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Las guerras de religión en Europa constituyen uno de los procesos más largos, complejos y destructivos de la historia moderna. Se desarrollaron aproximadamente entre la segunda y la tercera década del siglo XVI y mediados del siglo XVII.
La Reforma Protestante, iniciada en 1517 con las críticas de Martín Lutero a la autoridad papal, fracturó la unidad religiosa de Europa al dar origen a múltiples confesiones cristianas, lo que debilitó el orden político y simbólico basado en la cristiandad unificada. Esta división se profundizó con la Contrarreforma católica, que radicalizó las posiciones y convirtió la disputa religiosa en un problema central de poder. No obstante, las guerras resultantes no fueron sólo confesionales: pronto se entrelazaron con intereses territoriales, económicos y dinásticos, usando la religión como marco discursivo mientras el poder se consolidaba como el verdadero motor del conflicto.
El punto culminante de este ciclo fue la Guerra de los Treinta Años (1618–1648). En ella intervinieron el Imperio, España, Francia, Suecia, los principados alemanes y otras potencias, y su carácter confesional fue diluyéndose progresivamente en favor de objetivos estratégicos y geopolíticos. La devastación fue enorme, especialmente en los territorios germánicos, donde la combinación de guerras, hambrunas y epidemias produjo una catástrofe demográfica y económica sin precedentes.
El ciclo de las grandes guerras de religión concluyó con la Paz de Westfalia, firmada en 1648 en Münster y Osnabrück. Este conjunto de tratados no solo puso fin a la Guerra de los Treinta Años, sino que selló el agotamiento del modelo de guerra de religiones en Europa. Westfalia reconoció la coexistencia legal de varias confesiones cristianas —catolicismo, luteranismo y calvinismo— y consolidó la autonomía política de los Estados y principados frente a cualquier autoridad religiosa supranacional. El orden político europeo dejó de estructurarse en torno a la unidad de la fe y pasó a basarse en la soberanía territorial.
Las consecuencias de este proceso fueron profundas y duraderas. En el plano político, las guerras de religión aceleraron la formación del Estado moderno y del sistema internacional basado en Estados soberanos, formalmente iguales y jurídicamente independientes. En el ámbito religioso, marcaron el fin de la aspiración a una Europa confesionalmente unificada y abrieron el camino hacia la tolerancia religiosa. Social y demográficamente, dejaron regiones enteras empobrecidas y traumatizadas, con efectos que se sintieron durante generaciones. Estas guerras enseñaron a las élites europeas que la religión, cuando se convierte en fundamento del poder político, puede llevar a conflictos interminables, y que la estabilidad exige separar la fe del gobierno.
Hoy, 378 años después de Westfalia, podemos decir que las previsiones que hicieron posible buena parte de las instituciones políticas contemporáneas están siendo desechadas y que quizás esté en ciernes una nueva guerra de religiones.
A la luz de los sucesos de los últimos tiempos, resulta evidente que las ideologías políticas extremas –derecha e izquierda– han ido reemplazando a las religiones. Y no precisamente en aquellos aspectos que han hecho de las religiones una parte esencial de la historia de la humanidad y la razón por la cual han pervivido durante milenios bajo una u otra forma —la construcción y administración de códigos de convivencia, el consuelo frente a la ansiedad existencial, la creación de comunidades y redes de apoyo social, entre otros—. Lo que hoy se traslada a las luchas ideológicas es, más bien, el lado más oscuro de las religiones: la violencia contra quien no es correligionario; la grandilocuencia y la altisonancia acompañadas de un simbolismo vacío; la perversión y manipulación de la doctrina por parte de quienes la administran, élites corruptas camufladas tras fachadas de una supuesta devoción y líderes mesiánicos que moldean el mensaje según sus intereses políticos y económicos; la propaganda sistemática; los ejércitos de fanáticos dispuestos a todo, amparados en su fe; y masas alienadas, absolutamente convencidas de que su causa constituye una verdad infalible e incontrovertible.
Por estas razones, se considera legítimo recurrir a cualquier medio en nombre de la ideología —la salvación debe alcanzarse a cualquier costo—. El fin último ha de ser la imposición universal de la propia visión del mundo y la subsiguiente aniquilación de cualquier otra (tal como ocurrió durante los más de 100 años de guerra anteriores a Westfalia), y ese fin parece justificar cualquier sacrificio, cualquier esfuerzo, cualquier perjurio, difamación, media verdad o mentira. De ahí a legitimar la masacre, la ejecución extrajudicial, la violación de los derechos humanos, el bombardeo, la invasión y el quebrantamiento de las leyes nacionales e internacionales en aras del bien mayor, hay menos de un paso.
¿Dónde desemboca esto? En la guerra real. Los bandos ya están agrupando a sus ejércitos en torno a símbolos y banderas, y millones ya han sido adoctrinados en la única escuela que, paradójicamente, ambas ideologías comparten: la idea de que el integrante del bando contrario no merece siquiera existir.
