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Más de sesenta años antes del arribo de Colón a tierras americanas la flota más grande que el mundo hubiese visto hasta ese momento atracaba en Mombasa, la pudiente ciudad construida enteramente con piedra de coral (propia de las grandes ciudades Estado del litoral que va desde Somalia hasta Mozambique). Semanas más tarde, los gigantescos barcos dragón y demás buques comandados por Zheng He, el almirante eunuco enviado por el emperador Yongle, tercer soberano de la Dinastía Ming, fondearían también en Mogadishu y Malindi, donde el sultán le entregaría al almirante una jirafa junto con otros presentes que llegarían a China, meses más tarde, y maravillarían al emperador y a su corte.
Empero, la lengua que Zheng He escuchó en aquellas costas de finas arenas blancas no le había sido del todo desconocida, ni el fasto y sofisticación de sus gentes lo habían tomado por sorpresa. Desde hacía siglos los vocablos melodiosos del suajili recorrían las rutas de comercio del Océano Índico y las gentes de estas costas eran reconocidas por sus construcciones de piedra de coral, su metalurgia y su habilidad comercial. El idioma – de origen bantú con muchos aportes árabes y también del portugués y otras lenguas europeas – era una de las lenguas francas del comercio transoceánico y de la famosa Ruta de la Especias.
Por setecientos años, hasta el siglo XVII, la cultura suajili se expandió por los confines del Océano Índico contribuyendo grandemente a la consolidación de la Ruta de las Especias: la ruta marítima que conectaba las islas tropicales que separan el Océano Índico del Pacífico con los litorales del sudeste asiático, las costas de la India, el Golfo Pérsico, el Hadhramaut en el sur de la Península Arábiga, y las paradisíacas playas de Zanzíbar, las Islas Mauricio, Madagascar y las Comoras; aquella ruta de litorales por siglos llevó pimienta y otras especias – quizás las materias primas más valiosas en el mundo por casi quinientos años – desde el Índico al Mediterráneo a través del Mar Rojo, y su comercio era tan lucrativo que portugueses y españoles llegaron, sin quererlo, a América tratando de abrir otras rutas que les permitiesen acceder a sus riquezas.
Suajili es una palabra que se deriva del vocablo árabe sahil que significa “costa” o “playa”, por lo que “suajili” literalmente significa “las gentes de las costas”. El suajili (Kiswahili para sus hablantes) es la lengua nativa de casi cien millones de personas y ocupa un lugar destacado como la lengua franca de más de doscientos millones, por lo que se encuentra entre los primeros idiomas africanos que han sido objeto de aplicaciones de tecnología del lenguaje. Estas aplicaciones abarcan desde correctores ortográficos y etiquetado de partes del discurso, hasta software de aprendizaje de idiomas, un diccionario electrónico y herramientas de traducción automática entre suajili e inglés.
El avance de la tecnología del lenguaje también consolida la posición del suajili como un medio de comunicación moderno, pues es una lengua muy rica y expresiva, con una gran variedad de palabras y estructuras gramaticales. También es una lengua muy musical que facilita la poesía y otras expresiones literarias. No en vano buena parte del soukous que llegó a nuestra costa Caribe en los años Ochenta y que sería la base de nuestra champeta viene del litoral de África oriental y está compuesto en suajili.
Por eso para este año nuevo es de aplaudir no sólo el interés de Colombia y de algunas de sus instituciones educativas en la enseñanza del suajili y en las oportunidades empresariales, laborales y comerciales que ello trae aparejado, sino también en generar vínculos estables y duraderos con buena parte de África; un continente que no sólo hace parte del pasado y de la historia común de todos nosotros los colombianos, sino que se perfila como la tierra de oportunidades y del futuro, no ya de Colombia, sino de buena parte del mundo.
