La desilusión cae como un baldado de agua fría: es repentina, pasma los sentidos y la razón por unos instantes, y deja un recuerdo de incomodidad y desasosiego que perdura por mucho tiempo. La semana pasada, una persona que ostenta —y ha ostentado— cargos de poder en el sector público y privado, y a quien yo tenía como un ejemplo de humanismo y virtud (a pesar de haberse ido acercando poco a poco al lodazal de la política), me hizo cambiar, tras un intercambio de unas cuantas líneas, toda mi percepción sobre él. La desilusión fue completa.
Su respuesta a un par de preguntas que le hice fue, en principio, condescendiente; luego, abiertamente irrespetuosa, pues asumió —a partir de esas preguntas— que yo era su detractor, su opositor, su enemigo ideológico y político. En nuestro intercambio fue incapaz de superar ese prejuicio que él mismo se creó y, por ello, ni siquiera se dio cuenta de que yo estaba esencialmente de acuerdo con su postura y de que mis preguntas eran sólo eso: preguntas. En vez de reconocer a un aliado, vio en mí a un enemigo que lo cuestionaba, que dudaba de él, que lo atacaba, y se radicalizó, mostrando una faceta mucho más cercana a la bajeza de la política que a la elevación del humanismo.
Me impactó profundamente, pues jamás lo esperé. ¿Por qué la transformación? ¿Cómo una persona buena, generosa, abierta y moderada —un líder virtuoso— se transforma en un ser mezquino, sectario, irreflexivo, incapaz de recibir críticas, ni reales ni imaginadas, ni cuestionamiento alguno? ¿Qué es lo que pervierte a alguien al punto de aislarlo tanto de las realidades como de las personas? El poder. Y el ansia de poder político es, quizás, la peor de todas las drogas. Pervierte, consume, destruyen relaciones y conducen inevitablemente a la corrupción y al aislamiento.
En Masa y poder, Elías Canetti ofrece una comprensión radical de este fenómeno que hoy llamamos paranoia del poder. No se trata de una enfermedad individual ni de una anomalía histórica: el poder obliga a sospechar, a vigilar y a aislarse.
Para Canetti, el núcleo del poder se encuentra en la figura del superviviente. El poderoso es aquel que permanece en pie mientras otros han caído: enemigos vencidos, rivales eliminados, subordinados sometidos. Esta supervivencia, lejos de producir seguridad, genera una situación paradójica: cada superviviente adicional se convierte en una amenaza potencial. Aquí se origina la lógica paranoide del poder. El poderoso no puede dejar de vigilar porque su posición depende de que no surja otro superviviente capaz de reemplazarlo. El miedo no desaparece con el triunfo; se intensifica. El poder es una condición precaria que exige confirmación constante. Por eso se prefiere al adulador —potencialmente traicionero— antes que al aliado cuya voz es crítica.
Esta intuición de Canetti converge con observaciones de la psicología política contemporánea que muestran que el ejercicio prolongado del poder tiende a aumentar la percepción de amenaza y la desconfianza interpersonal (Keltner, The Power Paradox). El poderoso ve peligros donde otros ven diferencias.
Este mecanismo explica por qué el poder paranoico necesita enemigos constantes. Richard Hofstadter describió este fenómeno como el estilo paranoide en política: una forma de pensamiento que interpreta la historia como una conspiración permanente dirigida contra el líder o el grupo dominante. No se trata de una locura individual, sino de una narrativa funcional al poder. La paranoia del poder transforma el desacuerdo en traición, la crítica en complot y la diferencia en amenaza existencial. Aquí el poder adopta una relación distorsionada con la realidad: lo desconocido es interpretado automáticamente como peligro.
Lo grave es que la paranoia del poder no es un fenómeno inocuo ni meramente psicológico. Produce efectos concretos y profundamente destructivos en la vida política y social. La sospecha constante termina justificando la concentración del poder y la eliminación de controles institucionales, dando paso a un autoritarismo creciente que se presenta a sí mismo como una necesidad defensiva. En este clima, toda crítica es leída como una amenaza: el desacuerdo se confunde con deslealtad y la disidencia con conspiración, lo que abre el camino a la censura y la represión. Esta dinámica coincide con estudios contemporáneos que muestran que el poder reduce la capacidad de escuchar y aumenta la rigidez cognitiva (Galinsky, 2008).
La lógica paranoide del poder conduce también a una violencia preventiva. El paranoico actúa no frente a peligros reales, sino frente a peligros imaginados, anticipándose a amenazas que sólo existen en su percepción distorsionada de la realidad. Esta dinámica empobrece gravemente el juicio político, pues la desconfianza bloquea el diálogo, anula la deliberación racional y reemplaza el debate por la imposición. El resultado es una comunidad política fragmentada, escindida entre leales y enemigos, donde el lazo social se erosiona progresivamente.
Aún guardo la esperanza de que la persona que inspiró estas líneas reflexione. No por mí, sino por él: para que vuelva a ser el líder virtuoso que alguna vez fue y, quizás, para que logre insertar en su carrera política algo de la decencia y la altura que antes tenía y que el ejercicio político reclama con urgencia.