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Hace varios años, mientras paseábamos a nuestra hija de pocos meses por un parque nos ocurrió algo insólito. Un golden retriever que jugaba despreocupado con otros perros, decidió de pronto interrumpir su diversión para posar las patas delanteras en el coche y regalarle a la bebé un sonoro lengüetazo en pleno rostro, para después regresar alegremente donde su dueña. Atónitos, mi esposa y yo dirigimos a la dueña un reclamo que consideramos legítimo, pero la respuesta de ella fue aún más sorprendente: con incredulidad y un tono casi ofendido, nos aseguró que su perro era sumamente cariñoso y que solo había expresado afecto a nuestra hija. Su indignación ante nuestra molestia ejemplificó claramente una paradoja contemporánea: la pérdida creciente de sensibilidad y empatía humana, encubierta bajo la aparente dulzura con los animales domésticos.
En efecto, vivimos tiempos donde la soledad y la desconexión emocional se maquillan bajo relaciones exacerbadas con las mascotas. La sociedad actual, en su hiperindividualismo, ha promovido un amor tan desbordado hacia perros y gatos que ya no se limita al hogar, sino que invade restaurantes, supermercados, iglesias y hasta hospitales, bajo la etiqueta de “petfriendly”. Esta supuesta amabilidad hacia las mascotas termina incomodando a muchos visitantes humanos e incluso a los mismos animales, que quedan expuestos a contextos claramente inapropiados para su naturaleza. La comodidad parece reservada únicamente para el dueño, cuya actitud egoísta se impone por encima del bienestar común y el de su propia mascota.
No sorprende que, para muchos individuos, sus mascotas hayan sustituido la necesidad de relaciones humanas. Al fin y al cabo, con un perro o gato no es necesario negociar afectos, actitudes o límites; son vínculos unilaterales donde se impone sin resistencia el modo particular de amar del dueño. Con una mascota incluso el abuso puede quedar impune porque el animal siempre regresará en busca de cariño. Esto contrasta dramáticamente con las complejidades y exigencias emocionales que implica relacionarse con otros humanos.
Humanizar perros no es sólo una extravagancia sino un acto profundamente cruel. Obligarlos a vestir prendas incómodas, exponerlos a higienes excesivas, someterlos a dietas caprichosas o enseñarles hábitos antinaturales, como usar un sanitario, constituye una agresión directa a su identidad animal. Aunque estas prácticas nazcan de supuestas buenas intenciones, terminan afectando gravemente el equilibrio emocional y físico del perro, causando estrés, inseguridad, ansiedad y trastornos de comportamiento. Las consecuencias incluyen desde obesidad hasta conductas agresivas derivadas de una falta de límites coherentes y adecuados.
Vale la pena recordar que el perro fue el primer animal domesticado por nuestra especie y comparte una historia evolutiva fascinante con nosotros. Hace aproximadamente 30.000 a 40.000 años, durante el Pleistoceno tardío, en las condiciones más extremas de precariedad y adversidad que se vivieron en el último máximo glacial, manadas de lobos grises primitivos se aproximaron voluntariamente a las hogueras humanas atraídos por nuestros restos de comida, dando origen a una relación simbiótica única. La domesticación generó un fenómeno conocido como “síndrome de domesticación”, caracterizado por rasgos como mayor docilidad, orejas caídas, variabilidad en el color del pelaje y cambios estructurales en cráneo y rostro. Estas características, evidentes en razas modernas como el Beagle o el Labrador, surgieron a partir de una selección artificial que buscaba animales dóciles y adaptables al entorno humano, fortaleciendo así nuestro vínculo emocional. Pero este vínculo jamás debe confundirse con una licencia para humanizar.
Evitar la humanización implica respetar a nuestras mascotas como animales, atender sus necesidades específicas y establecer fronteras consistentes. Este respeto no resta afecto ni atención sino todo lo contrario: amplía nuestra comprensión del amor hacia ellas, reconociéndolas plenamente en su propia naturaleza y brindándoles así un verdadero bienestar sin necesidad de imponérselas a las demás personas.
