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Heliogábalo reencarnado

Julián López de Mesa Samudio

06 de febrero de 2026 - 12:05 a. m.

Heliogábalo fue emperador romano entre los años 218 y 222 EC., y accedió al poder siendo apenas un adolescente. Sacerdote del dios solar El-Gabal antes de llegar a Roma, intentó imponer este culto por encima de las divinidades tradicionales, despreciando al Senado y a las costumbres imperiales. Su corto reinado estuvo marcado por decisiones erráticas, escándalos y una concepción del poder como espectáculo personal. Entre las anécdotas más célebres —recogidas por cronistas como Herodiano y la Historia Augusta— se cuenta que en un banquete hizo caer desde el techo una lluvia tan abundante de pétalos de rosa que algunos invitados habrían muerto asfixiados, una imagen perfecta, real o exagerada, de un gobierno donde el exceso, el capricho y la desconexión con la realidad sustituyeron al arte de gobernar.

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Su figura suele presentarse como una aberración individual, como si Roma hubiera sido una república moralmente sana súbitamente corrompida por un adolescente caprichoso y enajenado. Pero Heliogábalo fue, ante todo, un síntoma. Su reinado breve y grotesco ocurrió en un Imperio ya fatigado, atravesado por crisis militares, inflación, pérdida de legitimidad institucional y una profunda sensación de agotamiento civilizatorio.

En ese contexto, el ascenso de un emperador loco que gobernaba como si el poder fuera un escenario personal no fue una anomalía, sino una consecuencia lógica. Cuando las instituciones dejan de ordenar la vida colectiva, el poder se vuelve teatral. Cuando el futuro se percibe incierto, el presente se llena de excesos. Heliogábalo no inventó la decadencia romana: la encarnó. La decadencia no empezó con él; simplemente se volvió visible, obscena, imposible de disimular.

Ese mismo patrón resulta inquietantemente reconocible hoy. Los liderazgos escandalosos contemporáneos no emergen en sociedades estables, confiadas y cohesionadas, sino en democracias erosionadas, atravesadas por desigualdad, el miedo, la frustración y, sobre todo, la desconfianza. Donald Trump no aparece en una Estados Unidos triunfante, sino en un país polarizado, con una clase media resentida y una profunda crisis de representación. Javier Milei surge en una Argentina exhausta, empobrecida, descreída del Estado y harta de promesas incumplidas. Gustavo Petro llega al poder tras décadas de violencia, exclusión y un sistema político anquilosado, vetusto y corrupto. Nayib Bukele se consolida en una sociedad traumatizada por el crimen y el abandono estatal. Vladimir Putin emerge de los escombros del colapso soviético. Hugo Chávez y luego Nicolás Maduro se afianzan tras la implosión de un sistema rentista agotado. No son causas primeras: son productos de un tiempo oscuro.

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Como Heliogábalo, estos líderes gobiernan desde la ruptura constante. Desprecian las formas, relativizan las reglas y convierten el escándalo en un método. No porque sean simplemente excéntricos o perversos, sino porque el escándalo funciona cuando el orden previo ya no convence. En épocas de decadencia la moderación parece impotente y la mesura suena a complicidad. El exceso, en cambio, se percibe como acción. El insulto se confunde con sinceridad. La arbitrariedad se disfraza de decisión. Así como Roma toleró —y por momentos celebró— a un emperador que humillaba sus propias tradiciones, hoy muchas sociedades aceptan líderes que degradan deliberadamente el lenguaje, la legalidad y la convivencia.

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En Roma el poder se volvió indistinguible del vicio. La política dejó de ser una herramienta para organizar la comunidad y pasó a ser una extensión de los impulsos del gobernante. Algo similar ocurre cuando líderes actuales convierten el Estado en un reflejo de sus obsesiones, resentimientos o pulsiones autoritarias. El problema no es solo ético; es estructural. Cuando el poder se personaliza de ese modo, deja de ser corregible. Todo límite se percibe como traición, toda crítica como conspiración.

La decadencia, tanto entonces como ahora, no se expresa sólo en la cima del poder. Se filtra hacia abajo. En Roma, la corrupción, el cinismo y la violencia cotidiana acompañaron la degradación imperial. Hoy, la normalización del insulto, la mentira sistemática y la deshumanización del adversario político son signos de una fatiga política más amplia. Los líderes viciosos no crean ese clima: lo aprovechan. Son su expresión más concentrada y, a la vez, su acelerador, pues en tiempos luminosos, los viciosos resultan marginales, mientras que en tiempos oscuros, gobiernan.

@Los_Atalayas

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