, él mismo, a normas morales inquebrantables.

No necesitó proclamarse soberano de un imperio universal. En cambio, fundamentó su legitimidad en el servicio a los dioses y a sus súbditos, es decir, en el cumplimiento de la misión para la cual Ningirsu, dios tutelar de Lagash, lo había escogido. Su autoridad emanaba del orden, de la abundancia compartida, de la justicia, de la construcción, de la corrección ritual y de la aprobación divina.

Por eso sus inscripciones difieren profundamente de las de la mayoría de los reyes de su tiempo. No están dominadas por el terror ni por la conquista, sino por la construcción, la purificación, la humildad y el trabajo orientado al bienestar de sus gobernados.

Así, Gudea se convirtió en uno de los gobernantes más singulares de toda la Antigüedad. Mientras la mayoría de los reyes deseaban ser recordados como conquistadores, él quiso ser recordado como un servidor. En lugar de perpetuarse mediante la fórmula sacramental de su época —«Tuve éxito porque conquisté»—, Gudea afirmó, célebremente: «Tuve éxito porque escuché».

El verdadero protagonista de su historia no es Gudea, sino sus obras. Sus estatuas transmiten una autoridad serena, no un poder violento; expresan piedad, con las manos entrelazadas en actitud de oración ante los dioses, y una serenidad que refleja un alma reflexiva y justa.

En las inscripciones que mandó elaborar para conmemorar su gobierno, el monarca afirma que «las deudas fueron atendidas; los conflictos disminuyeron; la justicia fue restaurada; las personas más vulnerables fueron protegidas»; y aunque es imposible saber si todas estas afirmaciones fueron literalmente ciertas, lo verdaderamente importante es el ideal que expresan. El gobernante no es el guerrero más poderoso, sino quien preserva la armonía. En ese sentido, el puño de hierro termina siendo siempre menos eficaz que la misericordia. Este planteamiento refleja un profundo principio sumerio: el gobernante existe para preservar el orden divino en la sociedad, no para engrandecer su propia fama y fortuna.

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La implicación es notable: el poder, por sí solo, no basta. El gobernante debe hacerse digno de él. Y esa dignidad es precisamente lo opuesto al ejercicio ilimitado y desmesurado del poder.

Más de 4.000 años después, esa es la razón por la que Gudea sigue pareciendo distinto de la mayoría de los reyes de la Antigüedad. La voz que nos ha llegado de él no es, ante todo, la de la dominación, sino la de la reverencia, la justicia y el gobernante entendido como servidor y protector de los justos. Su nombre todavía se recuerda hoy, mientras que cientos de gobernantes guerreros fueron olvidados pese a sus esfuerzos por eternizarse mediante la fuerza, porque eligió ejercer el poder desde la virtud y la moralidad. Quizá fue el primero en intentar esa fórmula, aun cuando resultaba profundamente impopular en el mundo que le tocó gobernar.

@Los_Atalayas

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