En octubre de 2003 nació mi hija. En aquel entonces llevaba menos de un año viviendo en Toronto, Canadá; tenía 27 años y mi esposa, 23. Como muchos colombianos, estudiaba con mucha dificultad y trabajaba como portero en unas residencias universitarias los fines de semana. De medianoche a ocho de la mañana, entre semana, limpiaba baños en una de las bibliotecas y en otros edificios del campus, para pagar mis estudios y sostener a mi joven familia.
Toronto es una de las ciudades más multiculturales que existen y, en mi trabajo de portero, pude conocer y compartir con personas de todas partes del mundo. En la portería principal —yo hacía parte de la rotación de la portería auxiliar— trabajaban muchos indios y paquistaníes. Javed Iqbal era uno de ellos. Era un hombre bajito, de mediana edad, cuyo acento era espeso, aunque hablaba muy poco con los demás. Javed era un musulmán muy devoto y fue la primera persona que vi hacer sus oraciones diarias en el suelo al lado de la portería, sobre una esterilla que cargaba siempre consigo.
Nadie se metía con Javed por su rigidez y seriedad, pero sobre todo porque, en el contexto de los meses posteriores al 11 de septiembre de 2001, la vida para un musulmán en Norteamérica no era nada fácil. El trato que le prodigaban los demás era frío; a veces, francamente hostil o burlón. A sus espaldas le decían “el terrorista” y prácticamente nadie se acercaba a él. He de decir que yo tampoco era su amigo: a lo sumo lo saludaba y me despedía cuando nuestros turnos se cruzaban.
Con mi esposa vivíamos en un solo espacio diminuto de 25 metros cuadrados. Dormíamos en una colchoneta sencilla en el suelo y teníamos dos juegos de platos y dos juegos de cubiertos. No mucho más. Éramos pobres, pero también jóvenes y llenos de optimismo y energía. En ese entonces viajar era más difícil y ni mi suegra, ni mi mamá, ni ningún familiar pudo acompañarnos en el embarazo ni en el parto. Estuvimos solos muchos meses.
Solos tomamos un taxi cuando las contracciones se hicieron continuas y regulares, y solos recibimos a Eva cuando nació. Regresamos a nuestro pequeño hogar esa misma tarde y tuvimos que volver al hospital más tarde esa noche, pues la bebé no paraba de llorar y no sabíamos qué hacer. Allí, en la sala de espera, una enfermera se compadeció de nosotros, nos regaló un pequeño tetero y nos explicó que la niña lloraba por hambre, pues la leche materna tarda unas horas en producirse. A pesar de que habíamos leído cuanto libro estuvo a nuestro alcance, no teníamos idea de esto. Estábamos tan solos. Teníamos tan poco. Colombia y la familia estaban tan lejos…
Unos días después, al pasar por la portería principal rumbo a mi turno de medianoche, Javed —quien estaba de turno esa noche— me felicitó por mi hija recién nacida y, tímidamente, me contó que él tenía cuatro hijos y que quizá algunas de sus cosas de bebé podrían servirme. Al decirle dónde vivíamos me dijo que él vivía cerca y que me las llevaría pronto.
Ese sábado temprano nos despertó el timbre. Cuál no sería nuestra sorpresa al ver a Javed, sonriente, al lado de un pequeño furgón que había alquilado y con el que nos había traído maletas colmadas de ropa de recién nacido, mantas, juguetes y demás enseres para varios meses. El primer coche, con el que sobrevivimos nuestro primer invierno como padres neófitos, nos lo regaló Javed Iqbal. Mucho más tarde me enteré de que vivía al otro extremo de la ciudad.
Nunca nadie tan ajeno a mí, casi un extraño, ha tenido un acto de generosidad tan grande conmigo. Y menos aún en un momento tan crítico de escasez, soledad e inexperiencia. Lo hizo un musulmán profundamente devoto. Lo hizo con alguien ajeno a su fe, a su cultura, a su contexto.
La humanidad es una, se crea en lo que se crea.