20 May 2021 - 3:00 a. m.

Las grandes palabras: solidaridad

Hace unos días, en uno de los programas de radio matutinos de una de las cadenas tradicionales de nuestro país, el panel en pleno se había trasladado a Cali y transmitía en vivo y en directo desde alguno de los puntos de concentración popular. Era casi mediodía y los periodistas aparentaban sorpresa por la diligencia y el orden alrededor de la olla comunitaria. Mientras los reporteros fingían interés en las lentejas de aquel día, los líderes populares y otros manifestantes pacientemente les explicaron cómo era la cotidianidad en las barricadas de los barrios durante las últimas semanas. Finalizando la sección, una de las conductoras del programa, con una mezcla de estupor y sospecha ante lo bien organizado de aquellos focos de resistencia, les preguntó con cierta sorna cómo se financiaban:

“La gente”, respondieron dos o tres sin vacilar.

Sin dar crédito a sus oídos, la periodista reiteró su pregunta señalando que los manifestantes tenían brigadas de salud organizadas, acceso a insumos médicos básicos, comida, etc. ¿De dónde salían los recursos?

“De la gente”, le reiteraron. “Hay una señora que sabe poner inyecciones y dona su tiempo algunas tardes a la brigada; alguien trae una libra de arroz, otro trae unos tomates; los niños hacen mandados, y así…”. Para las personas es sencillo, se cae de su propio peso porque así han vivido todas sus vidas y así lo han testimoniado las generaciones pasadas. Lo raro es tener que explicar, lo lógico es que la solidaridad se entienda.

Pero no se entiende ni se entendió.

La periodista cambió a otro tema para mantener la atención de su audiencia y, muy posiblemente por el prejuicio y el escepticismo con los que abordó la cuestión, no había comprendido que no se hallaba ante aquella conjura de la que le habían contado, bien financiada y coordinada por aquellos poderes oscuros, conjuras invisibles, latentes y moleculares cuyo único interés es desestabilizar al Estado, sino que se hallaba frente a procesos de solidaridad. Sí, la misma solidaridad predicada hasta la saciedad por el Gobierno, por ella y por el medio para el que trabaja, finalmente materializada. Sí, la gran palabra repetida sin fin y sin sentido en toda comunicación gubernamental, enrostrada por todo, explotada sin mesura, pervertida, prostituida… manipulada hasta que dejó de significar algo porque significa todo. Tanto se ha desdibujado la palabra que un grupo de periodistas, completamente insensibilizados ante el significado de la solidaridad, fueron incapaces de reconocerla en acción cuando la tuvieron al frente.

Solidaridad es de lo que han vivido millones de personas a lo largo y ancho de este país desde hace ya un par de siglos e incluso más. Solidaridad es lo que nos ha permitido sobreaguar, porque a pesar de la mediocridad de nuestros dirigentes, de la mezquindad, ineptitud, escasez de miras —cuando no mala fe o maldad pura— de nuestros gobernantes, en el microcosmos de los barrios, de los parches, de los grupos de trabajo, donde se mueve la realidad cotidiana de la nación, la solidaridad ha cubierto, con creces y desde siempre, las obligaciones de los malos gobiernos.

Es una afrenta pedirles solidaridad a los ciudadanos que la conocen y la viven a diario, y más cuando quien la promulga no la entiende ni la adopta para sí. Pero lo que es quizás peor es que al quitarle el sentido a la palabra pierde su valor como principio social y, banalizando un valor tan importante, se horada poco a poco la confianza de la sociedad en este hasta perderse por completo.

@Los_Atalayas, atalaya.espectador@gmail.com

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