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Atalaya

“¡Dios lo ha querido!”

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Julián López de Mesa Samudio
16 de julio de 2026 - 05:05 a. m.
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Uno de mis primeros intereses históricos fueron las Cruzadas. Recuerdo haber leído con fruición, durante mi adolescencia, hace ya unas cuantas décadas, los maravillosos libros de Steven Runciman, en los que se narran los acontecimientos que rodearon uno de los procesos históricos que cimentaron ese concepto tan difuso y problemático que es la llamada “identidad Occidental”.

El llamamiento a la Primera Cruzada, realizado por el papa Urbano II en Clermont el jueves 27 de noviembre de 1095, es uno de los hitos más importantes de la cristiandad y de la historia de Occidente. Según la tradición, en el clímax de su discurso alguien gritó: “¡Dios lo ha querido!”, lo que condujo a los oyentes a una suerte de paroxismo místico. Aquel grito se transformaría en consigna y justificación: en la frase que validaría, a los ojos de Occidente, cualquier horror cometido con tal de alcanzar el objetivo.

El 15 de julio de 1099 –hace exactamente 927 años–, después de cinco semanas de asedio, los cruzados atravesaron las murallas negras de Jerusalén. Habían llegado convencidos de que recuperarían la ciudad sagrada de Cristo. Lo que siguió fue una carnicería. Musulmanes y judíos fueron asesinados, capturados o vendidos; algunos lograron huir y otros sobrevivieron gracias a rescates o pactos particulares. Las cifras medievales —70.000 muertos, según una tradición árabe— son inverosímiles, pero la exageración numérica no borra la realidad: hubo una matanza, celebrada por sus vencedores como un triunfo de la fe (“¡Dios lo ha querido!”).

Raimundo de Aguilers escribió que, en la mezquita de al-Aqsa, la sangre llegaba hasta las rodillas. Evocaba el Apocalipsis y convertía la sangre humana en signo de justicia divina. Tancredo, por su parte, entregó su estandarte a quienes se refugiaron en el recinto sagrado, prometiéndoles protección; al día siguiente, otros cruzados los mataron. Tancredo se habría indignado, menos por humanidad que porque habían deshonrado su palabra. Una carta judeoárabe cuenta cómo los judíos de Ascalón reunieron dinero para rescatar cautivos y recuperar rollos de la Torá saqueados en Jerusalén…

Después de la conquista, los cristianos, todavía cubiertos de sangre, acudieron al Santo Sepulcro para llorar, rezar y agradecer. Esa secuencia —procesión, matanza y liturgia— nos resulta monstruosamente contradictoria. Para ellos no lo era. La Primera Cruzada había unido guerra, peregrinación y penitencia: quien marchaba por devoción podía recibir remisión de las penas debidas por sus pecados. Matar al enemigo de Dios podía ser presentado, paradójicamente, como un acto de obediencia y hasta de amor.

Los cruzados actuaron de acuerdo con una teología que había sacralizado la violencia. Creían que Jerusalén estaba cautiva, que los cristianos orientales debían ser auxiliados y que el papa podía convertir una campaña militar en penitencia armada. El enemigo dejó de ser una persona para convertirse en obstáculo de la salvación. Cuando la historia se divide entre elegidos y réprobos, la compasión parece traición y la crueldad se viste de virtud.

La doctrina católica no permaneció inmóvil, aunque su transformación fue lenta, contradictoria y, con frecuencia, empujada por catástrofes que la Iglesia tardó siglos en reconocer. El Concilio Vaticano II afirmó en Dignitatis humanae que nadie debe ser obligado a actuar contra su conciencia en materia religiosa. Juan Pablo II promovió una “purificación de la memoria” y pidió reconocer las faltas cometidas por cristianos. El catecismo terminó declarando inadmisible la pena de muerte, y Francisco ha descrito la guerra como fracaso de la política y de la humanidad. En Fratelli tutti incluso se pregunta por qué la Iglesia tardó tanto en condenar inequívocamente diversas formas de violencia.

El cambio es profundo: de una Iglesia que podía bendecir la conquista de una ciudad y ofrecer beneficios espirituales a sus combatientes a otra que reconoce la libertad religiosa, la dignidad del adversario y la necesidad de arrepentirse por los pecados históricos de sus hijos. Esto no significa que el catolicismo haya quedado vacunado contra el fanatismo: persisten integrismos, nacionalismos religiosos y nostalgias de cristiandad.

El espejo contemporáneo aparece en ciertas corrientes fundamentalistas evangélicas y pentecostales. Conviene subrayar “ciertas”, ya que ese universo es diverso, descentralizado y contiene comunidades dedicadas a la reconciliación, la asistencia social y la defensa de los vulnerables. Pero en algunos sectores se repite una estructura mental conocida: lectura bíblica sin contexto, división del mundo entre hijos de Dios y agentes de Satanás, pastores convertidos en intérpretes infalibles, políticos presentados como “ungidos” y conflictos sociales reducidos a una guerra espiritual.

En Colombia, la movilización de algunas iglesias durante el plebiscito de paz de 2016 mostró la eficacia política de expresiones como “ideología de género”, capaces de transformar acuerdos complejos en una batalla entre familia cristiana y corrupción moral. El problema no es que los creyentes participen en política —tienen pleno derecho—, sino que algunos dirigentes presentan sus preferencias como mandatos de Dios. En ese momento, el contradictor deja de estar equivocado: se convierte en enemigo espiritual.

La comparación con 1099 tiene límites evidentes. Las iglesias pentecostales y evangélicas actuales no están asediando Jerusalén ni promoviendo, como regla general, matanzas religiosas. Su violencia suele ser verbal, simbólica, electoral o jurídica: estigmatiza minorías, niega derechos, convierte la diferencia en amenaza y justifica líderes autoritarios porque supuestamente defienden el orden querido por Dios. Los cruzados no comenzaron hundiendo espadas; comenzaron creyendo que Dios había dividido el mundo entre quienes lo merecían y quienes podían ser borrados de él.

La certeza religiosa se vuelve peligrosa cuando elimina la duda, la conciencia y la misericordia. La Iglesia católica necesitó siglos para aprenderlo y aún debe recordarlo. Las iglesias evangélicas y pentecostales, precisamente por su crecimiento y poder público, enfrentan ahora una responsabilidad semejante: decidir si la fe será límite del poder o combustible de la conquista. Porque cuando alguien afirma que Dios está de su lado, la primera víctima suele ser el prójimo.

@Los_Atalayas

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